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Orozco: Nicaragua vive tres realidades y urge reordenar la lucha contra la dictadura

El politólogo Manuel Orozco afirma que Nicaragua se volvió un país “transnacionalizado” y hoy existen “tres Nicaraguas”: pueblo, exilio y diáspora. En su análisis advierte que, sin reconciliar realidades y prioridades, será imposible debilitar los pilares de la dictadura Ortega-Murillo

Febrero 09, 2026 11:20 AM
Orozco: Nicaragua vive tres realidades y urge reordenar la lucha contra la dictadura

Nicaragua se ha transformado en un país “transnacionalizado”, marcado por una dispersión masiva de su población y una fractura social que obliga a replantear el mapa político de la lucha contra la dictadura Ortega-Murillo. Así lo expone el politólogo nicaragüense Manuel Orozco en su artículo de opinión publicado en Confidencial, titulado “El mapa político de la lucha contra la dictadura: pueblo, exilio y diáspora”.

Según Orozco, la radicalización dictatorial provocó la salida de más de 1.2 millones de nicaragüenses del país, y dentro de ese fenómeno distingue tres sectores sociales que hoy viven Nicaragua desde realidades distintas: la diáspora, el exilio organizado y el pueblo que permanece dentro del país.

El autor subraya que la diáspora no solo es un flujo migratorio, sino una experiencia marcada por el dolor social: “esto ha conllevado a la separación de familias que mantienen su cercanía emocional en la desgarradora distancia de vivir en el exterior”. En este grupo, afirma, predominan prioridades prácticas y de sobrevivencia. La mayoría enfrenta precariedad económica, jornadas laborales extendidas y, en muchos casos, un estatus migratorio irregular que se convierte en “un peso emocional y material”.

Orozco sostiene que, para la diáspora, la política suele ser secundaria porque no existe tiempo ni incentivo para involucrarse de forma activa. Aun así, dice, el deseo de volver a Nicaragua está presente como una ilusión colectiva: “si se les pregunta si quieren volver a su tierra, todos te dicen que sí”. Sin embargo, el arraigo en el extranjero, las familias y las nuevas rutinas empujan a muchos a permanecer fuera del país.

En contraste, el exilio organizado está integrado por decenas de miles de personas, incluyendo quienes huyeron por persecución, los que han solicitado asilo y refugio —más de 200,000 según el análisis— y quienes fueron amenazados por haber participado en algún momento entre 2018 y 2021. Este sector, explica Orozco, se encuentra más politizado y suele sostener cuatro prioridades: “unidad, liderazgo, negociación y anti-sandinismo”.

Desde esa óptica, la urgencia del cambio político se expresa en la idea de unificar fuerzas alrededor de líderes en el exilio y negociar con Estados Unidos la salida de la dinastía Ortega-Murillo. No obstante, Orozco advierte que dentro de este grupo existe una disputa interna sobre quién lidera, qué peso real tienen en Nicaragua y con quién negociar. En ese debate, añade, se ha incorporado un concepto reciente: “el día después”, impulsado por el escenario venezolano y la idea de que el derrumbe dictatorial podría ser inminente.

El tercer sector es el pueblo que vive dentro de Nicaragua, al que Orozco describe como el grupo mayoritario, obligado a sobrevivir bajo el estado policial, la censura y la vigilancia. Para estas personas, dice, la prioridad es enfrentar el día a día, asegurar condiciones materiales mínimas y sostener a la familia. La seguridad personal, según el texto, se vive bajo una lógica de silencio: “no me meta en política, todo bien aquí”.

Sin embargo, Orozco también identifica dentro del país un núcleo politizado: profesionales, productores, extrabajadores de la sociedad civil, empresarios e incluso empleados del Estado que no simpatizan con el sistema. Para ellos, lo político empieza por “mantenerse informados y vencer la censura”, y aunque no esperan protagonismo del exilio, sí consideran necesaria la coordinación por la incidencia internacional que puede ejercer.

El politólogo plantea que estas “tres Nicaraguas separadas requieren ser reconciliadas para golpear a la dictadura con mayor efectividad. En su análisis, los tres grupos comparten el deseo de un cambio democrático, pero difieren en tiempos y métodos. La urgencia, afirma, es relativa: “no es lo mismo verla venir que platicar con ella”.

Orozco considera que la transición democrática es especialmente difícil cuando la sociedad está geográficamente dividida, pero señala que existen espacios de convergencia que han debilitado al régimen: periodismo investigativo, denuncias de organismos internacionales, presión diplomática, y la exposición de alianzas del régimen con “estados forajidos”.

Además, enfatiza que el debate político no puede desligarse de la realidad económica, porque la migración ha terminado sosteniendo al país mediante remesas. “¡Lo económico es político!”, afirma el autor, recordando que la protesta de abril de 2018 también fue contra la injusticia económica.

Orozco sostiene que el exilio puede ser un “vehículo importante”, pero no debe asumirse como el sujeto central del cambio. Ese papel, dice, pertenece al pueblo. En su conclusión, lanza una frase que resume el desafío de legitimidad política: “dime a quién representas en Nicaragua y te diré quién eres”, insistiendo en que el capital político se construye con resistencia real y no solo con discursos de unidad. 

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