Rosario Murillo borra a Venezuela y a Nicolás Maduro de su discurso en medio de paranoia y represión
Rosario Murillo evitó toda mención a Venezuela y a Nicolás Maduro en su monólogo oficial de este jueves. El mutismo coincide con alertas de analistas sobre mayor paranoia en el régimen, perfil bajo recomendado por el Ejército —según Manuel Orozco— y un aumento de detenciones por reacciones a la captura de Maduro
En un giro notable de la narrativa oficial, Rosario Murillo, codictadora de Nicaragua, omitió por completo cualquier referencia a Venezuela y a Nicolás Maduro durante su intervención habitual de medio día este jueves, un hecho que no pasó desapercibido por la supuesta lealtad a Maduro que expresaban antes de su captura. En cerca de 10 minutos de discurso, el tema de Venezuela —tradicional aliado de Managua— brilló por su ausencia, incluso tras la detención y traslado de Maduro a Estados Unidos.
Expertos consultados aseguran que este silencio deliberado forma parte de una estrategia de “perfil bajo” recomendada no solo por asesores políticos sino también por mandos del Ejército de Nicaragua, ante el temor de una escalada de tensiones con Washington o una eventual “extracción” de figuras clave del régimen sandinista. El analista Manuel Orozco, investigador de Inter-American Dialogue, ha dicho que la pareja Ortega Murillo estaría cada vez más cauta y paranoica, midiendo cuidadosamente cada pronunciamiento.
La reacción oficial a los eventos en Caracas fue escueta. El régimen de Daniel Ortega y Murillo emitió un comunicado en el que formuló una vaga exigencia de respeto por la “soberanía” del pueblo venezolano y un llamado a la liberación de Maduro y su esposa Cilia Flores, sin arremeter directamente contra Estados Unidos ni mencionar al presidente Donald Trump.
Represión interna y mutismo calculado
Mientras el discurso de Murillo evita aludir al caso venezolano, la represión doméstica se ha intensificado. Informes de medios independientes señalan que agentes estatales han arrestado al menos a 30 nicaragüenses por expresar en redes sociales o espacios públicos alegría o comentarios favorables por la detención de Maduro, en una nueva oleada de vigilancia y persecución contra opiniones disidentes. Algunas detenciones han culminado en excarcelaciones, pero no sin antes dejar claro el mensaje del régimen sobre el control del discurso interno.
El contraste es evidente: fuera de Nicaragua, la caída de Maduro ha puesto a Ortega y Murillo en una posición incómoda, obligándolos a ajustar su retórica tradicional de solidaridad con Caracas; adentro, el silencio oficial sobre Venezuela viene acompañado de un aumento de la vigilancia en calles y redes, y la criminalización de expresiones que desafíen la narrativa gubernamental.
Agendas internas: educación, cultura y salud
En su intervención, Murillo no solo esquivó el tema internacional, sino que centró su discurso en iniciativas domésticas, destacando preparativos para la apertura del año escolar, con proyectos de inversión en infraestructura educativa y el desembolso de 220 millones de córdobas para 30 centros de estudios técnicos bajo la égida del INATEC. También anunció la Jornada Cultural Rubén Darío que se desarrollará del 18 de enero al 6 de febrero en León, así como ferias de salud programadas para el 9, 10 y 11 de enero en varias localidades, con atención en hospitales estatales. También, anunció la apertura de legislatura en la Asamblea Nacional donde el presidente del Banco Central, Ovidio Reyes, presentará un informe económico de los 19 años en el poder de la dictadura.
En tono religioso, Murillo reiteró frases de consigna habituales del oficialismo, como “El hombre propone, la mujer proponemos” y agradecimientos al “padre celestial”, además de arengas sobre “la paz insustituible” y el supuesto compromiso su régimen con el bienestar de las familias nicaragüenses.
Este giro discursivo ocurre en medio de un contexto de creciente presión internacional, un entorno regional inédito tras la caída de uno de los aliados más emblemáticos del continente y señales de inquietud dentro de las estructuras armadas y del propio aparato de poder en Managua. El mutismo calculado sobre Venezuela, por tanto, no solo es una estrategia retórica, sino una señal política de la nueva realidad a la que se enfrenta el régimen de Ortega y Murillo: restringir riesgos externos sin perder control interno.
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