La política “tóxica” le ayuda a los enemigos de la democracia
En este artículo de opinión, el autor llama a revisar las prácticas de la oposición nicaragüense y plantea cinco propuestas para fortalecer su trabajo político frente al régimen de Ortega y Murillo
Hay que resistir y revertir tres enemigos de la democracia: la trivialización de la política, la fe en la especulación en lugar del realismo de lo posible, y la tendencia a la especulación y la información vacía de contenido. El desaprendizaje de estas costumbres puede contribuir al trabajo político.
La trivialización de lo político
La trivialización de la política y la no rendición de cuentas es uno de los síntomas más claros del abuso de autoridad, para eludir sistemáticamente el cumplimiento de las normas legales del Estado de derecho. Esto es una práctica a la que Daniel Ortega ha recurrido histórica y reiteradamente en su conducta política, desde el momento en que declaró “vamos a gobernar desde abajo”, trivializando el andamiaje institucional de la transición democrática, pasando por la firma del pacto con la empresa privada, hasta decir “no habrá elecciones”.
En cada uno de sus monólogos, Rosario Murillo, trivializa la importancia del ciudadano, usando palabras vacías de sentido, expresando las “victorias”, “el pueblo presidente”, cuando en realidad lo que dice está desconectado de la realidad. La trivialización de la política termina creando la impresión en el electorado de que así es como funciona la política, cuando en realidad es solo el discurso del autócrata.
Nicaragua llegó a ese punto después de la masacre en 2018, lo reforzó con el desmantelamiento de la sociedad civil y el encarcelamiento de líderes cívicos. Las acciones pasaron a ser un problema de la institucionalización gradual del desplazamiento de las normas legales por la discrecionalidad personalista del ejecutivo, que desacata la Constitución.
La trivialización amenaza la derrota a la lucha política y también afecta al movimiento cívico.
La ausencia de disciplina política, por ejemplo, ha creado la idea de asumir que cualquiera que opine, tiene pericia y conocimiento, y basta con que haga predicciones y generalice comentarios, para debutar en el ‘figureo’, que es algo distinto a hacer política.
La fe ciega en lo que no existe
Otra tendencia consiste en depositar la fe en lo que no se controla, y se desea que llegue a pasar, en vez de trabajar en el realismo de lo posible—aunque este represente un terreno doloroso.
De ahí que resulta común la especulación sobre una intervención militar, un despliegue de presión exhaustiva, la muerte de Daniel Ortega, y la implosión del régimen, en un torbellino de noticias falsas, sin la más mínima confirmación.
Por ejemplo, recientemente, algunos medios y “analistas” afirmaron que “el secretario Marco Rubio tiene la orden de diseñar en 90 días la salida de Ortega del poder y un plan de transición democrática.” Pero en realidad, la “información” se originó en una petición al Departamento de Estado de presentar un informe al Congreso, a 90 días de la aprobación de una ley que asignará fondos para la democratización en Nicaragua. También se habla de la reunión de cancilleres de la OEA que decidirá la “caída” de la dictadura de Ortega Murillo a través de “para definir sanciones determinantes” en Nicaragua”.
El efecto de estas ‘bolas’ o ‘fuego amigo’, que hablan de realidades menos tangibles, reales e incluso falsas, desvirtúa y tergiversa un trabajo más sistemático de presión e incidencia internacional.
Las informaciones infundadas
Aparte de eso, está la lluvia de afirmaciones sin sustento ni hilo conductor.
En los nueve meses de este año, la retórica ha girado en torno a hablar de ‘el día después’, de una posible ‘intervención militar’ y que, como ‘Nicaragua no tiene petróleo’ Estados Unidos no invade al país.
En la mayoría de los casos, son expresiones muy ligeras, poco serias, pero que agregan a la incertidumbre y a la fe ciega.
Algunas afirmaciones, como “el día después”, son términos que se han convertido en eufemismos, porque han formado parte de la jerga popular desde la salida de Nicolás Maduro en Venezuela.
Cuando los buques de guerra estadounidenses salieron al mar Caribe a mediados de 2025, el debate sobre las implicaciones de una invasión militar en Venezuela trajo a colación los problemas del ‘día después’ de esa intervención.
Sobre Nicaragua surgió una expectativa, que, después de Venezuela, iba Cuba, y después era inminente la presión o intervención sobre Nicaragua. Esto hizo, de repente, que se hablara del día después, sin siquiera contar con una estrategia de resistencia política para debilitar al régimen—vale, dar crédito al grupo Monteverde, en su momento (2024), por haber diseñado un plan de nación como una visión de país. Aunque muchos expertos les han preguntado varias veces a opositores y seguidores de Murillo (por separado) qué pasaría si Ortega muriera el día de hoy, y hubiera que montar un nuevo gobierno, ‘el día después’, pocos respondieron. Pero Murillo montó su propio plan de sucesión. Ella ya iba dos pasos adelante.
Otra afirmación que se hace es que Estados Unidos no toca a Nicaragua porque “no tiene petróleo.” Con ello se contradice con la historia y los determinantes de la política exterior, así como con el propio stock de riqueza de Nicaragua. La injerencia, intervención, influencia de Estados Unidos en otros países han ocurrido como resultado de varios factores, la discrecionalidad del ejecutivo, el peso del estamento burocrático, la relación histórica con un país o tema, la coyuntura y la ponderación de lo que el estamento político define en lo que consiste el interés nacional.
Cuando Estados Unidos invadió Granada en 1983, no lo hizo por su riqueza marítima ni por la excusa puesta, sino porque para Ronald Reagan tener un gobierno marxista en su patio trasero era amenazante, y obtuvo apoyo de la Asociación de Estados Caribeños. La invasión de Panamá en 1989 se da frente a la pérdida de Noriega como aliado, a su papel en el crimen organizado y a la amenaza a la seguridad del Canal. El canal no fue la única razón. Igualmente, el financiamiento a la contrarrevolución no se dio porque había petróleo en Nicaragua.
Nicaragua no tiene petróleo, pero sí tiene una riqueza aurífera considerable. Los estudios geológicos demuestran que el territorio entero puede estar constituido por una reserva de metales preciosos, o una porción mayor que la existente medida en las concesiones actuales, representando un equivalente anual a más de 1.5 millones de onzas. En términos comparativos, la estabilidad del valor del oro es superior al del petróleo.
La lista puede seguir, incluyendo la expectativa de una intervención militar, citando al exsecretario de la OEA Luis Almagro. Su opinión, cual carece del enfoque normativo y legal que justifica tal acción, aun para Estados Unidos, que recurrió a la versión de ‘narcoterrorismo’ para aplicarla a Maduro. Pero la normativa sobre el secuestro extraterritorial si existe y se ha aplicado en muchos ámbitos, para sacar a un criminal violador de derechos humanos, y se ampara en el jus cogens y la jurisdicción universal.
Los comentarios sueltos, sin el hilo conductor que los respalde con la normativa legal e internacional, desvanecen el peso del argumento.
La razón de por la que Nicaragua es una amenaza no es por una de sus acciones, sino por la impredecibilidad de sus agresiones: el régimen ha provocado la expulsión de migrantes, ha prestado el territorio para el paso de terceras nacionalidades, ha firmado alianzas con estados amenazantes, ha ido entregando concesiones mineras a China, ha albergado actores con vínculos con el crimen organizado y el terrorismo, ha facilitado y autorizado el crimen transnacional agrediendo la soberanía de otro país.
La impredecibilidad es altamente riesgosa: mañana Murillo puede albergar a terroristas iraníes, facilitar la residencia a líderes cubanos para que no sean buscados, fomentar otra ola migratoria ante la desaceleración económica en el 2027, o provocar otra ola represiva.
Cinco propuestas para mitigar y contrarrestar, la política “tóxica”
Estas situaciones no contribuyen al trabajo político para resolver la crisis de Nicaragua, ni los nicaragüenses ni la comunidad internacional toman en serio estas expresiones.
Es importante repensar la táctica de la resistencia política y ampliar el ámbito de acción en Nicaragua.
Primero, ajustar con mayor precisión la comprensión del grado de malestar en el contexto político y económico de Nicaragua.
Segundo, contar con la perspectiva necesaria para medir el capital político de la contrapropuesta democrática, considerando con realismo su posición de poder —por muy baja que sea.
Tercero, trabajar para que el ciudadano reconozca lo que hace la dictadura como un acto violatorio y transgresor, y no trivializarlo.
Cuarto, contar con métodos que permitan desaprender, y desprenderse, del ambiente de polarización, de la toxicidad que generan las tensiones, y de la propaganda a cambio de un aprendizaje serio de la historia, la formación política, el riesgo y el valor real de las alianzas.
Finalmente, tener claro que nada es estático, todo es dinámico: la Nicaragua del 2026 no es la del 2018. La lealtad del círculo de poder con Rosario Murillo mientras Daniel Ortega esté vivo, será muy diferente a la lealtad que le ofrecerán estando Ortega fuera del mapa político.
Texto originalmente fue publicado en Confidencial.
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