No basta decir sí: el Evangelio llama a convertir las promesas en obras de justicia

El Evangelio del XXVI Domingo del Tiempo Ordinario llama a pasar de las palabras a las obras y plantea una reflexión sobre la justicia, la dignidad de los migrantes, las familias separadas y la responsabilidad de quienes ejercen cualquier forma de autoridad

Sacerdote Marcos Somarriba, párroco de la iglesia Santa Agatha en Miami
septiembre 27, 2026 05:20 PM
No basta decir sí: el Evangelio llama a convertir las promesas en obras de justicia
No basta decir sí: el Evangelio llama a convertir las promesas en obras de justicia
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Sacerdote Marcos Somarriba, párroco de la iglesia Santa Agatha en Miami

El texto que hemos escuchado hoy dice que el pueblo acusa a Dios: “No es justo el proceder del Señor.” Dios responde invirtiendo la pregunta: el problema no está en la justicia de Dios, sino en los caminos injustos de las personas.

Ezequiel no presenta a un Dios que disfruta castigando. Presenta a un Dios que llama a cambiar de rumbo para que la persona viva. La insistencia final es decisiva: quien se arrepiente, abandona la maldad y practica el derecho y la justicia “vivirá y no morirá”.

La justicia, entonces, no es sólo obedecer normas religiosas. Es una manera de vivir que protege la vida, restaura relaciones y rechaza el mal.

Ante un pueblo herido, perseguido, exiliado, encarcelado o deportado, el texto no permite culpar a las víctimas de su sufrimiento. Ser pobre, migrante, refugiado, detenido o deportado no significa que alguien haya fallado ante Dios.

Al contrario, la pregunta de Ezequiel debe dirigirse hacia las estructuras y decisiones que producen dolor:

¿Es justo separar a una madre de sus hijos?

¿Es justo encerrar a una persona por buscar protección, asilo, refugio o un futuro seguro?

¿Es justo negar el debido proceso o tratar a alguien como si no tuviera rostro, familia ni dignidad? Una ley sin compasión oprime, hace daño.

¿Es justo utilizar el miedo, el racismo o la necesidad económica para explotar a quienes tienen menos poder?

En este sentido, Dios sigue preguntando: “¿No es más bien el proceder de ustedes el injusto?” La Palabra desenmascara toda política, actitud o sistema que deshumaniza a las personas. La doctrina social católica afirma que quienes migran para sostener o proteger su vida y a sus familias poseen una dignidad que debe ser respetada. También enseña que las naciones pueden administrar sus fronteras, pero no pueden hacerlo ignorando la dignidad humana, la unidad familiar y la obligación de proteger a quienes son vulnerables.

Ezequiel habla de conversión personal: quien ha hecho el mal puede arrepentirse y practicar la justicia. Pero, en la Biblia, la justicia no se limita a una intención interior. Se muestra en la forma de tratar al pobre, al extranjero, al preso y a la persona sin poder.

Por eso, este texto también llama a una conversión social:

Quien ha repetido palabras de desprecio contra los migrantes puede cambiar su lenguaje y reconocer su dignidad.

Quien ha sido indiferente ante familias separadas puede decidir acompañarlas.

Quien tiene voz pública puede denunciar medidas crueles y exigir procesos legales justos.

Una comunidad cristiana puede pasar de observar el sufrimiento a ofrecer acogida, ayuda concreta y defensa pastoral.

Las instituciones pueden cambiar prácticas que castigan, excluyen o humillan, y adoptar políticas que protejan la vida y la reunificación familiar.

La conversión auténtica no se queda en decir “lo siento”; la conversión produce “rectitud y justicia”: decisiones nuevas, reparación y cuidado real de quienes han sido dañados.

Dios no quiere la muerte ni la exclusión de nadie; Dios quiere que las personas se aparten del mal, practiquen la justicia y vivan.

En un pueblo marcado por el exilio, la cárcel y la deportación, predicar Ezequiel significa afirmar con claridad: la fe no justifica la crueldad; llama a la conversión, a la reparación y a una justicia que defienda la vida.

Mateo 21:28–32 puede iluminar la situación de líderes religiosos o gobernantes que prometen libertad, prosperidad y bienestar, pero cuyas obras producen opresión, miedo, pobreza, cárcel, exilio o deportación. Jesús no mide la fidelidad por los discursos ni por los títulos, sino por si se cumple realmente la voluntad de Dios: hacer justicia y dar fruto en favor de la vida.

En el texto, el hijo que dice “sí, señor” pero no va representa una obediencia de palabra, sin verdad en los hechos. Jesús dirige la parábola a los sumos sacerdotes y ancianos; el propio pasaje explica que los líderes religiosos quedan cuestionados porque, aun viendo la conversión de quienes consideraban pecadores, no cambiaron ni creyeron en “el camino de la justicia”.

La parábola confronta una contradicción muy humana y muy política: decir “servimos al pueblo”, “defendemos la libertad”, “traeremos prosperidad”, “protegeremos a las familias”, y después gobernar mediante el abuso, la corrupción, la persecución o la violencia.

En esa lectura, el segundo hijo puede reflejar a toda autoridad —religiosa, política, económica o social— que pronuncia palabras correctas, incluso palabras religiosas, pero no hace la voluntad de Dios. Puede decir:

“Sí, defenderemos al pueblo”, pero abandona a los pobres.

“Sí, habrá libertad”, pero silencia, intimida o persigue a quienes disienten.

“Sí, protegeremos a las familias”, pero separa familias mediante la cárcel, el exilio o la deportación.

“Sí, habrá prosperidad”, pero concentra la riqueza y deja a la mayoría en situaciones precarias.

“Sí, somos creyentes”, pero tolera la crueldad y se beneficia del sufrimiento de otros.

La parábola no acepta que la autoridad se justifique por sus promesas. La pregunta de Jesús es sencilla y exigente: ¿quién hizo la voluntad del Padre? No quien habló mejor, sino quien actuó con obediencia concreta.

La “viña” es el lugar donde Dios llama a trabajar. En una lectura social, representa el pueblo, la comunidad, la casa común y las responsabilidades que Dios confía a todos. Trabajar en la viña no equivale a buscar poder para uno mismo; significa cuidar la vida, proteger al vulnerable, practicar la justicia y servir.

Por eso, cuando una autoridad usa el nombre de Dios, la patria, la seguridad o el progreso para justificar prácticas que hieren a los más débiles, esa autoridad debe ser examinada a la luz de este Evangelio. No basta proclamar valores religiosos o prometer un futuro mejor. La pregunta es: ¿qué frutos está dando?

Jesús coloca en el centro a personas despreciadas socialmente —los publicanos y las prostitutas— porque respondieron al llamado a convertirse. El Evangelio invierte el orden de prestigio: quienes eran considerados indignos pueden acercarse a Dios antes que quienes se creen justos, pero rechazan cambiar.

Esto exige mucha humildad: no identificar automáticamente a los “buenos” con quienes tienen poder, dinero, reputación religiosa o reconocimiento público.

Jesús se dirige a toda persona que dice “Señor, sí”, pero no va a la viña.

Si predicamos dignidad, ¿acompañamos de verdad a las familias migrantes y perseguidas?

Si defendemos la vida, ¿nos preocupan también las personas encarceladas, exiliadas o deportadas?

Si anunciamos justicia, ¿guardamos silencio cuando una persona es humillada por su origen, idioma, pobreza o situación migratoria?

Si decimos que Cristo es Señor, ¿qué hacemos concretamente por quienes sufren?

La autoridad religiosa pierde credibilidad cuando bendice la opresión, se acomoda ante ella o se limita a pronunciar palabras piadosas. La autoridad civil también se aleja de su propósito cuando protege privilegios antes que personas. La crítica evangélica no es partidista: es una medida moral para toda forma de poder.

Jesús nos enseña que Dios no se deja engañar por palabras bonitas. No basta decir: “Yo sirvo al pueblo”, “yo defiendo la libertad”, “yo amo a Dios”, o “yo protejo a las familias”. La verdadera pregunta es: ¿qué hacemos? ¿Quién recibe nuestra ayuda? ¿A quién defendemos? ¿Quién queda herido por nuestras decisiones?

Hay líderes que hacen promesas de prosperidad y libertad, pero después siembran miedo, encarcelan, persiguen, expulsan y separan familias. Se parecen al hijo que dice “sí”, pero no va a la viña. Dios no quiere promesas vacías; Dios quiere justicia real.

Y también nosotros debemos examinarnos. Tal vez decimos que creemos en el Evangelio, pero no visitamos al preso; decimos que acogemos al extranjero, pero dejamos solo al migrante; decimos que defendemos la dignidad humana, pero callamos ante el abuso.

Hoy Cristo nos llama a ir a la viña: a convertirnos, a acompañar al que sufre, a defender al débil, a hablar con verdad y a trabajar para que nadie sea tratado como desecho.

Porque la voluntad del Padre no se demuestra con discursos; se demuestra con obras de justicia, misericordia y amor.

No basta prometer libertad: hay que producir libertad. No basta hablar de prosperidad: hay que compartir los frutos. No basta decir “sí, Señor”: hay que ir a la viña de la justicia.

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