La obsesión paranoica de Murillo con la oposición democrática va más allá de insultos y amenazas
La insistencia en presentar a sus adversarios como irrelevantes contrasta con el espacio que ocupan en el discurso oficial. Miguel Mora analiza cómo los insultos, amenazas y descalificaciones reiteradas pueden funcionar como herramientas de intimidación y construcción de un enemigo político
Miguel Mora
Hay una pregunta que Rosario Murillo parece no poder responder: si sus adversarios están derrotados, si no representan a nadie, si —como ella asegura— son irrelevantes… ¿por qué habla de ellos casi todos los días?
¿Por qué los insulta? ¿Por qué los descalifica? ¿Por qué los amenaza? ¿Y por qué necesita repetir, una y otra vez, que no tienen poder?
Porque hay una contradicción evidente entre lo que dice y lo que hace.
Murillo continúa obsesiva y paranoica con los insultos y las descalificaciones contra quienes se oponen al régimen. Y mientras más intenta presentarlos como insignificantes, más espacio les dedica en su discurso.
Y ojo: esto no significa que podamos hacerle un diagnóstico psicológico a distancia. Eso sería irresponsable.
Pero sí podemos analizar un patrón político y comunicacional.
Porque cuando alguien verdaderamente considera irrelevante a un adversario, normalmente no necesita mencionarlo permanentemente.
La descalificación intenta disminuirlo. El insulto sustituye el debate de los argumentos, no es importante lo que dice sino quien lo dice. Y cuando aparece la amenaza, entramos en un terreno todavía más grave: la intimidación.
Ya no se trata solamente de decir: “ustedes no representan nada”.
El mensaje también puede convertirse en: “cuidado con enfrentarnos”.
Y ahí aparece otra característica clásica de los sistemas autoritarios: la construcción permanente de un enemigo.
El adversario deja de ser simplemente alguien que piensa diferente. Hay que convertirlo en traidor, enemigo, vendepatria, delincuente o amenaza. Porque una vez deshumanizado o desacreditado públicamente, resulta mucho más fácil intentar justificar la represión en su contra hasta eliminarlo.
Pero hay algo que llama poderosamente la atención.
Si están acabados, ¿por qué tanta preocupación?
Si nadie los escucha, ¿por qué responderles?
Si no representan nada, ¿por qué amenazarlos?
Y si no tienen ninguna influencia, ¿por qué Rosario Murillo necesita recordárselo todos los días a Nicaragua?
Quizás ahí está precisamente la noticia.
Porque más importante que cada insulto individual es la frecuencia, la insistencia y la obsesión con la que vuelve sobre los mismos adversarios.
Una cosa es un exabrupto.
Otra muy distinta es convertir el ataque, la amenaza y la descalificación en un discurso permanente desde el poder.
Esta constante arremetida de Rosario Murillo, qué intenta comunicar a sus seguidores, qué mensaje manda a sus adversarios y, sobre todo, por qué aquellos que ella insiste en presentar como derrotados siguen ocupando tanto espacio en su discurso.
Porque al final queda una pregunta muy sencilla:
¿Quién está realmente preocupado por quién?
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