Murillo y la decadencia del régimen

El endurecimiento de la retórica oficial, las purgas internas y la creciente concentración de decisiones alrededor de Rosario Murillo serían síntomas de una estructura de poder que intenta proyectar fortaleza mientras enfrenta mayores tensiones internas y externas, según el análisis del sociólogo y opositor Óscar René Vargas

Óscar René Vargas
agosto 26, 2026 01:06 PM
Murillo y la decadencia del régimen
Murillo y la decadencia del régimen
Icono de Autor
Óscar René Vargas

En opinión de Dora María Téllez Rosario Murillo es “una mujer temida, tiene la misma configuración tiránica y de falta de escrúpulos que él (Ortega), con una gracia adicional: es profundamente impulsiva. Es reiterativa: te hace presa, pero no le basta; te aísla, pero no es suficiente; te quita la pensión, pero tampoco es suficiente, pero si no tuvo más remedio que excarcelarte, entonces te confisca, te quita la nacionalidad y así una detrás de otra. Es profundamente peligrosa. La persecución se extiende además a todo tu entorno. Es como la metodología del crimen organizado”.

Murillo lanza con mucha frecuencia feroces amenazas contra miles de nicaragüenses que se encuentran en el exilio. Con discursos cargados de odio y tono totalitario, Murillo asegura que los opositores desterrados “nunca más podrán regresar a su país natal”. Además, los tilda de “enemigos de la humanidad”, “serviles del imperio” y “apátridas sin alma”, dejando claro que, bajo su régimen, no existe ninguna posibilidad de reconciliación.

Estas amenazas no son nuevas, pero sí marcan una peligrosa intensificación del discurso de odio de Murillo. Desde el 2018, han venido despojando a los críticos de su nacionalidad, impidiéndoles el ingreso a Nicaragua y reformando leyes para institucionalizar el destierro como castigo político.

LEER MÁS: ¿Qué pasaría sin Ortega? Expertos analizan los riesgos del plan de sucesión de Murillo

Murillo pretende pontificar sobre la conducta de todos los ciudadanos, no por la fuerza de argumentos, sino por la naturalización de una posición de petulancia suprema. Su discurso no es sólo un despliegue de frases, sino un sistema de amenazas que pretenden funcionar como advertencias, ultimátum o chantajes, dirigidos a los ciudadanos y adversarios políticos. Murillo cumple su guion con precisión teatral; su figura pública es un manual de gestualidad del castigo, una liturgia del señalamiento, un repertorio de amenazas presentadas como advertencias responsables.

Sus mensajes buscan generar un clima de terror, de miedo, de duda, de inestabilidad calculada. Al mismo tiempo, intenta consolidar una narrativa en la cual ella figura como el guardián del “pueblo presidente”, la protectora magnánima que se ve obligada a castigar. Murillo dramatiza esa tensión, haciendo del lenguaje un instrumento de miedo y de sumisión, cada intervención suya enseña qué comportamientos serán castigados, quiénes serán los “malos” del momento y qué sanciones se consideran legítimas. Lo siniestro emerge de la naturalización de esa lógica, no se concibe a sí misma como agresora, sino como “salvadora magnánima”. Y ahí reside la violencia más profunda: el castigo se travesti en virtud.

En el fondo, Murillo representa una función: la de traducir la doctrina de la dictadura en lenguaje cotidiano. Su misión es “hacer digerible” la represión dictatorial. Presenta la represión como necesidad, la sanción como responsabilidad, la amenaza como gesto moral. Murillo siempre necesita justificarse: sólo puede mantener su poder si logra que el otro crea que la amenaza es legítima. El personaje siniestro se vuelve eficaz cuando su violencia parece tener sentido común. Y Murillo trabaja incansablemente para que la violencia dictatorial parezca razonable, inevitable o moralmente correcta.

Cada palabra suya funciona como dispositivo de dominación simbólica. Sus gestos, sus entrevistas, sus declaraciones, sus intervenciones en los medios de comunicaciones oficiales: todo está articulado como una cadena de signos destinados a intimidar, persuadir, sobreactuar y disciplinar. Desenmascarar a Murillo y señalar la maquinaria ideológica que ella representa se requiere entender cómo un personaje siniestro se convierte en portavoz de la amenaza que busca someter al pueblo al orden del “capitalismo de amiguetes”.

Durante los últimos meses se ha visto que ejerce su poder hasta límites insospechados, más allá de cualquiera de los miembros de su círculo familiar. Murillo adicta a la adulación, se muestra más desconfiada, siempre expresa su ánimo de venganza, se le ve más aislada, está bastante desmejorada, asustada y reducida su cohorte de asesores al mínimo, reclamándoles una lealtad casi perruna.

La multiplicación de los chayopalos exhibe la vanidad de Murillo, es la evidencia que quiere reescribir la historia cultural, política y social del país. Es una muestra promocional de ella misma. Es una expresión de su poder cursi, ridículo y autoritario. No es muy diferente a Mussolini, que deseaba dejar su marca por toda Roma. Es como un teatro de lo absurdo. A la caída de la dictadura es necesario restaurar la verdad y la sanidad de la historia nicaragüense.

Murillo en su afán de concentrar un poder absoluto ha transformado a Ortega en un “pato cojo”. En política, un “pato cojo” es un mandatario que su poder político ha disminuido y que el poder real cotidiano se centra en su sucesora. Ortega sigue ostentando el poder, pero la disciplina de sus subordinados empieza a flaquear. Los que antes le rendían pleitesía al tótem ahora se preocupan más por agradar a Murillo que al “pato cojo”. Sin embargo, el “pato cojo” puede tomar decisiones fundamentales como el deseo de suprimir las elecciones para tratar de asegurar la sucesión dinástica al estilo del viejo Somoza García.

La mayor evidencia de la pérdida de poder del “pato cojo” es que Murillo ha podido cuestionar, purgar y/o encarcelar a los fieles y a las protegidas de Ortega. En los anillos de poder existe el convencimiento que la capacidad de gestión de Ortega es cada día menor y que su futuro es incierto. Sin embargo, Murillo necesita del paraguas del “pato cojo” para asegurar que en la transición la sucesora sea ella.

Murillo ejerce el poder sin apenas restricciones, ejerciéndolo de manera casi absoluta y desafiando las reglas establecidas para ampliar sus atribuciones. No hay ningún funcionario que se atreva y tenga la capacidad de marcarle los límites ni de señalarles los errores no forzados que comete regularmente, está rodeada de asesores que hacen lo contrario, le animan a dar un paso más en la dirección equivocada.

Los asesores de Murillo quieren mantener el régimen dictatorial prolongando su decadencia. Su afán de supervivencia se aferra a una visión sin sostenes válidos en la realidad. Una y otra vez se auto designa como poseedora de virtudes superiores y capacidad definitoria que sólo ella posee. No admite cambio alguno de protagonista en el poder.

Murillo ha lanzado numerosas campañas brutales en contra de la iglesia, ha autorizado la represión generalizada contra la población en general (abogados, médicos, campesinos, periodistas, intelectuales, mujeres, jóvenes, etcétera), ha favorecido la confiscación de los bienes de los opositores, organismos no gubernamentales, centros deportivos y religiosos, universidades y las tierras de indígenas de todo el país. Todo ello sin rendir cuentas y dispuesta a llegar donde haga falta para consolidar su poder.

La comunidad internacional ha denunciado esta política como una violación grave a los derechos humanos y una práctica de represión transnacional. Sin embargo, Murillo parece decidida a mantener su línea dura, radicalizando aún más la exclusión y el odio contra quienes no comulgan con el régimen. Con estas declaraciones, Murillo vuelve a confirmar su papel como el rostro visible del autoritarismo en Nicaragua, dispuesta a borrar del mapa a todo aquel que se atreva a pensar diferente o a soñar con una Nicaragua democrática.

Murillo se ha bunkerizado en El Carmen. Ha expropiado sin indemnizar las viviendas de los habitantes del perímetro de su casa. Ha reducido sus salidas a los actos protocolarios y concentraciones oficiales por miedo. Ha construido un gobierno dirigido por media docena de personas. El resto de los ministros y altos funcionarios desconoce lo que se amarra tras las puertas de El Carmen.

Murillo sigue utilizando la mentira como arma vulgar con el propósito de justificar crímenes de lesa humanidad, asesinatos selectivos y transnacionales, secuestros, agresiones a las iglesias y represión a sus adversarios políticos, en beneficio de sus intereses de dominación. Murillo es la máxima exponente de esa mitomanía que, además de padecer una enfermedad psicológica, es parte de una vieja cultura política dictatorial en la búsqueda de sostenerse en el poder.

Murillo representa la máscara rota de una dictadura en decadencia que, incapaz de sostener su hegemonía por consenso, recurre a la teatralización del castigo, con armas y con amenazas. En esa teatralización macabra reproduce un viejo gesto clásico dictatorial. Y, por medio de ella, el intento desesperado de mantener un poder dictatorial que el desarrollo de la implosión sociopolítica ya está erosionando día a día.

Murillo está a la defensiva tratando de aglutinar a su base social que está en temblores por las repercusiones del desenlace de Venezuela y del mayor aislamiento internacional, pero no dice ni una palabra sobre sus efectos para no debilitar la confianza de los funcionarios, poderes fácticos y miembros de los cuerpos armados.

A Murillo le dolió mucho que los Estados Unidos la declarará ilegítima y eso la elimina como posible interlocutora en cualquier negociación futura. Quiere aparentar que es ella la que no quiere negociar. Murillo tiene la esperanza que una derrota de Trump en las elecciones de medio término (noviembre 2026) disipe la presión en su contra y pueda ser la interlocutora de una posible solución electoral, la famosa salida al suave.

Su ceguera política la está llevando a un punto de auténtica autodestrucción. No es capaz de reflexionar para darse cuenta que el poder real no viene del miedo, viene del consenso. Ella no logra saber cómo se desarrolla el proceso de descomposición ya sea porque no logra verlo o no lo entiende. Ella es como una figura trágica en el sentido griego de la tragedia y su comportamiento es tal que la tragedia tiene que ocurrir: auto destruyéndose. Por sus errores políticos no forzados, por sus propios actos represivos y su soberbia se crean las condiciones para que ocurra la tragedia y la lleven a su perdición.

Últimamente, a Murillo le está lloviendo de todos lados (FMI, OEA, CIDH, Departamento de Estado de Estados Unidos, Unión Europea, etcétera) recio y parejo. Y eso es sincronizado. En política no hay nada al azar. Difícilmente los Estados Unidos van a negociar con ella. ¿Será Murillo el Ícaro moderno de Nicaragua que voló demasiado cerca del sol y cuyas alas se derritieron en el fuego del poder provocando su caída, como le sucedió a Madame Mao?

Apoya a 100% NOTICIAS para vencer la CENSURA. El Canal del Pueblo necesita de tu apoyo


Donar ahora