La farsa del gobierno cristiano y solidario de Rosario Murillo
El discurso oficial sobre prosperidad y avances sociales contrasta con indicadores sobre informalidad, educación, carga tributaria y distribución del gasto público que, según este análisis, muestran un deterioro de las condiciones para los nicaragüenses
Manuel Orozco
En sus monólogos diarios, Rosario Murillo habla de que en Nicaragua “evoluciona lo que ya hemos hecho y avanza todavía más…”, e indudablemente la radicalización dictatorial ha sido, irracional e inexplicable, pero innegablemente, evoluciona hacia algo macabro.
Según ella, hay “caminos de dignidad, de estabilidad, de seguridad, de trabajo y prosperidad”. Pero como dice el refrán, “del dicho al hecho hay mucho trecho.”
Los impuestos que se recaudan
La evolución de la que habla Murillo guarda poco que ver con el desarrollo económico y social de Nicaragua. Desde la óptica de la producción económica y la renta tributaria, por ejemplo, el país cuenta con menos empresas formales (los principales contribuyentes del impuesto sobre la renta), una economía informal más grande y la gente promedio paga hoy más impuestos que en otro período de la historia reciente del país.
En 2017, un estudio de la Organización Internacional del Trabajo identificó cerca de 160 000 negocios formales; diez años más tarde, son casi el mismo número de empresas (aunque debería haber al menos 10 000 más), pero están contribuyendo mucho menos en impuestos a pesar del paso del tiempo y del crecimiento económico de 3.3% anual durante diez años.
Ciertamente, parece que el trabajo de los funcionarios de Usura Cero “entregando créditos a 5000 protagonistas, 5000 créditos en 95 Municipios” de C$1000 no es suficiente para pagar impuestos, formalizarlos, y mucho menos sacarlos de la pobreza. Para que un negocio unipersonal prospere, necesita contar con una renta equivalente a cinco salarios mínimos. Estos microcréditos no llegan ni a cubrir un salario mínimo.
Lo que resulta aún más contradictorio con el discurso de la “copresidenta” es que para un gobierno “del pueblo presidente”, la generosidad del nicaragüense es extrema: la contribución tributaria por la vía del impuesto de ventas ha crecido más en los últimos diez años, que la contribución de las empresas.
Y esto, en medio de que la economía informal ha aumentado, del 69% al 75% en ese período, es decir, uno hace menos dinero, pero está pagando más impuestos. ¿De qué solidaridad hablamos?
Mucho de esto se debe al aumento del consumo por la entrada de remesas. Pero la inversión privada crecería en paralelo con el consumo, y de igual forma contribuiría con sus impuestos. Sin embargo, ese no es el caso.
Una razón es que hay menos empresas y las que están no pueden vender tanto como se dice; además, muchas no están pagando como se debe porque se benefician del clientelismo que Murillo les ofrece.

Los gastos que no llegan al pueblo
A este tema de la renta se suma que, aunque el aumento de los impuestos ha beneficiado al Estado, no a los nicaragüenses.
El fanatismo de los ‘sandinistas’ siempre se defiende con el mismo argumento, “tenemos más hospitales”, “hay más escuelas”, “las carreteras son las mejores de Centroamérica”, aunque solo ofrecen anécdotas y no cuentan con el verdadero dato—porque su propio gobierno lo censura.
Ciertamente, la inversión pública ha crecido, apalancada por el aumento de la captación de impuestos y del endeudamiento externo. Pero esos fondos han ido hacia un Estado empresario conformado por las empresas de construcción y obra pública del clan familiar y amigos del régimen, incluidos exmilitares.
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En general, hay menos progreso social. Por ejemplo, la producción en educación como porcentaje del ingreso nacional ha caído en los últimos diez años, y esto se debe tanto a que el gobierno no aumenta su gasto a pesar del cambio demográfico como a las confiscaciones a entidades de formación privada que incluyen escuelas privadas, librerías, y universidades.
Mientras tanto, el gasto en administración pública y defensa creció y se mantiene igual que en 2017, y para 2026 es mayor que educación y salud en conjunto.
Y no es casualidad: Nicaragua tiene más policías que maestros y médicos juntos.
Además, según la UNESCO, el porcentaje de estudiantes que desertan de la escuela secundaria es del 38% en 2024, mientras en 2014 era del 20%. Solo el 50% de los estudiantes terminan la secundaria, igual que hace diez años. Sólo con considerar el número de personas que se forman a nivel ‘básico’, el retroceso educativo es evidente. Ya ni qué decir de la calidad educativa.
Aunque Murillo haga la lista kilométrica de ‘logros y victorias’, la realidad es diferente a su monólogo a lo Fidel Castro: el Estado está gastando menos en los derechos básicos de sus ciudadanos, a pesar de que son ellos quienes pagan más impuestos.
Es más, además de forzar a los trabajadores del Estado a participar en sus eventos públicos de miles de actividades proselitistas, estos trabajadores son cada vez menos y el gasto público en remuneraciones de empleados ha disminuido.
Eso incluye menos maestros, menos trabajadores de la salud, pero más “policía voluntaria”.

Populismo, salud macroeconómica y precariedad social
Estas políticas tienen todas las características de un estilo de política económica de corte neoliberal, tales como los recortes al gasto social, al empleado público, aumentos en el impuesto de ventas, y al libre comercio.
Y al mismo tiempo, coinciden con una estabilidad macroeconómica en la que el presidente del Banco Central mantiene un tipo de cambio fijo, con una creciente acumulación de reservas internacionales, alimentada por esa política fiscal y tributaria (de las que las remesas tienen un gran impacto).
En contraste, hay menos servicios públicos, una mayor economía informal y menores ingresos, a pesar de la entrada de remesas. El nicaragüense está pagando ese servicio de la deuda y gracias a ello, hay más reservas, pero el beneficio es para el Estado.
Además de la persecución social y religiosa que persiste, el de Murillo y Ortega no es un gobierno cristiano y solidario. Y esa es la mayor de las farsas.

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