EE.UU. sacude el tablero regional: Ortega enfrenta un nuevo escenario para imponer su dictadura perpetua
Los movimientos diplomáticos y de seguridad que atraviesan el continente plantean nuevas interrogantes sobre el margen internacional con el que cuenta el régimen sandinista para profundizar su modelo político y enfrentar una eventual presión regional
Miguel Mora
Algo grande se está moviendo en América Latina… y Daniel Ortega y Rosario Murillo deberían estar mirando con mucha atención lo que está ocurriendo alrededor de Nicaragua.
Porque mientras desde El Carmen pretenden enterrar definitivamente las elecciones y consolidar un poder familiar sin fecha de vencimiento, el tablero regional está cambiando rápidamente. Y ojo: no estamos diciendo que exista una sola operación coordinada contra Ortega y Murillo. Pero cuando uno junta Nicaragua, la OEA, Venezuela, Colombia, Cuba y Estados Unidos, aparece un escenario mucho más complicado para los planes de la dictadura sandinista.
La primera batalla está en la OEA.
Después de que Ortega anunciara que Nicaragua no volvería a celebrar elecciones, Estados Unidos y varios países de la región han intentado llevar el caso a una Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores. En el primer intento no consiguieron los votos necesarios, pero la iniciativa sigue teniendo una enorme importancia política: Washington y sus aliados ya están midiendo quién está dispuesto a pasar de las declaraciones a acciones concretas contra Managua.
Y ahí está el verdadero peligro para Ortega.
Porque aunque Nicaragua haya salido formalmente de la OEA, eso no significa que Estados Unidos y otros gobiernos necesiten obligatoriamente al organismo para actuar. La OEA puede convertirse en el lugar donde se construya una coalición política, se identifiquen aliados y posteriormente cada gobierno utilice sus propias herramientas diplomáticas, comerciales o financieras.
Ese escenario podría complicarse todavía más si Costa Rica y otros países centroamericanos aumentan su ofensiva diplomática frente al régimen.
Pero ahora viene una pieza todavía más delicada para El Carmen: Venezuela.
El chavismo y representantes de la oposición venezolana han comenzado a alcanzar acuerdos que incluyen cambios profundos en instituciones fundamentales del Estado, entre ellas el Tribunal Supremo de Justicia.
¿Y qué mensaje puede recibir el sandinismo de todo esto?
Uno muy sencillo:
si el chavismo, después de años controlándolo prácticamente todo, terminó negociando instituciones fundamentales del poder, ¿quién garantiza que Ortega y Murillo no puedan terminar algún día en una situación semejante?
Porque una dictadura no se sostiene solamente por dos personas.
Se sostiene por magistrados, policías, militares, fiscales, funcionarios, empresarios vinculados al poder y operadores políticos.
Y cuando esas personas comienzan a preguntarse qué puede ocurrir el día después de Ortega y Murillo, la cohesión interna comienza a ponerse a prueba.
Venezuela podría convertirse entonces en un precedente incómodo para Managua. No porque Nicaragua vaya necesariamente a repetir exactamente el mismo camino, sino porque destruye una idea fundamental para cualquier régimen autoritario:
la creencia de que el poder es irreversible.
Y ahora sumemos otra pieza todavía más explosiva: Cuba.
Washington ha endurecido extraordinariamente su lenguaje hacia La Habana.
El secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, ya había advertido desde la propia base de Guantánamo que Cuba no debería intentar adquirir armamento capaz de amenazar territorio estadounidense o instalaciones norteamericanas, porque estaría provocando una confrontación que, según sus palabras, el régimen cubano no podría soportar.
Y esto no ocurre en el vacío.
Donald Trump ya había declarado públicamente que “Cuba es la próxima”, después de las operaciones estadounidenses en Venezuela, dejando abierta la posibilidad del uso de la fuerza aunque sin presentar públicamente un plan concreto.
Hay que hacer aquí una precisión importante: hasta ahora no existe evidencia pública de que Estados Unidos haya tomado la decisión de invadir Cuba. De hecho, el jefe del Comando Sur aseguró en marzo que Estados Unidos no estaba preparando una invasión ni ensayando una ocupación de la isla.
Pero tampoco puede ignorarse la otra mitad del mensaje: Washington mantiene abiertas opciones militares ante determinadas contingencias, y Hegseth ha dejado claro que las fuerzas estadounidenses deben estar preparadas para cualquier escenario relacionado con Cuba.
Y aquí es donde Cuba deja de ser solamente un problema cubano y comienza a tener una lectura directa para Nicaragua.
Porque durante décadas Ortega ha construido buena parte de su percepción de seguridad sobre una premisa:
Estados Unidos amenaza, sanciona, condena… pero al final no pasa de ahí.
Sin embargo, si Washington está dispuesto a utilizar nuevamente el instrumento militar en América Latina, o incluso a mantener públicamente esa posibilidad sobre la mesa frente a Cuba, el cálculo estratégico cambia.
No significa que Estados Unidos vaya a hacer lo mismo en Nicaragua.
Pero sí significa que Ortega ya no puede estar completamente seguro de cuáles son los límites de Washington.
Y para cualquier régimen autoritario, esa incertidumbre tiene valor estratégico.
Además, Cuba constituye uno de los principales referentes políticos, históricos y de seguridad del sandinismo.
Un debilitamiento severo del régimen cubano, una negociación política forzada o una crisis interna profunda en La Habana significaría para Ortega y Murillo perder uno de los pilares simbólicos y estratégicos que históricamente han acompañado al Frente Sandinista.
Y si el régimen cubano llegara a verse obligado a negociar cambios internos importantes, la señal hacia Managua sería todavía más fuerte:
primero Venezuela, después Cuba… y entonces la pregunta inevitable sería quién sigue.
Mientras tanto, Colombia también vuelve a acercarse militarmente a Estados Unidos.
Washington está proponiendo operaciones conjuntas con Bogotá contra grupos armados y organizaciones vinculadas al narcotráfico, mientras amplía nuevamente su cooperación militar y de seguridad con Colombia. (Reuters)
Esto tampoco significa que tropas estadounidenses desplegadas en Colombia vayan a intervenir en Nicaragua.
No hay evidencia para afirmar algo semejante.
Pero geopolíticamente sí significa que Estados Unidos está reconstruyendo una arquitectura hemisférica de seguridad con gobiernos aliados.
Colombia vuelve a convertirse en una pieza estratégica.
Panamá también ocupa una posición importante.
Centroamérica vuelve a adquirir relevancia.
Y Washington está enviando un mensaje bastante claro:
el hemisferio occidental vuelve a ser una prioridad de seguridad nacional para Estados Unidos.
Ahora coloquemos todas las piezas juntas.
Nicaragua intenta abolir las elecciones.
La OEA discute cómo reaccionar.
Estados Unidos intenta construir una coalición regional.
Venezuela comienza a negociar instituciones fundamentales del chavismo.
Cuba enfrenta una presión económica y militar estadounidense mucho más fuerte.
Colombia fortalece nuevamente su cooperación militar con Washington.
¿calculó mal Daniel Ortega el momento para anunciar el fin de las elecciones?
Porque el régimen todavía puede intentar retroceder parcialmente sin admitir una derrota.
Puede reinterpretar las palabras de Ortega.
Puede modificar reformas.
Puede inventarse algún proceso electoral completamente controlado y luego afirmar que nunca pretendió eliminar las elecciones.
Pero si el costo internacional comienza a crecer durante las próximas semanas, Ortega podría verse obligado a escoger entre dos caminos:
seguir adelante y aumentar su aislamiento, o retroceder parcialmente para ganar tiempo.
Y aquí aparece el escenario más peligroso para El Carmen.
No sería una resolución de la OEA.
No serían unas declaraciones de Washington.
Ni siquiera sería por sí sola una nueva sanción.
El verdadero peligro sería que varias cosas comiencen a ocurrir simultáneamente:
una nueva votación en la OEA, una reunión de cancilleres, una coalición de gobiernos latinoamericanos, nuevas medidas económicas estadounidenses, un debilitamiento de Cuba, cambios políticos en Venezuela y, al mismo tiempo, dudas dentro de las propias estructuras sandinistas.
Porque una dictadura puede resistir una condena.
Puede sobrevivir sanciones.
Puede ignorar discursos.
Pero resulta mucho más difícil administrar aislamiento diplomático, incertidumbre regional, costos económicos y temor dentro de sus propias filas al mismo tiempo.
Y aquí está posiblemente la gran diferencia con 2018.
En aquel momento el mundo discutía asesinatos, represión, presos políticos y violaciones de derechos humanos.
Hoy Ortega ha colocado sobre la mesa algo todavía más sencillo de explicar ante cualquier gobierno democrático:
quiere eliminar las elecciones.
Ya no estamos discutiendo solamente si unas elecciones pueden ser fraudulentas.
Estamos discutiendo si habrá elecciones.
Y eso puede facilitar muchísimo la construcción de una coalición internacional.
Conectemos todas estas piezas.
Nicaragua.
La OEA.
Venezuela.
Cuba.
Colombia.
Estados Unidos.
Porque vistas por separado parecen noticias diferentes.
Pero cuando las ponemos juntas sobre el mismo tablero geopolítico, aparece una pregunta mucho más grande:
¿se está cerrando rápidamente el espacio regional que Ortega y Murillo pensaban tener para abolir las elecciones, consolidar la sucesión familiar y convertir definitivamente a Nicaragua en una dictadura dinástica?
Porque quizás el problema para Ortega ya no sea solamente lo que está ocurriendo dentro de Nicaragua.
Quizás su verdadero problema sea que está cambiando todo lo que ocurre alrededor de Nicaragua.
Facebook
Visitar Facebook
X
Visitar X
Instagram
Visitar Instagram
Youtube
Visitar Youtube
LinkedIn
Visitar LinkedIn
WhatsApp
Visitar WhatsApp
Telegram
Visitar Telegram
Spotify
Visitar Spotify
TikTok
Visitar TikTok
Google Noticias
Visitar Google Noticias