Padre Marcos Somarriba: “Para los pueblos ultrajados y sometidos bajo las armas y el poder: no hay que desfallecer”

La reflexión sobre el milagro de la multiplicación de los panes presenta a Jesús como modelo de compasión activa, solidaridad y justicia, vinculando el mensaje del Evangelio con la defensa de la dignidad humana, la denuncia de la opresión y la esperanza cristiana frente al sufrimiento.

Agosto 02, 2026 12:33 PM
Padre Marcos Somarriba: “Para los pueblos ultrajados y sometidos bajo las armas y el poder: no hay que desfallecer”
Padre Marcos Somarriba: “Para los pueblos ultrajados y sometidos bajo las armas y el poder: no hay que desfallecer”
Icono de Autor
Sacerdote Marcos Somarriba, párroco de la iglesia Santa Agatha en Miami

Jesús, al enterarse de la muerte de Juan Bautista, se retira. Ante la multitud, tiene compasión: cura a los enfermos y, al caer la tarde, multiplica cinco panes y dos peces para alimentar a los cinco mil. Todos comen hasta saciarse y sobran doce cestas.

Jesús no ofrece solo consuelo verbal; actúa: cura y alimenta. La compasión evangélica se traduce en acciones concretas que alivian la necesidad inmediata y permanente.

Hay aquí, en este pasaje bíblico, una clara denuncia implícita del hambre y de la desigualdad; hambre de lo que se necesita hoy en nuestro contexto, sea hambre de cualquier cosa que cada uno tiene.

El milagro expone una realidad humana: muchos pasan necesidad. Que un gesto milagroso sea necesario para alimentar a la gente interpela, encara y denuncia a estructuras que permiten la indigencia. La provisión es señal de que el Reino exige alimento para todos. Hay personas y pueblos que pasan hambre y necesidad por causa del egoísmo de unos pocos, que reparten solamente a sus secuaces y a quienes comparten su mentalidad, ideología y violencia, mientras excluyen a quienes denuncian su maldad y reclaman constantemente sus derechos y libertades.

Jesús distribuye lo poco disponible y crea comunión. La multiplicación muestra la lógica del compartir: una comunidad que comparte impide la acumulación de pocos frente a la miseria de muchos. Se puede ver claramente el contraste con el poder que oprime y niega lo que, por derecho, todo un pueblo reclama, aun sometido y silenciado; un pueblo al que se le dice que no necesita a nadie que venga a reemplazar lo establecido, que ya tiene un padrastro y que no hace falta su opinión o su deseo de cambio para una vida mejor, en libertad y sin miedo, sin dominación ni sometimiento por la fuerza.

En el contexto de gobernantes que dominan a sus pueblos bajo las armas y la opresión, el pasaje pone en evidencia dos modelos: el poder que explota y endurece, que acumula, reprime y usa la violencia, frente al poder cristiano que sirve, distribuye y protege la vida. Jesús actúa como Pastor que prioriza el pan, no la espada. Jesús es un pan que alimenta, no que contamina ni enferma.

Como Iglesia, actuamos primero aliviando el sufrimiento y dando una esperanza que nace de Dios, quien ama a su pueblo con un amor que supera toda imaginación.

Como amados por Jesús, debemos ser solidarios y rechazar toda violencia, venga de donde venga: estatal, social o familiar.

Acompañar a las víctimas de violencia, documentar abusos, ofrecer refugio y denunciar públicamente las violaciones de derechos humanos. La hospitalidad es resistencia ética frente a la opresión.

Educar sobre la opción preferencial por quienes sufren, la dignidad humana y el compromiso cívico; promover la presión internacional cuando la represión persista. Hay que gritar y denunciar el mal y todo aquello que denigra al ser humano.

Usar la liturgia y la Palabra para recordar que la Eucaristía implica compromiso con el hambriento; predicar la justicia como fruto de la fe y convocar a la conversión social.

Jesús: «Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados y, mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente».

El milagro del pan es signo del Reino: Dios quiere que nadie pase hambre; hambre de alimentos, hambre de libertad, de justicia, hambre de democracia y de paz. Frente a regímenes que oprimen por la fuerza, la Iglesia responde con el pan que comparte, la denuncia que interpela y la solidaridad que protege. Ser discípulos del Señor hoy exige compasión activa, construcción de justicia y coraje profético ante los poderes que destruyen la dignidad humana.

Como bien dice hoy san Pablo, a boca abierta:

«¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?… En todas estas cosas salimos más que vencedores por aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor.» (Rm 8, 35.37–39).

Pablo no niega el sufrimiento real; enumera la tribulación, la persecución y la espada, pero proclama una certeza mayor: el amor de Cristo no se rompe. Para quienes viven amenazas, exilio y muerte, este texto es una promesa: aun en el abismo de la persecución, Dios permanece con ustedes y, por medio de su amor, sostiene la esperanza.

Ser amado por Cristo significa que no estamos definidos por la violencia que se sufre. Nuestro valor no depende de la opinión de los opresores; un pueblo no es hijastro de sus gobernantes ni de quienes se proclaman salvadores o mesías frustrados, que necesitan y dependen de permanecer sentados sobre la silla del poder y las armas. El valor de todo hijo de Dios radica en su identidad: hijos e hijas de Dios, amados hasta el extremo. Eso da dignidad en medio del despojo, da fortaleza y una esperanza que no defrauda.

«Más que vencedores» no significa ausencia de heridas, sino que, a pesar de ellas, la última palabra no la tiene el verdugo, sino el Amor que redime. La victoria es la fidelidad, la resistencia solidaria y la capacidad de seguir amando y construyendo vida donde se intentó borrar la esperanza.

La Escritura nos exige, como Iglesia y como comunidades de fe, estar presentes: acompañar, denunciar, proteger y crear redes de apoyo. No basta con consolar; la fe se hace acción concreta mediante la asistencia, la visibilidad internacional, las rutas de ayuda y la presión por la justicia.

Frente a dictadores sin conciencia, este pasaje enciende el coraje de la verdad: denunciar la injusticia y testimoniar la esperanza. El martirio y el exilio han sido, a lo largo de la historia, voces que despiertan la conciencia mundial; su sufrimiento llama a la conversión de quienes oprimen. Hay que seguir gritando, reclamando y denunciando, aun cuando nuestra voz sea un grito en el desierto. Hay piedras que, aun siendo duras, oirán nuestras quejas, dolores y el anhelo de reclamar una familia y una patria libre y soberana. No hay que callar, porque si los hombres no hablan, hablarán las piedras del camino.

Para los pueblos ultrajados, sometidos bajo las armas, el poder y la persecución: no hay que desfallecer. Hay que mantener la vida de oración y la memoria, sostener los vínculos comunitarios, guardar las historias y los nombres, sin dejar que las personas sean reducidas a un número, y proteger a los más vulnerables.

Para nosotros, como Iglesia y sociedad, corresponde visibilizar los hechos, acompañar con ayuda humanitaria, garantizar vías seguras para los refugiados, ofrecer apoyo legal y mediático y exigir rendición de cuentas ante las instancias internacionales.

Nuestro Señor Jesús conoce el dolor de los oprimidos; permanece cerca de quienes hoy sufren persecución y muerte. Quiere hacernos instrumentos de su amor: acompaña al exiliado, protege al perseguido, consuela al que llora y convierte el corazón de los verdugos. Que nadie se separe jamás de su amor.

Pablo, en su elocuencia, fruto de su propia relación con Jesús, nos habla con palabras llenas de esperanza.

Ninguna opresión tiene la última palabra. La fidelidad en la prueba, la solidaridad de los hermanos y la acción profética de la Iglesia trabajan para que la promesa de Pablo se haga realidad: el amor de Dios sostiene, transforma y, al final, vence.

AMÉN.

Apoya a 100% NOTICIAS para vencer la CENSURA. El Canal del Pueblo necesita de tu apoyo


Donar ahora