Kevin O'Reilly: Girolamo Tartaglione y otras víctimas de Alessio Casimirri

La ruptura diplomática entre Nicaragua e Italia ha vuelto a poner bajo escrutinio internacional la protección que el régimen de Daniel Ortega brinda al exintegrante de las Brigadas Rojas, Alessio Casimirri, condenado por múltiples asesinatos en Italia y reclamado desde hace décadas por la justicia de ese país

Julio 21, 2026 08:15 AM
Kevin O'Reilly: Girolamo Tartaglione y otras víctimas de Alessio Casimirri
Kevin O'Reilly: Girolamo Tartaglione y otras víctimas de Alessio Casimirri
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Kevin O'Reilly ex miembro del Servicio Exterior Superior de los Estados Unidos.

El 16 de julio, Nicaragua rompió relaciones diplomáticas con Italia, luego de que el ministro de Asuntos Exteriores italiano, Antonio Tajani, afirmara en un discurso el 15 de julio en Madrid que su país y su gobierno no comparten nada «con la visión de gobiernos extremistas como el de Nicaragua, un país que todavía brinda protección a peligrosos terroristas como Alessio Casimirri».

Como miembro de la organización terrorista italiana le Brigate Rosse (BR) en la década de 1970, Casimirri participó en el secuestro y ejecución del ex primer ministro italiano Aldo Moro.

«Le decimos a Nicaragua que otorgar inmunidad a un criminal es inaceptable», declaró Tajani.

Italia solicitó la extradición de Casimirri ya hace décadas, una petición que Nicaragua ha denegado repetidamente.

Antes de Moro

Pensamos de un tiempo antes de esta disputa diplomática y el cierre de embajadas, antes de la impunidad de Casimirri, e incluso antes del asesinato de Moro, y comencemos con Girolamo Tartaglione, una víctima ahora menos conocida de Casimirri. Porque Casimirri participó en la muerte de muchos, no solo de Moro, y todas sus vidas tenían valor.

Girolamo Tartaglione

Tartaglione, originario de Nápoles, era un abogado que hizo su carrera en la judicatura italiana, ascendiendo paso a paso a unos rangos superiores. Más tarde se convirtió en director de asuntos penales en el Ministerio de Justicia, y se trasladó a Roma. La negociación por lograr la liberación de Moro lo colocó en el ojo público cuando se opuso a conceder un indulto a la convicta de las BR Paola Besuschio, en una jugada para intercambiarla por Moro.

Reconoció que los “brigatisti” podrían matarlo, pero rechazó una escolta porque no quería víctimas inocentes sobre su conciencia. En Roma, vivía en un apartamento en viale delle Milizie, no tan lejos de su oficina. Allí, Casimirri le disparó en la nuca mientras esperaba el ascensor.

Tartaglione era más que una víctima, más que un titular macabro en un diario, un mensaje político o un cadáver ilustre dejado para conmocionar a la opinión pública italiana. Antes de morir, había desempeñado un papel fundamental en la reforma del sistema penitenciario de Italia basada en el principio que la constitución de su nación exige que el castigo debe promover la rehabilitación.

Nada de eso le importó a Casimirri, el hombre a quien la dictadura de Ortega-Murillo protege de la justicia italiana.

Las otras víctimas

Casimirri asesinó a Tartaglione con sus propias manos, y los tribunales italianos lo condenaron como cómplice de asesinato por las muertes de Riccardo Palma —un alto funcionario del Ministerio de Justicia, tiroteado 14 veces ocho meses antes del asesinato de Tartaglione y con la misma arma utilizada posteriormente para ejecutar a Moro—; y el día del secuestro de Moro en via Fani en Roma, por las muertes de Oreste Leonardi, guardaespaldas personal de Moro; Domenico Ricci, conductor de Moro, y los oficiales de seguridad Raffaele Iozzino, Giulio Rivera y Francesco Zizzi. También participó en la muerte de Moro y en un atentado contra la oficina del partido Democracia Cristiana de Italia en la Piazza Nicosia de Roma, que provocó la muerte de los policías Antonio Mea y Pierino Ollanu.

Casimirri huyó de Italia, terminando finalmente en Nicaragua, y los tribunales italianos lo condenaron posteriormente “in absentia” por su papel en estas atrocidades.

Cuando los italianos buscaron su extradición por primera vez a finales de la década de 1980, el gobierno sandinista aceleró su ciudadanía nicaragüense para impedir su regreso a Italia para enfrentar sus seis condenas a cadena perpetua por sus crímenes.

La dictadura lo califica de refugiado político.

Echando bravatas

El ministerio fanfarrón nicaragüense de relaciones exteriores califica las declaraciones de Tajani en Madrid «injustificadas, agresivas e irresponsables». Afirma que había insultado a Nicaragua, ignorando las normas de respeto entre gobiernos.

Por supuesto, las normas de respeto entre naciones generalmente incluyen el negarse a proteger a asesinos.

Nicaragua no entregaría a Casimirri, afirma, y —como hace cada vez que se le señalan sus abusos— califica esta ruptura de relaciones como una cuestión de soberanía y dignidad nacional.

Una historia italiana que revela mucho sobre Nicaragua

Esta es una historia sobre una época oscura en la historia de Italia, por supuesto, pero también de las impunidades toleradas y celebradas de Daniel Ortega para aquellos a quienes favorece, al mismo tiempo que él y su «copresidenta» Rosario Murillo reprimen brutalmente a sus opositores reales e imaginarios.

No sabemos cómo termina

Casimirri, que ahora tiene 74 años, puede vivir el resto de sus días en impunidad en su exilio nicaragüense.

La dictadura que lo protege puede colapsar y un gobierno sucesor puede entregarlo a los italianos.

De cualquier manera, sus crímenes fueron reales, los traumas infligidos a la sociedad italiana fueron reales, y las víctimas, empezando por Tartaglione, sin vida en el vestíbulo de un ascensor, eran personas reales, con esperanzas, sueños, amigos y familias, y deberíamos recordarlas y no ver esto simplemente como una disputa diplomática entre Italia y la escuálida dictadura nicaragüense.

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