Ortega se declaró: "Tirano perpetuo"

Las recientes declaraciones de Daniel Ortega, en las que aseguró que en Nicaragua no volverán a celebrarse elecciones, son analizadas como una admisión del abandono definitivo de la alternancia democrática

Julio 20, 2026 10:18 AM
Ortega se declaró: "Tirano perpetuo"
Ortega se declaró: "Tirano perpetuo"
Icono de Autor
Miguel Mora

Ortega se declaró: "Tirano perpetuo" Resulta extraño y profundamente contradictorio. Daniel Ortega afirma que ya decidió que en Nicaragua no volverá a haber elecciones para evitar que la oposición regrese al poder. Sin embargo, acto seguido sostiene que, aunque "los yanquis" les den mucho dinero, la oposición no podrá ganar.

La contradicción es evidente. Si, según él, ya no habrá elecciones, ¿quiénes van a participar?, ¿cuándo?, ¿en qué proceso electoral podrían perder o ganar? Si el propio dictador marxista-leninista asegura que las elecciones dejaron de existir, entonces su argumento carece de lógica.

Pero sus palabras contienen otra admisión aún más reveladora. No solo está reconociendo que ha decidido asesinar definitivamente la democracia en Nicaragua; también está admitiendo que, incluso en unas elecciones organizadas y controladas por su propio régimen, existe la posibilidad real de que el pueblo vote mayoritariamente por una oposición democrática. Es decir, ni siquiera confía en un proceso electoral bajo sus propias reglas.

LEER MÁS: Ortega afirma que en Nicaragua "no volverán a haber elecciones" y admite que respondió con "ira" a las protestas de 2018

La duda de fondo es otra: si el tirano perpetuo ya decidió que solo existirá un partido único gobernando por la "eternidad", ¿para qué continúan aprobando leyes destinadas a impedir que los opositores exiliados participen en elecciones? ¿Participar en qué, exactamente, si el propio régimen sostiene que ya no habrá competencia política?

Todo indica que el régimen ya ni siquiera está interesado en mantener la apariencia de una farsa electoral. La experiencia de otros gobiernos autoritarios que enfrentaron resultados adversos en procesos cuestionados parece haber reforzado su decisión de no asumir ningún riesgo. En lugar de administrar una elección controlada, ahora opta por eliminar por completo la posibilidad de que exista cualquier tipo de elección.

Más que una explicación coherente, estas declaraciones parecen confirmar que el régimen busca justificar, al mismo tiempo, la eliminación definitiva de la democracia y la persecución permanente de cualquier alternativa política, incluso cuando esa alternativa, según su propio discurso, ya no tendría alguna posibilidad de competir, y reconoce que en una elección existe una altísima posibilidad de un triunfo arrollador de la oposición democrática.

La historia está llena de lecciones para quienes creen que el poder puede ser eterno.

En febrero del año 44 a. C., Julio César se declaró dictador perpetuo. Aquel nombramiento significó mucho más que un reconocimiento político: fue la señal de que la República romana estaba siendo reemplazada por el poder absoluto de un solo hombre. César creyó haber consolidado un dominio definitivo sobre Roma.

Pero la historia dio un giro inesperado.

Apenas un mes después, el 15 de marzo del 44 a. C., durante los llamados Idus de Marzo, fue rodeado por un grupo de senadores que hasta poco antes eran sus aliados, colaboradores e incluso amigos. Allí mismo, en el Senado, recibió 23 puñaladas y murió a manos de quienes habían jurado servirle. El hombre que se creyó gobernante para siempre descubrió, demasiado tarde, que el poder absoluto no elimina las conspiraciones, sino que muchas veces las alimenta.

Esa es la gran lección que deja la historia: ningún tirano perpetuo es realmente perpetuo. El poder puede silenciar a la oposición, encarcelar adversarios, exiliar ciudadanos, controlar jueces y ejércitos, pero nunca puede controlar por completo el curso de la historia ni garantizar la lealtad eterna de quienes lo rodean.

Las recientes declaraciones de Daniel Ortega, interpretadas junto con las reformas políticas y constitucionales impulsadas por su gobierno, apuntan a la eliminación del derecho de los nicaragüenses a elegir libremente a sus gobernantes mediante elecciones periódicas, libres y transparentes. Si un gobernante decide que la alternancia política deja de existir y que solo él o su proyecto permanecerán indefinidamente en el poder, deja de actuar como un presidente sujeto a la Constitución y pasa a asumir, en los hechos, la condición de un tirano sin límite temporal.

Reitero y repito; paradójicamente, sus propias palabras contienen otra confesión: al afirmar que ya no puede permitir elecciones porque la oposición podría volver al poder, reconoce implícitamente que ni siquiera confía en ganar unos comicios organizados bajo el control de su propio régimen. Ya no le basta una elección sin garantías; ahora parece considerar demasiado riesgosa incluso la apariencia de una competencia electoral.

La historia demuestra que los pueblos pueden perder temporalmente sus libertades, pero también demuestra que ningún régimen es eterno.

Julio César creyó que había asegurado el poder para siempre y solo disfrutó su título de dictador perpetuo durante un mes.

Su final recuerda una verdad que atraviesa los siglos: quien concentra todo el poder termina concentrando también todos los riesgos.

Porque cuando desaparecen las instituciones, las reglas y la alternancia democrática, el destino de un país deja de depender de la voluntad de sus ciudadanos y comienza a depender de la fragilidad de un solo hombre. Que a la larga es asesinado por los suyos.

Apoya a 100% NOTICIAS para vencer la CENSURA. El Canal del Pueblo necesita de tu apoyo


Donar ahora