La gran estafa sandinista

El periodista Miguel Mora analiza el origen ideológico del Frente Sandinista y sostiene que el movimiento traicionó las promesas de democracia, libertad y justicia social con las que llegó al poder, dando paso a un nuevo modelo de concentración política y familiar en Nicaragua

Julio 18, 2026 12:23 PM
La gran estafa sandinista
La gran estafa sandinista
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Miguel Mora Barberena

Durante décadas se nos dijo que las revoluciones armadas en América Latina fueron simplemente el resultado de la pobreza, la desigualdad o la represión. Pero esa explicación, por sí sola, deja fuera una parte esencial de la historia. Muchos hoy la quieren soslayar, camuflar u olvidar.

Detrás de muchos de los movimientos que tomaron las armas existía una construcción ideológica cuidadosamente desarrollada durante más de un siglo. No fue un fenómeno espontáneo. Fue un proyecto político que comenzó con las ideas de Karl Marx y Friedrich Engels sobre la lucha de clases y la transformación del Estado; que fue redefinido por Vladimir Lenin con el concepto del partido de vanguardia: una organización pequeña, disciplinada y convencida de que debía conducir al pueblo hacia la revolución, incluso por encima de su propia voluntad.

A partir de la Revolución Rusa de 1917, esa teoría dejó de ser un debate académico para convertirse en un modelo exportable. El triunfo bolchevique demostró que era posible conquistar el poder mediante una revolución y, desde Moscú, la Internacional Comunista impulsó la creación de partidos revolucionarios en distintos países.

Después apareció Mao Zedong, quien adaptó el marxismo a la realidad china y cambió una de las reglas del juego. En lugar de colocar al obrero industrial en el centro de la revolución, puso al campesinado como principal fuerza de combate. Nació así la doctrina de la guerra popular prolongada: una estrategia que proponía acumular fuerzas desde el campo para avanzar, poco a poco, hasta tomar las ciudades.

Pero el verdadero punto de inflexión para América Latina llegó en 1959 con la Revolución Cubana. El triunfo de Fidel Castro, Ernesto “Che” Guevara y sus compañeros convenció a miles de jóvenes en todo el continente de que un grupo relativamente pequeño podía derrotar militarmente a un gobierno. Aquella victoria cambió la imaginación política de toda una generación.

Fue entonces cuando el Che desarrolló la teoría del foco guerrillero, conocida como foquismo. Su planteamiento era que no hacía falta esperar a que existieran todas las condiciones para una revolución; un pequeño núcleo armado podía crearlas mediante la acción militar y convertirse en el detonante del levantamiento popular. Esa idea marcaría profundamente a numerosos movimientos insurgentes latinoamericanos, aunque en muchos casos no produjo los resultados esperados.

Todo esto ocurrió en medio de la Guerra Fría, cuando el planeta estaba dividido entre dos grandes bloques: Estados Unidos y la Unión Soviética. Mientras Moscú y otros países socialistas brindaban distintos niveles de respaldo político, económico o militar a algunos movimientos revolucionarios, Washington respondía apoyando a gobiernos y fuerzas contrainsurgentes para frenar la expansión del comunismo. América Latina terminó convertida en uno de los principales escenarios de esa confrontación global.

En ese contexto nacieron organizaciones como el Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua; los Tupamaros en Uruguay; Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo en Argentina; el Movimiento de Izquierda Revolucionaria en Chile; el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional en El Salvador; la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca en Guatemala y las FARC en Colombia. Aunque compartían raíces ideológicas, cada una respondió a realidades nacionales distintas y siguió estrategias diferentes.

Sin embargo, la mayoría coincidía en varios principios fundamentales: la convicción de que el capitalismo producía desigualdad estructural; la idea de que el Estado representaba los intereses de las élites; el objetivo de construir una sociedad socialista; la existencia de una dirección política centralizada; la aceptación de la lucha armada como mecanismo para conquistar el poder cuando consideraban cerradas las vías institucionales, y el internacionalismo como forma de solidaridad entre movimientos revolucionarios.

Pero la historia tampoco se detuvo allí. Con el fin de la Guerra Fría, la desaparición de la Unión Soviética y los procesos de paz impulsados en varios países latinoamericanos, muchas de esas organizaciones abandonaron las armas y se transformaron en partidos políticos. Otras continuaron recurriendo a la violencia durante más tiempo. Cada proceso siguió un camino distinto.

Debemos entender de dónde surgió una de las corrientes políticas que más transformó la historia contemporánea de América Latina y cómo sus ideas, sus estrategias y su visión del poder siguen influyendo, de distintas maneras, en el debate político de la región.

Porque, para entender el presente, primero hay que comprender el pasado. Y esa historia, con sus luces, sus sombras y sus consecuencias, merece ser analizada con rigor, contexto y memoria.

¿Cómo un movimiento que nació prometiendo libertad, democracia y justicia social terminó siendo señalado por amplios sectores de la sociedad nicaragüense como el responsable de instaurar un nuevo modelo dinástico dictatorial, el más brutal de América? Esa es una de las grandes preguntas de la historia política contemporánea de Nicaragua.

El Frente Sandinista de Liberación Nacional surgió inspirado en el marxismo-leninismo y en la idea de la vanguardia revolucionaria. Su discurso prometía poner fin a una dictadura familiar, devolver el poder al pueblo, construir una democracia participativa, garantizar la justicia social y abrir un nuevo capítulo para el país. Durante la lucha contra la dinastía Somoza, ese mensaje logró reunir a estudiantes, campesinos, empresarios, sacerdotes, intelectuales y miles de ciudadanos que veían en el sandinismo una esperanza de cambio.

La estafa se ejecutó según lo planeado

Los sandinistas se disfrazaron de libertadores y demócratas para, eventualmente, tomar el control total del poder e imponer un gobierno marxista-leninista, lo que ellos mismos llamaron “la dictadura del proletariado”.

Uno de los primeros grandes compromisos o promesas del FSLN era construir un sistema democrático basado en el pluralismo político, el respeto a las libertades públicas y la participación ciudadana. Sin embargo, el plan era otro desde el principio: produjo una dictadura de izquierda que originó otra guerra civil en los años ochenta. El plan escondido era el mismo que terminó concretándose desde su regreso al poder en 2007. Nicaragua ha experimentado un proceso sostenido de concentración del poder en el Ejecutivo, acompañado por un debilitamiento de la independencia de instituciones como el Poder Judicial, el Consejo Supremo Electoral y otros órganos del Estado.

La estafa sandinista resulta aún más evidente cuando se recuerda cuál era una de las principales banderas de la Revolución Sandinista: poner fin a una dictadura familiar. El somocismo fue denunciado durante décadas por concentrar el poder político, militar y económico en una sola familia. Hoy, el poder en Nicaragua se encuentra nuevamente altamente concentrado alrededor de Daniel Ortega y Rosario Murillo, con una influencia significativa de familiares en distintas estructuras del Estado y del partido: una nueva concentración familiar del poder que se expresa en la dictadura dinástica más brutal y cleptocrática que jamás haya visto el continente americano en su historia contemporánea.

El discurso “revolucionario” también hablaba de liberar al pueblo. Libertad para pensar, para organizarse, para expresarse y para participar en la vida pública. Sin embargo, organizaciones nacionales e internacionales de derechos humanos han documentado durante los últimos años restricciones a libertades fundamentales, entre ellas la libertad de expresión, la libertad de prensa, la libertad de asociación, la libertad religiosa y el derecho de manifestación. Precisamente esas libertades constituyeron algunas de las principales reivindicaciones durante la lucha contra la dictadura somocista.

Otro de los pilares del discurso sandinista fue la defensa de la soberanía popular mediante elecciones libres. No obstante, diversos organismos internacionales y misiones de observación electoral han cuestionado la integridad de varios procesos electorales recientes en Nicaragua, señalando limitaciones a la competencia política, restricciones a la participación de la oposición y deficiencias en las garantías electorales. Para muchos observadores, esa situación representa un contraste profundo con los ideales democráticos proclamados por el propio movimiento revolucionario.

En el plano económico también aparece una paradoja. El marxismo planteaba combatir los privilegios y evitar la formación de nuevas élites. Sin embargo, diversos estudios y analistas sostienen que, con el paso del tiempo, surgió una nueva élite política y económica vinculada al partido gobernante, un fenómeno que ha sido comparado con experiencias de otros regímenes de partido dominante.

A ello se suma otro cambio importante. El Frente Sandinista nació profundamente influenciado por el marxismo-leninismo y por la Revolución Cubana. Sin embargo, durante varios años desarrolló relaciones de cooperación con el sector privado e incorporó mecanismos propios de una economía de mercado. Algunos interpretan ese giro como una adaptación pragmática a las circunstancias nacionales e internacionales; otros lo consideran un abandono de buena parte de sus postulados ideológicos originales.

También cambió la forma de ejercer el liderazgo. La teoría leninista concebía al partido de vanguardia como una organización con dirección colectiva y disciplina partidaria. No obstante, el liderazgo político terminó concentrándose progresivamente alrededor de Daniel Ortega y Rosario Murillo, y ahora también de sus hijos, reduciendo el peso de las estructuras colectivas del partido y fortaleciendo un modelo marcadamente personalista. Al igual que los Somoza, construyen una dinastía dictatorial.

Finalmente, está el tema del Estado. La revolución prometía desmontar el aparato de control construido por la dictadura somocista para crear instituciones al servicio de los ciudadanos. Sin embargo, con el paso del tiempo, el Estado nicaragüense ha desarrollado un elevado nivel de centralización sobre las principales instituciones públicas, un aspecto que ha sido objeto de críticas por parte de organismos internacionales y centros de investigación.

Es precisamente esa sucesión de contradicciones la que lleva a numerosos analistas, antiguos dirigentes sandinistas, excombatientes y amplios sectores de la oposición a utilizar una expresión particularmente dura: consideran que el Frente Sandinista terminó convirtiéndose en una de las mayores decepciones políticas de la historia reciente de Nicaragua. “Ortega y Somoza son la misma cosa” reza una frase que ya se hizo popular. Aunque muchos afirman que los sandinistas son peores en todos los sentidos.

Su argumento es que el movimiento prometió democracia y concentró el poder; prometió terminar con una dinastía y hoy enfrenta críticas por una nueva concentración familiar del poder; prometió pluralismo político y es cuestionado por las condiciones de competencia electoral; prometió liberar al pueblo y enfrenta denuncias por restricciones a derechos fundamentales; prometió combatir los privilegios y, según sus críticos, terminó dando origen a una nueva élite vinculada al poder.

Por supuesto, los defensores del sandinismo sostienen una interpretación distinta. Argumentan que el Frente Sandinista ha garantizado estabilidad, seguridad, crecimiento de la infraestructura y programas sociales, y rechazan la caracterización de que haya traicionado sus principios fundacionales.

Más allá de las posiciones políticas, la comparación entre las promesas originales del sandinismo y la realidad institucional de Nicaragua sigue siendo uno de los debates más relevantes para comprender la evolución del país. Porque, al final, la pregunta que permanece abierta no es únicamente qué prometió la revolución, sino qué quedó de aquellas promesas más de cuatro décadas después.

La respuesta es clara ahora: después de 47 años, todo fue una estafa fríamente calculada y ejecutada; una estafa que le cuesta la libertad a todo un pueblo. Tras dejar un estela macabra de centenares de miles de muertos.

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