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El nieto de los codictadores: símbolo de sucesión dinástica en el régimen Ortega-Murillo

El médico y ex preso político nicaragüense Richard Sáenz Coen analiza el anuncio público del nacimiento de un nieto de Rosario Murillo como parte de una estrategia propagandística del régimen Ortega-Murillo para reforzar la idea de una sucesión dinástica en Nicaragua

Mayo 25, 2026 08:25 AM
El nieto de los codictadores: símbolo de sucesión dinástica en el régimen Ortega-Murillo
El nieto de los codictadores: símbolo de sucesión dinástica en el régimen Ortega-Murillo
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Richard Sáenz Coen, Médico

Hace pocos días, en su acostumbrada perorata, la codictadora Rosario Murillo anunció el nacimiento de uno de sus nietos, hijo de Camila Ortega Murillo. Considero necesario hacer un análisis de este hecho, que va más allá del nacimiento mismo y que toca un aspecto mucho más profundo del modelo de poder instaurado por el régimen sandinista: la construcción simbólica de una sucesión dinástica en Nicaragua.

Hablaré, desde una experiencia personal, sin entrar en ningún detalle privado por razones éticas, ya que mi anterior ejercicio profesional, me correspondió ayudar a venir al mundo a algunos de los primeros nietos de la pareja dictatorial, y es por este último detalle que, me atrevo a hablar no solamente desde el análisis político, sino también desde cierto conocimiento personal del entorno familiar y simbólico de esa familia que desgobierna el país.

Dicho esto, conviene aclarar algo fundamental. El nacimiento de un niño, como hecho humano y familiar, es siempre un hito hermoso en la vida de sus padres, de sus abuelos y de toda la familia. Eso no admite discusión. La llegada de una nueva vida debe ser, en principio, motivo de alegría, gratitud y esperanza. Un niño no carga con las culpas políticas de los adultos, ni debe ser convertido en objeto de ataques, juicios o responsabilidades que no le corresponden. La infancia, por su propia naturaleza y por su condición de criatura de Dios, merece respeto.

Precisamente por eso, pienso que el problema no es el niño ni el nacimiento en sí mismo, sino el mensaje político que el régimen sandinista intenta transmitir mediante la utilización pública de este acontecimiento familiar, presentándolo como un hecho oficial; no estamos simplemente ante una propaganda familiar, estamos ante la escenificación de una sucesión dinástica del poder.

En este hecho se pretende presentar a la pareja dictatorial como si fueran los padres casi “divinos” de la patria, y este hecho está en consonancia con aquella pretenciosa frase de Rosario Murillo durante el fatídico Diálogo Nacional de mayo de 2018, cuando discursivamente se colocó en el papel de “madre de todos los nicaragüenses”. En esa construcción simbólica, Rosario Murillo aparece como madre política de la nación y, por consecuencia, Daniel Ortega quedaría proyectado como una suerte de padre político del país.

A mi parecer, anunciar un nacimiento familiar y celebrarlo desde los medios oficialistas del poder sandinista no es una simple noticia doméstica, es más bien, un mensaje político. El mensaje es claro: la familia dictatorial es el centro del Estado; la dinastía tiene un proyecto de continuidad; por eso la vida privada del clan gobernante Ortega-Murillo es presentada por Rosario como un asunto oficial del Estado que incumbe a todos los nicaragüenses.

Es aquí donde se presenta una escenificación del poder al estilo de una monarquía dinástica, como si se tratase de los Borbones en España o de los Windsor en el Reino Unido, pero trasladado a la dinastía criolla y “chapiolla” del sandinismo nicaragüense. La diferencia, por supuesto, es que aquí no hablamos de una monarquía constitucional con reglas institucionales, sino de una dictadura familiar grotesca, que se reviste de símbolos y genealogías rebuscadas para vender la idea de continuidad histórica.

En esto podemos observar un paralelo histórico que no debe pasar inadvertido: el de Nicolae y Elena Ceaușescu en Rumania. Aquella infame pareja dictatorial construyó un culto familiar del poder. Él era presentado como encarnación del Estado; ella, como figura maternal, intelectual, refinada y casi providencial dentro del régimen rumano.

 

 

Elena Ceaușescu no se presentaba solamente como esposa del dictador, sino que aparecía como una mujer culta, científica, letrada, sofisticada y maternal por cuenta propia, aunque esa imagen no fue más que una construcción propagandística. De hecho, esa autopercepción maternal la acompañó incluso en el momento de su caída. Cuando fue arrestada y llevada a su ejecución, al verse sujetada por los militares, les reclamó a gritos: “¡Qué vergüenza! Yo los crié, niños míos, como una madre; yo los eduqué”.

Esa frase revela hasta qué punto Elena Ceaușescu se concebía a sí misma no solamente como política o esposa del dictador, sino como una especie de madre simbólica del pueblo y de los soldados que ahora la juzgaban y ejecutaban. La dictadora no se limitaba a ejercer poder; quería también apropiarse afectivamente de la nación, como si el pueblo entero fuera una prolongación doméstica de la familia gobernante.

En Nicaragua vemos una resonancia de ese mismo modelo dictatorial. Rosario Murillo tampoco se presenta simplemente como esposa del “Comandante”, como consorte del “presidente” Ortega o como matrona de la familia Ortega-Murillo, sino que se presenta como copartícipe del poder, al punto de autonombrarse copresidenta; como voz cotidiana del régimen sandinista; como figura cultural; como figura espiritual según pretende venderse con su esoterismo barato; y como figura política, como la “mujer fuerte” que co-desgobierna un país.

Es ahí donde su discurso de “madre de todos los nicaragüenses” cobra un sentido simbólico más profundo. No se trata simplemente de una frase sentimental: es una apropiación política de la maternidad nacional; es la conversión de la obediencia política en una relación familiar; es la instauración de un culto ya no solamente a Daniel Ortega, el supuesto “mítico” comandante, ni solamente a Rosario Murillo, la “intelectual” y “estratega”, sino a toda la familia Ortega-Murillo como clan dinástico.

Aquí existe una distinción importante que merece la pena resaltar. Una cosa es la abuela feliz que celebra genuinamente el nacimiento de un nieto, y otra muy distinta es la perversa codictadora que convierte ese nacimiento en propaganda oficialista de Estado. Una cosa es la familia en su ámbito privado, y otra la familia elevada artificialmente a dinastía. Una cosa es el niño como persona inocente, y otra el niño convertido por la propaganda sandinista en símbolo de continuidad del clan gobernante.

En ese sentido, veo un claro favoritismo hacia Camila. A mi juicio, esto tiene su génesis en un antecedente histórico importante que no podemos pasar por alto: su imagen fue utilizada desde niña dentro de la narrativa sandinista para presentar un rostro más humano, familiar y cercano de Daniel Ortega y de la familia Ortega-Murillo durante la campaña electoral de 1990. Desde entonces, Camila quedó incorporada al imaginario simbólico del sandinismo como una figura afectiva, familiar y propagandística, asociada a la intimidad doméstica del caudillo. Esa utilización temprana de su figura ayuda a comprender por qué, décadas después, Camila ocupa un lugar tan visible dentro del relato cultural, familiar y dinástico del régimen Ortega-Murillo.

Con el tiempo, Camila ha sido convertida en una figura visible del régimen. La vemos aparecer en actos públicos, dirigir plataformas como Nicaragua Diseña y ser presentada incluso como rostro de la llamada “economía creativa”. Ocupa un lugar simbólico muy particular dentro del entorno de Rosario Murillo; no es una hija más dentro de la estructura familiar: es una figura cuidadosamente colocada dentro del relato político, cultural y propagandístico del régimen, como ya expliqué anteriormente.

Ese patrón no se limita a Camila. Su primer hijo también ha sido presentado, al igual que ella, como símbolo de la familia sandinista más importante del país. Por eso, el anuncio del nacimiento no se trata únicamente de la exposición pública de una madre y su hijo, ni solo de transmitir la alegría de una familia por la llegada de un nuevo miembro, sino de toda una construcción propagandística donde el niño aparece como emblema de continuidad familiar y política.

En una de sus apariciones públicas, incluso se le vio vestido de manera semejante a su abuelo, con gorra militar y chaqueta deportiva, participando (sin conciencia activa, por supuesto, pero sí por imitación simbólica) en una escena propia del poder militar: pasando revista detrás de su abuelo ante mandos del Ejército, en un acto oficial de la Fuerza Naval nicaragüense. En esa misma escena se observó al general Julio César Avilés saludando militarmente al niño, como si se estuviera escenificando ante el país la imagen de una nueva generación dictatorial.

Por eso, más allá del favoritismo personal hacia Camila, veo una estrategia mucho más amplia: reforzar la imagen de una familia gobernante casi monárquica, de origen sandinista y casi divino, donde hijos, nietos, bisnietos y hasta allegados son incorporados simbólicamente al relato del poder nacional. No es casualidad que Camila tenga una exposición particular ni que sus hijos sean presentados con tanta carga emocional, simbólica y propagandística.

Mi lectura es que el régimen busca humanizarse mediante la ternura familiar. Busca presentar nacimientos, nietos, bisnietos y escenas domésticas como prueba de normalidad, afecto y continuidad. Pero, sobre todo, busca transmitir una idea de permanencia histórica y sucesión familiar en el poder.

En el fondo, el mensaje que quieren transmitir es: “la familia continúa, el proyecto sandinista continúa, la dinastía continúa”. Por eso, no veo este tipo de anuncios como gestos inocentes ni como simples noticias familiares. Los veo como parte de la narrativa dinástica de los Ortega-Murillo.

Insisto el niño, insisto, es inocente. El nacimiento, como hecho humano, es hermoso. Pero la utilización política de ese nacimiento por parte del régimen revela algo profundamente grave: en Nicaragua, bajo la dictadura bicéfala más criminal y sanguinaria de la historia nicaragüense, la de Ortega y Murillo, incluso los hitos sagrados y hermosos de la vida familiar del clan gobernante se convierten en instrumentos de propaganda y legitimación de la sucesión dinástica.

Porque, cuando en un país una familia se confunde con el Estado, cuando sus nacimientos se presentan como acontecimientos oficiales y cuando sus descendientes son incorporados simbólicamente al relato del poder, ya no estamos ante una simple familia presidencial, como podría ocurrir en cualquier país democrático. Estamos ante una dinastía política que pretende perpetuarse sobre las ruinas de una nación sometida a los caprichos de sus codictadores y de su familia, bajo la premisa de la tortura, la ruina económica, la cárcel y el exilio.

Que Dios salve a Nicaragua de la sucesión dinástica del sandinismo, de esta neomonarquía criolla y chapiolla, erigida sobre el dolor de un pueblo, y devuelva a nuestra patria la libertad, la justicia y la paz.

El autor es el Dr. Richard Sáenz Coen, médico nicaragüense, especialista en ginecología y obstetricia infanto-juvenil, exiliado; actualmente reside en Estados Unidos. Es ex preso político y sobreviviente de las tenebrosas cárceles sandinistas de El Chipote. Hasta 2018 fue asesor del MINSA y parte del cuerpo médico asignado a la familia Ortega-Murillo.

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