Nicaragua entre dos verdades
Un análisis crítico sobre la revolución sandinista, la ausencia de justicia transicional en Nicaragua, el adoctrinamiento político y el debate histórico alrededor de figuras como Sergio Ramírez en medio de décadas de impunidad y polarización ideológica
Cristian Méndez
Hablamos de que, desde los inicios de la revolución sandinista, había una necesidad: “derrocar la dictadura de la dinastía Somocista”, devolverle la dignidad a todo un pueblo que sufría la desigualdad y la pobreza. Las causas estaban justificadas, pero no solo se trataba del escape de una dictadura; nuestra región estaba pasando por una situación convulsa sumida en guerras e incluso, estaba la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Además, el auge de la revolución cubana fue un punto clave para la réplica de lo que sería un modelo autoritario, de adoctrinamiento ideológico-militar y cooperación ante estos grandes proyectos que se convertirían en manuales para futuras dictaduras.
El comportamiento de un autócrata es notable cuando dentro de su cúpula no existe la intención, por parte de sus miembros y del caudillo, de una alternancia de liderazgo ni un relevo que haga contrapeso. Ortega no solo fue un autócrata desde sus inicios, con su populismo que en esa época llenaba el vacío de un país sumido en la desgracia, sino también el reflejo de toda una sociedad viciada, que necesitaba un cambio urgente para saciar sus necesidades básicas y, al mismo tiempo, de personas que, con poca educación democrática, depositaron sus esperanzas en una revolución con antecedentes como: el Servicio Militar Patriótico, el cual consistía en un reclutamiento forzoso de hombres jóvenes y niños, que dejó más de 30,000 muertos; la censura de medios de comunicación, en la cual se maneja la teoría de que el mismo FSLN mandó a asesinar a uno de los periodistas más destacados de esa época, el periodista Pedro Joaquín Chamorro; las violaciones a derechos humanos, no solo en la guerra, sino también en uno de los acontecimientos más dolorosos para la zona indígena, el cual dejó más de 80 asesinados, desaparecidos y cientos de desplazamientos forzosos; la piñata, donde se realizaron transferencias millonarias de bienes y empresas de manera acelerada a dirigentes y funcionarios de aquel entonces; una hiperinflación que causó hambrunas y el declive de la economía nicaragüense, etc.
De todos estos acontecimientos nace la legitimidad de “la revolución sandinista” y también la herencia que recibimos en este siglo los jóvenes. Podemos decir que Nicaragua fue un país excepcional en temas de justicia transicional y memoria histórica, comparable a otros países latinoamericanos. Estamos hablando de que en Nicaragua no hubo esfuerzos por tener una comisión de la verdad plenamente independiente. Hablamos de que, después de la disidencia de un sector del Sandinismo, ni siquiera hubo la intención de llevarlo a cabo, sino más bien una disputa por el poder, que fue un completo fracaso porque no llegaban a un margen de popularidad decente.
Además, durante todo este tiempo, después de los 2000, hubo una oportunidad para que la sociedad civil de aquel entonces pudiera apoyar estos procesos, pero hicieron la vista hacia otro lado, uno donde pretendían ganar la retórica ideológica enfocada en género u otras cosas que no tuvieran que ver con la reconstrucción de nuestro tejido social. Los jóvenes siempre hemos sido carne de cañón para estas grandes perspectivas ideológicas que atraen poderío económico, y digo jóvenes porque nosotros, ahora con una conciencia ética y una visión más amplia hacia los hechos históricos de nuestro país, somos tachados de ultraderecha, aun cuando algunos jóvenes no lo sean.
Este siglo vino con un problema grande e ideológico: “las revoluciones”. A lo largo del tiempo se nos ha adoctrinado a muchos jóvenes y niños con una retórica moralista sobre los valores y la construcción de lo que fue la revolución. Una herramienta que ha sido utilizada de manera descarada ha sido la educación, uno de los centros de adoctrinamiento que no solo se ha utilizado en Nicaragua, sino también en otros países como Cuba y Venezuela, los cuales han instaurado el término “socialismo”, una bandera que, en la teoría, aplican en sus estructuras gubernamentales y, en la práctica, les permite enriquecerse como capitalistas.
Históricamente, el continente americano siempre ha tenido la disputa entre liberales y conservadores; en mi país siempre ha sido así, e incluso todas estas prácticas ideológicas del socialismo fueron preparadas, cultivadas y puestas en práctica por esta revolución, degradando en su totalidad a la sociedad nicaragüense.
Sergio Ramírez no es el resultado de todas estas calamidades, ni es una víctima. Fue parte de la estructuración de lo que hoy tenemos como país, y no solo por su aporte durante más de 11 años, sino también por lo que no hizo. El deber de hacer verdadera justicia social para todo un país quedó relegado al ser derrotado políticamente en los 90’s. Nadie ha juzgado la trayectoria literaria que lo ha llevado a representar a nuestro país; sus obras quedarán para futuras generaciones, pero el repudio que está viviendo actualmente es consecuencia de sus actos del pasado.
Y tenemos que ver la otra cara de la moneda. El hecho de que no haya alguna resolución internacional donde existan constataciones de los hechos no le quita mérito a su participación en la época más oscura del partido; él estuvo implicado y calló. Hasta el día de hoy, con todas las calamidades que he vivido fuera de mi país, me he dado cuenta de toda la historia de Nicaragua (y de lo que me falta aprender) y de su larga trayectoria de impunidad, la cual ha sufrido el pueblo.
Nosotros, como jóvenes, tenemos el deber moral y ético de reconstruir Nicaragua íntegramente. Hasta entonces, solo puedo esperar la muerte de todos aquellos que hicieron posible la decadencia de mi país.
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