Sergio Ramírez en la máquina de Ludmer. Lieratura y Política
El escritor y académico Osmany Aguilar reabrió el debate sobre la candidatura de Sergio Ramírez a la Real Academia Española al analizar, desde la teoría literaria de Josefina Ludmer, la relación entre literatura, poder y responsabilidad política en la trayectoria del autor nicaragüense
Osmany Aguilar, estudios en Ciencia Políticas y Relaciones Internacionales
En 1995 la escritora, ensayista y crítica literaria Josefina Ludmer (1939-2016) publicó un artículo titulado: Una máquina para leer el siglo XIX. El punto de partida del análisis de Ludmer son los tiempos históricos de Argentina y de su literatura, los cuales se trasmutan a través de la metáfora de una maquina (cuerpo asimétrico) en la que se tensan esferas como la política y la literatura. Si bien el punto de partida es Argentina y su literatura, también es un pretexto para decirnos que, a través de su máquina, era posible leer la literatura latinoamericana del siglo XIX. No obstante, la máquina de Ludmer no solo permite leer el siglo XIX, sino también los siglos siguientes, puesto que las esferas de lo político y literario siempre están en constante diálogo y tensión, tal como es el «caso Ramírez» en su disputa por ocupar la silla «L» de la Real Academia Española (RAE) que pertenencia al ya fallecido escritor peruano y Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa.
Ludmer divide su máquina en tres partes o niveles. El primer nivel (la base) lo forma el siglo XIX (la historia política: independencia, guerras civiles y el Estado liberal); el segundo nivel (el centro de la máquina) lo configura la literatura, la cual se conecta y se enfrenta a las distintas voces que emanan de la sociedad y la cultura dentro de la nación; el tercer nivel (la cabeza) está dado por dos esferas: la literatura y la política, esferas separadas; pero que, a veces, se fusionan y dan movimiento a toda a la máquina. Veámoslo como si lo primero remite solo a lo político; lo segundo a lo literario, y lo tercero la fusión de los dos niveles anteriores, pero que todos no están en estado de pureza, sino que están en constante vínculo.
En ese sentido, cuando se habla del primer nivel, la Argentina del siglo XIX atravesaba una historia política de violencia y conflictos internos en la construcción de la nación, conflictos de los cuales dan cuentan algunas obras literarias; es decir, guerras civiles entre federales y unitarios (El Matadero, de E. Echeverría); la discusión nacional sobre civilización y barbarie (el Facundo, de D. Sarmiento), expansión de territorios sobre pueblos indígenas y la literatura del gaucho como en el Martin Fierro, de J. Hernández, entre otras obras literarias que muestran esa sociedad compleja y en construcción del siglo XIX.
En ese mismo siglo, Nicaragua también atravesaba conflictos similares como la independencia de España en 1821; la guerra civil entre liberales y conservadores; intervención extranjera; la Guerra Nacional contra Walker y, una vez terminado el conflicto, la consolidación del poder por los conservadores. En este contexto empiezan a surgir las primeras manifestaciones literarias que, sin lugar a dudas, no dejan de hacer un guiño a los conflictos del siglo, de esta manera encontramos nombres como el de José Dolores Gámez (1851-1918) con su novela Amor y constancia, para algunos la primera novela nicaragüense y, para otros, un «intento» de novela. Sea como sea, es una primera manifestación de escritura que, aún con tintes románticos, el narrador mueve su lente hacia cuadros de la realidad sociopolítica; por otro lado, tenemos a Enrique Guzmán (1843-1911) que en sus diarios y crónicas retrató la vida social y política de la Nicaragua del fin de siglo; Santiago Argüello (1871-1940) y Rubén Darío (1875-1916) fueron algunas de las otras voces del siglo que, en mayor o menor medida, volteaban su mirada hacia la historia política (primer nivel de la máquina) del país. ¿Por qué es importante este nivel? Porque la literatura que se produce en contextos de conflictos muestra una «literatura politizada»; es decir, las representaciones (voces de los personajes y la del narrador) están ligadas y tensionadas hacia esas luchas políticas.
Desde temprana edad, Sergio Ramírez Mercado fue obteniendo un vínculo cercano con la literatura y la política. Así, a su ingreso en 1959 a la Universidad Nacional Autónoma de León no solo le suscitó crear revistas literarias como Ventana, sino también organizó y fue parte de manifestaciones estudiantiles en contra del régimen de Luis Somoza Debayle (1956-1963), de hecho la misma revista Ventana representaba «un compromiso político que ya teníamos y llevábamos a la revista, la parte de un todo que se expresaba en la militancia por una causa que íbamos delineando desde entonces y que definitivamente sería la causa del Frente Sandinista» (Ramírez, 1989, en Obra de Fernando Gordillo). Esta causa se materializa en 1977 cuando se integra y encabeza grupos de oposición como «Los Doce», constituido por intelectuales, empresarios, dirigentes civiles, etc., y forma parte, posteriormente, del gobierno de Daniel Ortega Saavedra. En función de este lugar de enunciación, es que la mayor parte de la literatura de Ramírez ha estado atravesada por la política (primer nivel de la máquina), por lo que son números los ensayos sobre la figura de Sandino, y sobre el proyecto político de entonces de no intervención y de antiimperialismo. De esta manera, el Sergio Ramírez-escritor-intelectual se enuncia desde un lugar politizado que, en consecuencia, delinean su obra literaria, por lo que la literatura escrita en estos años nace desde un conflicto revolucionario.
En el centro de la máquina está la literatura (segundo nivel), espacio que funciona como una red de voces representadas; a saber, «es una vasta red que conecta culturas, representaciones verbales y posiciones de sujetos, en forma de secuencias» (Ludmer, 1995, p. 65). En este sentido, la literatura no solo es una representación artística ficcional, sino que, también, se lee como un espacio dentro del cual se organizan voces sobre quién tiene el poder (de hablar, enunciar), y quién queda marginado (excluido/subalterno); así, en literatura se entrelazan voces de militares, indígenas, inmigrantes, mujeres, políticos, etcéteras, y que, en consecuencia, se unen o enfrentan.
En el caso de Argentina este nivel está abarcado por el Estado liberal (la política es más autónoma, su fin es consolidar las estructuras de su proyecto político), es un momento en que se ausentan los conflictos políticos y la escritura se vuelca hacia la creación de una literatura «autónoma» alejada de realidades convulsas, pero viendo (con esas voces) hacia ese pasado que, a la postre, deja huellas en la memoria y la historia nacional reproduciendo relaciones de poder: «Este nivel, o tronco de la máquina-cuerpo, proyecta sobre sí mismo (y aquí funciona como aparato óptico) las categorías básicas del primero (…). Por lo tanto, los sujetos y sus voces serán los de cada fase: los de la lucha por la hegemonía y los del Estado» (Ludmer, 1995, p. 65), entendiendo la hegemonía como las guerras civiles (enfrentamiento entre bandos, proyectos de nación, etc.), y los del Estado como la unificación política y jurídica de la nación.
Este nivel de la máquina, Sergio Ramírez lo consolida en el hecho de que, como él mismo lo ha señalado, decidió retirarse de la política para dedicarse a la escritura. ¿Realmente se separó Ramírez de lo político al dedicarse a la literatura? Su obra pos-desencanto político Adiós muchachos (1999), más que un adiós a lo político, es un regreso «a tiempo completo» a lo político, pues sus obras posteriores no hacen más que cuestionar lo que él un día ayudó a formar, su obra, por tanto, sigue estando en diálogo con lo político y entre sus personajes se tejan voces que se enfrentan, se unen y excluyen. Ya no es una voz revolucionaria luchando por un proyecto político nacional, es ahora una que cuestiona ese proyecto. En 1983, en la exposición leía en el Congreso sobre Pensamiento Político Latinoamericano, en Caracas, Venezuela, Ramírez señaló: «Esta novedad ideológica de nuestra revolución, esta piedra que ponemos en el edificio de la historia de la América Latina, no podemos defenderla sólo con palabras, con ideas; también es necesario hacerlo con las armas» (p. 107, “Nicaragua: la primera frontera”, en Revista Casa de las Américas, n. 141). Esa idea sobre la defensa a través de las armas se configura en el momento en el que su escritura, como se dijo, está politizada a partir de un conflicto revolucionario. Sin embargo, posterior a su desencanto político (donde se supone se ha alejado de lo político, pero ahora es víctima de ella) señala «Las únicas armas que poseo son las palabras», y en el discurso de recibimiento del Premio Cervantes 2017 dedica el premio a los nicaragüenses asesinados por reclamar justicia y democracia, «y a los miles de jóvenes que siguen luchando sin más armas que sus ideales para que Nicaragua vuelva a ser república».
El tercer nivel de la máquina de J. Ludmer es una especie de combinación de los dos niveles anteriores: la relación literatura y política, y es el movimiento principal de la máquina. ¿En qué momento se separan las esferas? En el caso argentino, Ludmer señala que se puede hablar de una autonomía de la esfera de la literatura solo a través de las voces liberales, quienes son los que «inventan» otras secuencias, tales como «la lengua, o las representaciones literarias de la cultura alta, “aristócrata”» (Ludmer, 1995, p. 66). Pero, además, esta separación unifica las voces «desgarradas» y «polémicas» dentro de una idea de «literatura nacional».
En Nicaragua, la etapa revolucionara de los años 80 fue un puente importante para la consolidación, aún desde un discurso de proyecto político, de una élite literaria que escribía en y sobre la revolución. Sin embargo, es a partir de los años 90 que empiezan a instaurarse en el país gobiernos con modelos (neo) liberales. En esta etapa, se perfilan aires de libertad de expresión (periodística y literaria), y empiezan a surgir o salir de sus escondites otras voces (viejas y nuevas generaciones) que reclaman un espacio, pero que también cuestionan la historia nacional. Así, escritores como Sergio Ramírez continuaron escribiendo desde la nostalgia (y el desencanto) de una revolución perdida; como señala Francisco Ruiz Udiel en su ensayo «La reconstrucción de la tradición» (La ZëBrA, 2016): «anquilosados en su pasado, sin el carácter cuestionador de sus decisiones». Decisiones que hoy, a días de que la RAE apruebe o no otorgarle la silla L a Sergio Ramírez, algunas voces «desgarradas» por ese pasado político del escritor reclaman ese carácter cuestionador.
En definitiva, sin duda alguna la literatura está atravesada por la política, puesto que, si bien la literatura remite a lo estético, también entra en diálogo con lo político. El «caso Ramírez» no hace sino afirmar esta noción, y la máquina de Josefina Ludmer nos sirve, por su puesto, para leer también el siglo XXI: sus vaivenes entre las esferas literatura y política, su historia política como base (guerras, conflictos, revoluciones), y los lugares que ocupan en el engranaje cultural las voces que enuncian (escritor/intelectual) y las voces enunciadas (subalternos). Así, más que un juicio político, una institución como la RAE funciona como un dispositivo cultural que tensiona dichas esferas, no se trata de censurar lo uno o lo otro, sino de mostrar las complejidades sociales y culturales dentro los cuales circula y se legitima una voz y la literatura, y quienes o no se sienten representados por ellas desde sus lugares enunciativos (exiliados, inmigrantes, campesinos, pueblos indígenas, etcétera.).
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