De la represión y la censura a una silla en la Real Academia: Las 2 caras de Sergio Ramírez Mercado
El artículo de opinión de Marco Aurelio Peña cuestiona la candidatura de Sergio Ramírez a la Real Academia Española, separando su reconocimiento literario de su papel político durante el primer gobierno sandinista y señalando presuntas responsabilidades éticas e históricas
Marco Aurelio Peña
Entre escritores, literatos y novelistas se registran casos de cómo la soberbia intelectual puede conducir a la opacidad moral, en los que literatura e infamia son soluto y solvente. La grandeza literaria coexiste, extrañamente, con el enanismo ético-intelectual. El nicaragüense Sergio Ramírez Mercado (SRM) está llamado a ocupar la silla L de la Real Academia Española (RAE), una vacante dejada por el peruano Mario Vargas Llosa, un talento literario también recordado por ser freedom fighter. Es probable que la RAE le otorgue la silla al nominado, pues no se trata de un tribunal ni de una tribuna, lo que no impide una crítica ontológicamente incisiva sobre el destacado y controvertido escritor pinolero. Por fortuna, no hay autoridades lingüísticas del pensamiento, la memoria y la ética.
La carta enviada a la RAE por la iniciativa ciudadana Víctimas del Sandinismo, activó a los espadachines sandinistas y filosandinistas que custodian al narrador nicaragüense (exceptuase a quienes benévolamente valoran su faceta literaria). La carta no rebaja, reivindica la memoria. Hay espadachines que cometen la grosería de compararlo con el genio y librepensador Rubén Darío (quien no le robó la casa a nadie). Otros encuadran el asunto como una disputa entre derechas e izquierdas. No faltan los que emplean falacias ad hominem y ad hitlerum para descalificar; similar a las invectivas usadas por la pareja de dictadores nicaragüenses. Estos guardaespaldas intelectuales invalidan y menosprecian no tanto a los críticos, sino a las víctimas de SRM como alto dignatario en los años 80.
El encuadre filosóficamente correcto en la polémica estriba en la ética y la responsabilidad de un literato que decidió jugar a ser alto dirigente, figura de poder y tomador de decisión en el primer gobierno sandinista. Sus decretos y discursos como vice-jefe de Estado impactaron negativamente en la vida de la gente y sus consecuencias se extienden hasta el presente. Por tanto, no se evalúa al novelista, sino al militante, al hombre de partido, al #2 del Ejecutivo, que se posicionó en las altas esferas del Estado revolucionario como macroestructura de poder. Entre 1979 y 1990, fue miembro de las dos juntas de gobierno de reconstrucción nacional y vicepresidente del país hasta su fusilamiento electoral.
Tras la derrota electoral de 1990, fue miembro de la dirección nacional del FSLN por casi 4 años más; sus aspiraciones presidenciales y reformistas fueron bloqueadas por la facción orteguista en las dinámicas de poder a nivel interno. Tras su salida del FSLN, el dirigente y novelista fundó en 1995 el Movimiento Renovador Sandinista (MRS), una facción minoritaria del sandinismo. Con este partido compitió en las elecciones presidenciales de 1996 y consiguió tan sólo el 0,44% de los votos válidos. Daniel Ortega, candidato del FSLN, se adjudicó el 37,8%. Este revés electoral marcó su retiro de la política de partidos, después de más de 20 años de construir un perfil de liderazgo, desde su papel en el Grupo de los Doce, hasta ingresar a la función pública sujeta al escrutinio ciudadano.
Como vice y jefe de gabinete, SRM diseñó y presidió consejos nacionales de educación, con los cuales se armó el andamiaje institucional para el adoctrinamiento político-ideológico. Fue un defensor de la censura como política revolucionaria en contexto de guerra. El diario La Prensa -al cual acusaba de servir a intereses extranjeros- fue asediado y cerrado indefinidamente en 1986. La dirección de medios de comunicación del ministerio del interior (la oficina de censura de prensa) obligaba a modificar artículos críticos o, de plano, los prohibía. En la actualidad, la prensa independiente le da a SRM y a sus espadachines la libertad de expresión que le fue negada en los años 80 por mordaza oficial.
Está documentado que el escritor perseguido y desnacionalizado por su otrora compañero y presidente Daniel Ortega, respaldó radicalismos, persecuciones y amenazó con desnacionalizar a los opositores. Firmó, participó y/o justificó, mediante decretos, órdenes y discursos, las confiscaciones masivas, los abusos del estado de emergencia, las restricciones a las libertades individuales, la guerra civil, la militarización, el reclutamiento forzoso de jóvenes y una antieconomía marcada por el estatismo creciente, la hiperinflación, la destrucción del sistema productivo, el desabastecimiento de bienes básicos y el empobrecimiento estructural. Poseedor de una retórica antiimperialista, siempre replicó que el “bloqueo” de EE.UU y la agresión externa eran la causa de la desolación económica del país.
SRM jugó un papel clave en la narrativa del mito revolucionario y la arquitectura legal del poder sandinista. Desde entonces, en sus escritos idealiza los años 80 como una época de “ilusiones y sueños”, decorando con letras melifluas y emocionalidad lírica, desajustes violentos de la sociedad, el montaje de un aparato estatal represivo y un partido de vanguardia con una vocación antidemocrática, fruto de una borrachera ideológica de odio de clases y desprecio a la función empresarial. El ex-jerarca legitimó las barbaridades del Leviathan rojinegro; no obstante, en las entrevistas donde hace un balance crítico de las dictaduras somocista y Ortega-Murillo, le da skip (saltar) a las arbitrariedades de su gobierno, como si no se hubiera abusado del poder y drenado el tesoro público.
Los premios literarios dan constancia de la calidad estética de SRM, no de su ética-intelectual ni su responsabilidad político-jurídica. Al no diferenciar esto, se incurre en una falacia de hombre de paja. La silla de la RAE no impide un ajusticiamiento social en memoria a las víctimas de su gobierno, ante la tiranía de la impunidad, la injusticia social y los intereses creados. Es como si un empresario se valiera de su fama y dinero para no ser condenado socialmente; en el caso que nos ocupa, SRM pareciera utilizar su estatus de escritor. Empero, esta responsabilidad la lleva a cuestas como la montaña de una maldición, le sigue como sombra al cuerpo. No es castigo divino, sino imputabilidad terrenal.
El novelista es elogiado por la academia de una monarquía constitucional con un pasado conquistador, colonialista e imperialista, todo lo denostado por el ideario en el que militó. Tal vez, basado en sus convicciones marxistas, el Sr. Ramírez rechace tales honores como lo hizo Jean Paul Sartre con el Nobel de Literatura. Por cierto, es muy raro que un literato aspire a ser alto dirigente. Sea Octavio Paz, Ernesto Sábato, Miguel Ángel Asturias o Gabriel García Márquez, ninguno fue líder de partido. Ni Máximo Gorki lo fue en la URSS. El pensador de espíritu libre no debe degradarse a la postura de intelectual militante. La crítica hacia SRM alerta a sus espadachines porque perciben un ataque al “comandante de la literatura”.
El filósofo Martin Heiddeger fue miembro del partido nazi y simpatizante del Führer; su legado genera reprobación y opiniones divididas. El noruego Knut Hamsum, Premio Nobel de Literatura 1920, apoyó la ocupación nazi a su país en 1940 y le obsequió su medalla Nobel a Goebbels. Fue un devoto de Adolfo Hitler. En 1945 fue arrestado por traición, las autoridades no optaron por juzgarlo, sino que lo internaron en un psiquiátrico. Pasó de ser el padre de la literatura noruega a ser un paria nacional. El estadounidense Ezra Pound, un virtuoso del modernismo literario, quedó fascinado por Benito Mussolini y el fascismo lo sedujo hasta volverse propagandista. En 1945 fue arrestado por cargos de traición y durante su confinamiento recibió un premio que dividió a toda América.
El escritor alemán Günter Grass, era una pluma de la memoria colectiva hasta que confesó su adhesión, en su adolescencia, a la Waffen-SS, una unidad de combate élite de los nazi. Su ocultamiento lo pagó con su credibilidad y reputación. El argentino Jorge Luis Borges creyó ingenuamente en el papel de los militares sudamericanos; el chileno Pablo Neruda se entregó al estalinismo y el colombiano Gabriel García Márquez hizo lo propio con el castrismo. Desde tiempos de Sócrates (conjurado por los artistas), los literatos que conspiran y atentan premeditadamente contra la libertad humana, sacrificando la ética del poder por la estética del poder, se juegan, por la fuerza del sino, responsabilidades históricas.
Una membresía en la RAE no es la santificación literaria de la hipocresía y la indiferencia hacia los dolores y los traumas sociales intertemporales. A un ingeniero se le evalúa por sus puentes y a un carpintero por sus muebles. ¿Por qué a los intelectuales, funcionales al establishment, no se les evalúa por sus resultados materiales? ¿Cuál es el fundamento ético-jurídico para que se les exima cuando su ideología y decisiones causan sufrimiento humano? ¿Los premios literarios absuelven a un escritor de sus tropelías contra terceros?
La complicidad de los intelectuales entregados a los círculos de poder y a las estructuras estatales fue notada por el francés Bertrand de Jouvenel, a quien se le atribuye haber dicho “si los políticos son las ratas del sistema, los intelectuales son las pulgas de las ratas”. SRM abrió su propia caja pandórica: un exdirigente sin la virtud de responder a sus víctimas; que se absuelve con su pluma y piensa que “el infierno son los otros”. En un país con instituciones creíbles hubiera ocupado una silla vacía ante comisiones de la verdad y tribunales de justicia; ya que, en palabras del genial Rubén Darío, “son incontables sus muertes y daños”.
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