Infórmate con la verdad en todo momento y en cualquier lugar.

Acepta nuestras notificaciones y dale “suscribirme” al 100% de las NOTICIAS.

Homilía Báez: “Con Jesús resucitado siempre es posible volver a empezar”

Monseñor Silvio Báez llamó a los fieles a renovar la fe en Cristo resucitado y a “volver a Galilea” como signo de esperanza, conversión y nuevo comienzo, durante su homilía por la solemnidad de la Ascensión del Señor, celebrada en la iglesia Santa Agatha de Miami

Mayo 17, 2026 12:18 PM
Homilía Báez: “Con Jesús resucitado siempre es posible volver a empezar”
Homilía Báez: “Con Jesús resucitado siempre es posible volver a empezar”
Icono de Autor
Silvio José Báez, o.c.d. Obispo Auxiliar de Managua

Queridos hermanos y hermanas: En este domingo de la solemnidad de la Ascensión del Señor, celebramos, como dice la Carta a los Efesios, que Dios “desplegó la eficacia de su fuerza poderosa, resucitando a Cristo de entre los muertos y sentándole a su derecha en los cielos” (Ef 1,19-20). La historia humana no se encamina hacia la nada, la muerte ni la destrucción. Jesús resucitado nos ha precedido en la gloria y, desde el cielo, nos atrae amorosamente hacia sí. Nos llena de esperanza la certeza de que, junto con toda la creación, marchamos hacia la meta final de todo: cuando veamos a Dios cara a cara y compartamos con Jesús su misma vida gloriosa.

El evangelio de hoy nos relata que, después de la resurrección del Señor y antes de su ascensión, “los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado” (Mt 28,16). Los discípulos estaban en Jerusalén y tuvieron que volver a Galilea, donde Jesús había iniciado su ministerio, los había llamado y ellos habían comenzado a seguirlo.

Volver a Galilea era recuperar la memoria y encender de nuevo el amor. Había que recordar los caminos recorridos juntos, el lago y sus alrededores donde vivieron momentos inolvidables con Jesús, las casas, tantos rostros, tantos cuerpos sanados, tantas sonrisas de esperanza. En Galilea recordarían cómo fueron enviados por Jesús sin más que un bastón y un solo par de sandalias, sin dinero ni poder, confiados totalmente en el Padre del cielo. Había que volver a Galilea porque era necesario empezar otra vez.

Ir a Galilea es escuchar otra vez la voz de Jesús como la primera vez, ver su rostro, sentir su presencia y comenzar a seguirlo con nueva fidelidad. Después de la traición de Judas, la negación de Pedro y el miedo de todos que los llevó a abandonarlo, ahora se disponen a volver allí donde todo comenzó. Con Jesús resucitado siempre es posible volver a empezar.

LEER MÁS:  Monseñor Báez pide no quedarse “rumiando los errores” ni culparse unos a otros

Volver a Galilea significa custodiar en el corazón la memoria viva de la llamada de Jesús: cuando él pasó por nuestro camino, nos miró con misericordia y nos invitó a seguirlo. Y cuando no es posible volver físicamente a la propia Galilea en la que nacimos —porque nos lo impiden—, esa memoria se convierte en patria interior que nadie puede arrebatar. Ante nuestros fracasos y pecados, ante los sueños no realizados y el cansancio de la vida, también hoy hay que volver una y otra vez a Galilea. Volvamos a experimentar el amor de Jesús, acojamos su perdón, dejemos que nos transforme, renueve nuestras fuerzas y nos dé nueva esperanza.

No debemos quedarnos rumiando los errores, empantanados en nuestras debilidades ni culpándonos unos a otros. No es posible vivir solo con la nostalgia de lo que creíamos que iba a ser y no fue; no es sano lamentarnos ni culparnos continuamente. Hay que caminar otra vez. Hay que volver a Galilea, volver al principio de todo, comenzar una y otra vez. Siempre que emprendamos el camino con confianza en Jesús, él estará esperándonos para hacernos capaces de volver a empezar.

Antes de subir al cielo, Jesús deja un grupo reducido. Ya no son doce como al inicio; ahora falta uno: son once, todos temerosos y confusos. No le han entendido mucho, pero han amado mucho a Jesús. Esa es la única garantía que necesitan. Ahora Jesús puede volver al Padre. Sabe que ninguno lo olvidará; lo llevan en el corazón; dentro de ellos vivirá para siempre.

Cuando llegaron al monte que el Señor les había indicado, al verlo, “se postraron” ante él en un gesto de adoración amorosa. Sin embargo, “algunos dudaban”, dice el evangelio (Mt 28,17). ¿De qué dudaban? No de su divinidad, pues lo adoraron. Dudaban de sí mismos: sabían que lo habían abandonado, negado y traicionado. También nosotros cargamos con nuestros límites y dudas: el miedo al futuro, la herida del desarraigo, la pregunta sin respuesta de cuándo y cómo cambiarán las cosas.

Sin embargo, Jesús no elige otro grupo: sigue confiando en ellos y les encarga continuar su misión en el mundo: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado” (Mt 28,19-20). Jesús confía su Evangelio a los que dudan, invita a los asustadizos a caminar y convierte en maestros del mundo a los ignorantes. Es como si les dijera: sé que son miedosos y que no entienden mucho, pero es a ustedes a quienes envío. Ese grupo de once hombres débiles e imperfectos somos nosotros.

Antes de volver al Padre, Jesús nos ha confiado el tesoro del Evangelio y la misión de ponernos en camino para dar testimonio y enseñar lo que él nos enseñó. No estamos llamados a esperar tiempos mejores para entonces vivir y anunciar el Evangelio. La misión es ahora, ahí donde la vida nos ha puesto. No se trata de hacer obras heroicas ni de solucionar todos los problemas, sino de colaborar en la construcción del futuro anunciando a Cristo, el Dios-con-nosotros, la plenitud del ser humano y el rostro misericordioso de Dios.

Debemos, pues, vivir siempre en camino, sin dejar que se apague la fe ni que nos domine la mediocridad, sin ser indiferentes ante el dolor de los demás ni ante los problemas del mundo. Jesús nos imaginó así, acercándonos a todos sin distinción, para contagiarlos de la alegría de creer y la hermosura de vivir el Evangelio y seguir al Maestro. En esa misión, la Iglesia no puede callar la verdad de Dios ni dejarse condicionar por el miedo o por intereses mundanos. Por eso también, sin temor a las consecuencias, la Iglesia denuncia la injusticia y el irrespeto a la dignidad humana, desenmascarando a quienes desde el poder encarcelan, destierran y silencian a su propio pueblo.

Jesús nos envía asegurándonos su presencia permanente en medio de nosotros: “Y sepan que yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Son sus últimas palabras en el evangelio de Mateo. No lo dudemos: nunca estaremos solos. Jesús acompaña con su presencia la vida y la misión de la Iglesia. En las noches de la misión, brilla como luz apacible que ilumina y consuela; en la debilidad y la persecución, la fortalece con su amor para que no desfallezca.

Con su ascensión, Jesús no se ha alejado, sino que vive para siempre en la Iglesia, guiándola y protegiéndola con la luz de su palabra y la fuerza de su Espíritu. Jesús bendice nuestros días grises, nuestras manos frágiles, nuestros corazones rotos. Con su presencia, nuestros humildes esfuerzos por amar no se perderán; nuestra lucha por la verdad y la justicia dará fruto; nuestro cansancio diario no será inútil. “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

SILVIO JOSÉ BÁEZ, O.C.D.

Obispo auxiliar de Managua

Apoya a 100% NOTICIAS para vencer la CENSURA. El Canal del Pueblo necesita de tu apoyo


Donar ahora