“Jesús es el camino, la verdad y la vida”: Báez llama a no perder la paz
En su homilía del V Domingo de Pascua, el obispo auxiliar de Managua, Silvio Báez, llamó a mantener la fe y la serenidad en medio de la incertidumbre, recordando que Jesús es “el camino, la verdad y la vida”, y que el destino final de la humanidad es una comunión de amor y justicia
Silvio José Báez, o.c.d. Obispo Auxiliar de Managua
En este quinto domingo de Pascua hemos escuchado unas palabras que Jesús dirigió a sus discípulos en la Última Cena antes de su muerte. Todo indica que su fin está cerca y que el desenlace puede ser trágico. Jesús les asegura a sus discípulos que, con su partida, no se terminará todo y que él seguirá vivo en medio de ellos. Jesús les pide que no se inquieten ante los trágicos acontecimientos que se avecinan. Son inolvidables sus palabras: “Que no se turbe su corazón, no pierdan la paz, crean en Dios y crean también en mí” (cf. Jn 14,1). ¡Cuánta necesidad tenemos de escuchar esas palabras de Jesús una y otra vez!
En la vida, la incertidumbre, los problemas y el sufrimiento nos inquietan y nos provocan tristeza o ansiedad. No existe una vida destilada, sin problemas que resolver ni luchas que afrontar. Ante estas situaciones que a veces nos desbordan, Jesús nos invita a confiar en Dios: “Crean en Dios y crean también en mí” (Jn 14,1). No es que estas palabras sean una especie de fórmula mágica para que los problemas se esfumen. Lo que Jesús quiere es que vivamos con la serenidad que nos da saber que somos amados y cuidados por Dios con un amor entrañable.
También en la historia de los pueblos hay épocas dolorosas, en las que parecen prevalecer la ambición de poder, la irracionalidad de la violencia y el irrespeto a la libertad y a la dignidad de las personas. No hay que desesperarse. La fe en Dios es nuestra mayor fortaleza y la fuente más segura de consuelo. Cuando parezca que los caminos se van cerrando y sintamos que las soluciones son inalcanzables, no dudemos de que el Dios de la vida, el Dios “que es justo y ama la justicia” (Sal 11,7), actuará en la historia a través de nuestra capacidad de soñar en grande y de luchar de manera perseverante.
Para fortalecer aún más la confianza de sus discípulos ante la inminencia de su partida, Jesús les habla de una casa que nos espera al final de la vida: “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones (…). Voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los tomaré conmigo, para que donde esté yo estén también ustedes” (Jn 14,2-3). Con la imagen de la casa, Jesús nos habla de un lugar acogedor, cálido, familiar, donde habita Alguien, Dios, que tiene deseo de nosotros, no se imagina sin nosotros, nos quiere consigo para siempre.
Es consolador saber que nuestro destino final no es la muerte ni la destrucción de la vida, sino una inmensa casa en la que habrá lugar para todos. Esta casa, donde el Señor Resucitado nos ha preparado un lugar, es el corazón de nuestro Padre Dios, hacia donde nos encaminamos para vivir eternamente con él. Al final de la vida y de la historia nos espera una gran casa, un abrazo de amor, unas inmensas manos que nos acogerán con ternura. El destino final es la comunión y el amor. Una casa paterna nos espera.
Debemos prepararnos desde ahora para habitar esta casa, acogiéndonos unos a otros con amor, haciendo que la diversidad humana no sea un factor de separación, sino levadura de una comunión mayor, construyendo sociedades en las que no haya opresores ni oprimidos, donde se respete la dignidad y los derechos de todos y donde renunciemos a intereses particulares para compartir en paz y justicia.
Hay que caminar para llegar. Por eso hay que elegir el camino correcto, que nos ayude a anticipar y a vivir ya desde ahora la plenitud de la comunión y el amor de la Casa del Padre. Precisamente esto le preguntó Tomás a Jesús: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?” (Jn 14,5), a lo que Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6).
Yo soy el camino. Jesús se presenta no como una meta que hay que alcanzar, sino como un camino que hay que recorrer. Hay que realizar los mismos gestos, preferir a las personas que él prefería, oponerse a lo que él se oponía. Jesús es un camino de libertad y de amor que nos lleva al Padre y un camino de solidaridad y de servicio que nos acerca a los demás. Jesús es el único camino confiable que se puede recorrer, a veces con fatiga y quizás tentados de volver atrás, pero siempre al ritmo humilde y tenaz de nuestro corazón creyente, con la seguridad de que nunca vamos solos y de que la luz y la fuerza de Jesús nos sostienen. Jesús es el camino que nos conduce a la vida verdadera y a Dios: “Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6).
Yo soy la verdad. Jesús es un maestro que no vino a enseñar una doctrina religiosa que se aprende para luego aplicarla a la vida, ni una serie de nociones que dejan el corazón seco, ni un sistema de pensamiento que pueda pasar de moda. No. Jesús mismo es la verdad. Una verdad hecha carne, una verdad viva que palpita de amor y, al iluminarnos, libera y transforma la existencia. Jesús es la única verdad sobre la que podemos construir nuestra vida, con la certeza de que pondremos sólidos fundamentos que sostendrán nuestra frágil existencia. Jesús es la verdad porque en él se ha revelado el amor fiel y eterno de Dios, la única verdad que no pasa ni pasará nunca.
Yo soy la vida. Transitar el camino de Jesús y apoyarnos en él como la única verdad nos abre a la comunión con él, que se desborda en una vida con sentido, digna, eterna, que él nos concede como un don. Jesús es la vida que nos libera de todas las sombras de muerte que nos amenazan. Jesús es la vida que muere por amor y resucita para colmarnos de vida divina. Unidos a él, la vida entera rejuvenece una y otra vez, aun en medio de la desolación del dolor y de la oscuridad. Unidos a Jesús, un día veremos realizados en plenitud los deseos no alcanzados, los esfuerzos frustrados, los amores imperfectos, la salud, el trabajo, la casa, la fiesta y los abrazos.
Embelezado por la atracción amorosa de la Casa del Padre, Felipe le dice a Jesús: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta” (Jn 14,8). Jesús insiste en que al Padre ya “lo han visto y lo conocen” (Jn 14,7), pues –dice él– “quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,9). Hemos visto al Padre contemplando la íntima comunión que Jesús vivía con Dios en la oración y la fidelidad con que le obedeció a lo largo de su vida. Hemos visto al Padre en los gestos compasivos que Jesús realizó para enseñarnos que, para Dios, lo primero no es Dios, sino el ser humano. En este Dios creemos, en el Dios que se ha revelado como nuestro Padre en Jesús.
Dios es invisible a nuestros ojos y solo a través de la humanidad de Jesús podemos verlo. Jesús es el camino más acertado para vivir, la verdad más confiable para orientarse, el secreto más esperanzador de la vida. Dios nos lo ha dicho todo y nos lo ha dado todo en él: “Al darnos Dios a su Hijo, que es una palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola palabra y no tiene más que hablar” (San Juan de la Cruz).
SILVIO JOSÉ BÁEZ ORTEGA, o.c.d
Obispo auxiliar de Managua
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