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Traición, traición y más traición entre traidores

Un artículo de opinión denuncia un patrón de purgas internas dentro del sandinismo, donde figuras históricas, funcionarios y simpatizantes han sido apartados, silenciados o perseguidos, evidenciando un sistema marcado por la desconfianza, el control y la eliminación de quienes dejan de ser útiles

Abril 27, 2026 09:35 AM
Traición, traición y más traición entre traidores
Traición, traición y más traición entre traidores
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Jhoswel Martínez. Defensor de DDHH

Aquí no hay lealtad. Hay miedo. En Nicaragua ya nadie está a salvo. Ni los opositores. Ni los críticos. Ni siquiera los propios.

El mensaje del poder es claro: o estás totalmente sometido, o eres descartable. Y cuando eres descartable, caes.

No es discurso. Es realidad. Ahí está el caso de Humberto Ortega, hermano del propio Daniel Ortega, histórico del sandinismo, arquitecto militar de la revolución. Bastó que cuestionara el rumbo del poder para que terminara bajo arresto domiciliario, aislado, declarado “traidor” y reducido al silencio hasta su muerte. Cuando el poder necesita reafirmarse, no le tiembla la mano. Ni con los suyos.

Ni siquiera la sangre protege. Ahí está también el caso de Bayardo Arce, uno de los últimos comandantes históricos del sandinismo, asesor directo del poder, que terminó bajo cárcel en medio de una purga interna.

O los reportes de detenciones de simpatizantes, funcionarios y operadores del propio sistema, investigados, vigilados y castigados por simples sospechas o críticas privadas.

¿Dónde quedaron Bayardo Arce, el ex general Humberto Ortega, Aminta Granera, Alba Luz Ramos y sus jueces, el general en retiro Álvaro Baltodano Cantarero, el excomandante Henry Ruíz, la destituida como diputada Xochitl Ocampo, Marlon Gerardo Sáenz Cruz, mejor conocido como “El Chino Enoc”, y hasta el tiktoker TropiGamer? ¿Reconocen estos nombres? Sé que sí, para muchos históricos, importantes o hasta influyentes voces leales del sandinismo.

Vean a esos leales destronados, destituidos, apartados, silenciados, presos, ya fallecidos o desterrados después de que no servían al régimen.

Esto no es estabilidad. Esto es paranoia. Militantes, véanlo así: Ustedes marchan. Ustedes defienden. Ustedes repiten. Pero también son los más vulnerables.

Pregúntense esto con honestidad: Si encarcelaron a históricos, si silenciaron a figuras cercanas, si incluso el hermano del líder terminó preso en su propia casa… ¿Qué les hace pensar que ustedes están protegidos del sandinismo? No lo están.

Porque ahí no hay compañeros: hay herramientas. Y las herramientas, cuando dejan de servir, se desechan. Todavía están a tiempo de preguntarse si vale la pena seguir siendo parte de un sistema que los puede descartar en cualquier momento. Todavía están a tiempo de entender que la lealtad ciega no los protege.

Ya pasó antes. A los cachorros —jóvenes enviados a la guerra en los 80— los traicionaron. Los usaron como carne de cañón, los mutilaron y después los desecharon, ya hoy son olvidados por el frente y sólo se les recuerda en discursos o uno que otro escueto homenaje sin compromiso. Hoy no los mandan a una guerra como en los 80. Pero la lógica es la misma: se usa, se desgasta y se descarta.

La Policía, el Ejército y a quienes sostienen el aparato: Ustedes lo saben. Saben que el miedo no es solo hacia afuera. Es interno. Saben que una orden hoy puede convertirse en una acusación mañana. Saben que cumplir no garantiza protección, solo compra tiempo. Por algo revivieron el temido ministerio del interior… nuevamente les digo: ustedes lo saben.

Porque cuando el poder empieza a desconfiar de todos, el siguiente señalado puede ser cualquiera. Y cuando ese momento llega, nadie responde por ustedes.

Y ustedes que aún creen en el sandinismo, quiero que sepan que hay algo más profundo que deben enfrentar: Esto ya no es la revolución.

El proyecto que hoy gobierna traicionó los principios que decía defender. Traicionó a quienes lucharon, a quienes creyeron, a quienes murieron. Traicionó la idea de justicia social para convertirla en control. Traicionó la memoria de Augusto C. Sandino y de Carlos Fonseca Amador que son las figuras de esa revolución.

Si Sandino y Fonseca vieran lo que ocurre hoy, créanme que no lo reconocerían como propio y armarían otra revolución en contra de esta mal utilizada, traicionada y romantizada revolución sandinista. Probablemente estarían del otro lado.

El sandinismo histórico hablaba de dignidad. Esto habla de control.

Primero a los opositores. Después a los críticos internos. Y finalmente, a los leales. Porque el problema de los sistemas basados en la desconfianza es que nunca es suficiente. Siempre necesitan un nuevo enemigo. Y cuando ya no hay externos, empiezan a buscarlos adentro y ahí es donde están ahora.

Esto no es solo política. Es personal. Es preguntarse cuánto estás dispuesto a soportar. Cuánto estás dispuesto a justificar. Cuánto estás dispuesto a arriesgar por un sistema que ya ha demostrado que no protege ni a los suyos.

Y la pregunta para vos que estás dentro de las filas del sandinismo ya no es ideológica, es directa: ¿Vas a esperar a ser el próximo descartado, en un sistema que ya ha demostrado que traiciona incluso a los suyos, incluso a sus propios hermanos, o vas a decidir salir antes de que también te conviertan en una pieza más que ya no necesitan?

¿Acaso no estás cansado de pensar si serás el siguiente o de vivir con miedo? Salir no es traicionar. Seguir, sabiendo todo esto, sí lo es.

Artículo de opinión escrito por: Jhoswel Antonio Martínez.
Defensor de Derechos Humanos, presidente de la Asociación Intercultural de Derechos Humanos (ASIDEHU), activista y refugiado nicaragüense en Costa Rica.
26 de abril del 2026, San José, Costa Rica.

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