La voz del Buen Pastor frente a los poderes que oprimen a los pueblos
En su homilía del IV domingo de Pascua, el obispo auxiliar de Managua, Silvio José Báez, reflexiona sobre la figura de Jesús como pastor de libertad y contrasta su mensaje con los “ladrones y bandidos” de hoy: dictadores, líderes corruptos y falsos guías que atentan contra la dignidad y la esperanza de los pueblos
Silvio José Báez, o.c.d. Obispo Auxiliar de Managua
Queridos hermanos y hermanas:
En la cultura de Israel y en la tradición bíblica, era muy conocido el oficio de los pastores, quienes se esmeraban en alimentar, cuidar y guiar a las ovejas de sus rebaños. Por eso, para hablar de la relación amorosa entre el Señor y su pueblo, la Biblia usa la imagen del pastor y del rebaño, como se lee en algunos salmos. Se invoca a Dios diciéndole: “Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como a un rebaño” (Sal 80,1). También el creyente podía orar con profunda confianza diciendo: “El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes prados me hace reposar y a aguas tranquilas me conduce” (Sal 23,1-3).
En el evangelio de hoy Jesús habla de sí mismo como un pastor que ha venido a realizar en plenitud la obra de Dios, alimentándonos, cuidándonos y conduciéndonos a la vida. Entre Jesús, pastor, y nosotros, su rebaño, se crea una relación de profunda intimidad y de conocimiento amoroso. Él llama a sus ovejas “una por una” (Jn 10,3). Cada uno de nosotros es único e irrepetible. Cada uno tiene un nombre y una historia que Jesús conoce. Nos ama personalmente, tal como somos. Para él no somos una masa anónima. La masificación de las personas es contraria al amor y la despersonalización solo propicia el dominio despótico.
Después de llamar a sus ovejas, Jesús “las saca fuera” (Jn 10,3), como en un nuevo éxodo y, cuando las ha “sacado”, él “va delante de ellas” (Jn 10,4). Jesús no deja a sus ovejas recluidas en espacios cerrados; no las concibe cautivas, sometidas al miedo, a la tristeza o a la desesperanza. Jesús nos llama a emprender un viaje fuera de los refugios que nos sofocan y de nuestro pequeño hueco de costumbres enmohecidas, y nos conduce hacia la sorpresa de nuevos pastos. Jesús tampoco permite que sus ovejas sean aprisionadas por ningún poder humano que atente contra su dignidad o les arrebate su libertad. Jesús nos saca de los rediles que nos esclavizan y nos conduce a tierras nuevas de vida plena.
Jesús es pastor de un “rebaño en salida”, frente al cual él va delante indicando el camino. Jesús es un pastor de libertad, no de miedos. Nos invita a confiar en lo que hay fuera y más allá; sabe que en el trayecto hay muchos senderos engañosos, pero él nos ayuda a seguir el suyo guiándonos con su voz inconfundible. A Jesús, “el buen pastor” (Jn 10,11), “las ovejas lo siguen porque conocen su voz” (Jn 10,4). Su voz es distinta de cualquier otra. Él nos conoce y, cuando nos habla, sabe interpretar las aspiraciones más hondas de nuestro corazón y nos ayuda a alcanzarlas en su plenitud.
Su voz es única. Jesús no impone mandamientos rígidos, no dice nada que provoque miedo ni pronuncia palabras engañosas. Su voz nos libera, nos hace soñar, nos ayuda a caminar por la vida con alegría y dignidad. Podemos fiarnos de Jesús y confiar en su amor. Él no es un ladrón de felicidad ni un tirano que atropella nuestra libertad. Jesús ha venido para que tengamos vida y “vida en abundancia” (Jn 10,10). Lo mejor que podemos hacer en la vida es escuchar su voz y seguirlo.
Jesús contrapone al pastor de las ovejas, que entra respetuosamente por la puerta del rebaño, a “los ladrones y bandidos”, que entran saltando la valla del redil, se esconden y hacen violencia (Jn 10,1) y “vienen solo a robar, matar y destruir” (Jn 10,10). Jesús sabe que el redil que circunda nuestra dignidad y nuestra vida es frágil y se ve amenazado por esos ladrones y bandidos, a quienes hay que identificar y de quienes debemos cuidarnos.
El primer redil que hay que cuidar es el redil de nuestro corazón. Es el más íntimo y el más importante. Si no estamos atentos, nuestro corazón puede ser asaltado por relaciones, ideas y sentimientos que nos causan mucho daño. Hay relaciones que nos arrebatan la alegría de vivir y sofocan nuestra libertad; hay estilos de vida que nos encierran en la mediocridad; hay ideas distorsionadas que crean prejuicios contra los demás o provocan miedos inexistentes que nos impiden vivir con libertad y alegría. Hay pensamientos negativos que entran en el corazón y erosionan nuestra autoestima, crean abismos que nos separan de los demás y nos encierran en la tristeza del egoísmo o de la soledad. Hay que cuidar el redil de nuestro corazón.
Hay que cuidar también el redil social en el que vivimos, porque, como pueblo, también nos vemos amenazados por “ladrones y bandidos” que solo vienen a robar, matar y hacer daño. En tiempos de Jesús, los “ladrones y bandidos” de los que habla Jesús eran, en primer lugar, los jefes religiosos de Israel, meticulosos cumplidores de la ley de Moisés, que trataban con desprecio al pueblo, que en su mayoría era gente sencilla y pobre, muchas veces sin acceso a la educación o descarriados moralmente. Son “ladrones y salteadores” los hombres de la religión que son autoritarios, se enriquecen en nombre de Dios y no cuidan ni dan la cara por el pueblo. De ellos también debemos cuidarnos.
En tiempos de Jesús, eran “ladrones y bandidos” también los líderes mesiánicos que engañaban a la gente, ilusionándola con falsos mensajes de liberación. Hoy los “ladrones y bandidos” son los poderosos que se adueñan de la libertad y del futuro de los pueblos; los dictadores y sus secuaces que se disfrazan de políticos pero que, en realidad, son delincuentes y criminales. Hoy son muy peligrosos, pues, de modo blasfemo, interpretan sus abusos, actos de corrupción e injusticias como una bendición de Dios. También son muy cínicos, pues hablan continuamente de paz mientras mantienen estructuras opresoras que obligan al pueblo a no tener iniciativa ni libertad.
Todos estos son “ladrones y bandidos”. A ellos, dice Jesús, “no les importan nada las ovejas”, pues cuando “ven venir al lobo, abandonan a las ovejas y huyen” (Jn 10,12-13). A estos “ladrones y salteadores” se opone Jesús, “el buen pastor” (Jn 10,11). Jesús no viene a quitarnos la libertad, sino a liberarnos de todo lo que nos condiciona y oprime; él no oscurece nuestra conciencia, sino que la ilumina; él no nos arrebata nuestros gozos auténticos, sino que los multiplica.
Jesús, el buen pastor, ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (Jn 10,10). La vida es todo lo que anhelamos en lo profundo del corazón. Es respiración, fuerza, salud, belleza, amor, relaciones, gozo, libertad, paz. Jesús ha venido para que tengamos no solo el mínimo sin el cual la vida no es vida, sino vida abundante, exuberante, que nos desborda, alcanza a los demás y que un día desembocará en la vida sin fin más allá de la muerte. “El Señor es mi pastor, nada me falta (…). Aunque camine por valles tenebrosos, ningún mal temeré, pues tú vienes conmigo” (Sal 23,1.4).
SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.
Obispo auxiliar de Managua.
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