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Nicaragua, ocho años después: el régimen se desmorona

A ocho años del inicio de la crisis sociopolítica en Nicaragua, el régimen Ortega-Murillo enfrenta señales de desgaste interno, falta de estrategia y creciente fragmentación en sus bases de poder

Abril 16, 2026 09:00 AM
Nicaragua, ocho años después: el régimen se desmorona
Nicaragua, ocho años después: el régimen se desmorona
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Óscar René Vargas

Desde el inicio del régimen Ortega-Murillo ha anunciado diversos proyectos que, en el papel, prometían transformar sectores estratégicos de la economía del país. El problema es que esos anuncios no corresponden con la base industrial, tecnológica, mano de obra calificada e institucional del país.

Nicaragua no cuenta hoy con la capacidad productiva ni con las cadenas de valor necesarias para materializarlas. No se trata de una estrategia de desarrollo con etapas definidas, sino de promesas que enfrentan restricciones conocidas desde el inicio. Esto no es un error de cálculo. Es una decisión de anunciar lo que no se puede ejecutar y vender ilusiones en la población empobrecida y desempleada. El patrón se repite en otros ámbitos.

En el ámbito legislativo se impulsan reformas sin prever escenarios adversos ni construir rutas alternativas. A ello se suma una narrativa que exagera cifras (79 hospitales), ocultan información (remesas, donaciones, etcétera) o presenta datos sin sustento suficiente. En política exterior ocurre algo similar: se insiste en describir la relación con Estados Unidos como estable, mientras la percepción pública y múltiples señales apuntan en sentido contrario. No es un problema de comunicación. Es un problema de ausencia estratégica.

No son hechos aislados. Hay una secuencia clara. Se anuncian proyectos sin base material, se pierde control en la operación cotidiana, se toman decisiones sin prever consecuencias y se sostiene un discurso que no corresponde con los resultados. El problema no es cada episodio. Es el método. Se ha sustituido el diseño por la narrativa. Lo que se observa es algo más básico: ausencia de proyecto, ausencia de conducción y ausencia de corrección.

La estructura de decisiones lo confirma. Posiciones claves responden a lealtades y cercanías, y no a capacidades verificables. Las áreas se coordinan mediante relaciones personales más que por diseño estratégico institucional. Sin contrapesos internos, el régimen pierde capacidad de ajuste. Los errores no forzados dejan de ser excepciones y se vuelven práctica.

A esto se suma un cambio en la composición del propio gobierno. La incorporación de funcionarios que no tienen competencia y el desplazamiento de quienes sí los sostenían han modificado su capacidad de ejecución. No es un problema de nombres. Es un problema de coherencia. Un proyecto político que pierde consistencia en sus convicciones pierde también dirección.

En este entorno, la crítica no corrige, se desincentiva. Las voces que cuestionan se marginan, y con ello se reduce aún más la posibilidad de ajustar el rumbo. El resultado es un circuito cerrado en el que las decisiones se toman, se defienden y se repiten sin revisión efectiva.

La discusión sobre si el problema es el equipo o la persona es secundaria. El problema no es quién ocupa los cargos, sino la forma en que se está ejerciendo el poder. En ese marco, se vuelve evidente la ausencia de un proyecto que ordene una conducción que les dé dirección. Sin proyecto de futuro, las decisiones dejan de responder a una orientación y se vuelven reactivas.

El gobierno avanza como en un proceso aleatorio: sin rumbo, sin dirección y sin acumulación. Sin conducción, las decisiones se dispersan. Sin crítica, no se corrigen. Lo que queda es un gobierno que administra problemas en lugar de resolverlos. Viven con temor de que se produzca una especie de motín entre sus aliados de ocasión y entre los miembros de los anillos de poder. Lo cual ha llevado a la especulación que, a la muerte de Ortega, Murillo no tenga el control de todos los hijos del poder. Por primera vez, desde el 2006, hay señales de disidencia entre algunos de sus simpatizantes más leales ante el comportamiento de Murillo cada vez más errático y extremo.

Murillo continúa descalificando a todo aquel que se atreve a criticarla. Las encuestas de opinión registran que dos tercios de todos los ciudadanos consultados no la apoyan. Pero eso no esconde que se empieza a librar una lucha de poder sobre el futuro del movimiento orteguista-murillista.

Sin embargo, la mayoría de los orteguistas, con algunas excepciones, aún se hincan ante Murillo. Pero el deterioro económico, el precio de la canasta básica, el fracaso de los empleos prometidos, etcétera; la fractura entre el movimiento orteguista se incrementarán, ayudado por las exageraciones, la retórica extremista y la corrupción que antes fueron clave para la construcción de la dictadura y ahora apunta en su contra.

Episodios de declaraciones y comportamiento erráticos también generan cada vez más especulación sobre la estabilidad política de Murillo. Sin embargo, sus aduladores insisten en que Murillo emplea su retórica como una táctica sofisticada para desarticular y confundir a los opositores, algo que siempre ha hecho. Pero en Nicaragua, cada vez menos aceptan esta explicación ante cada vez más ejemplos de su comportamiento y declaraciones erráticas o cuando de pronto pierde el control de su mensaje. Los indicios de la fragmentación y disidencia en su base social marcan que Murillo ya no está en control de sus bases, del partido y del poder casi absoluto que estaba consolidando.

Episodios de declaraciones y comportamiento erráticos también generan cada vez más especulación sobre la estabilidad política de Murillo. Los “juegos peligrosos” de Murillo y sus aliados, la banda de los cinco, atizan las tensiones con el objetivo de querer contener el proceso de implosión sociopolítica en desarrollo. Sin embargo, sus aduladores insisten en que Murillo emplea su retórica como una táctica sofisticada para desarticular y confundir a los opositores, algo que siempre ha hecho.

Pero en Nicaragua, cada vez menos aceptan esta explicación ante cada vez más ejemplos de su comportamiento y declaraciones erráticas o cuando de pronto pierde el control de su mensaje. Los indicios de la fragmentación y disidencia en su base social marcan que Murillo ya no está en control de sus bases, del partido y del poder casi absoluto que estaba consolidando.

La imagen de Murillo ha sufrido un deterioro creciente entre sus aliados de antaño, pero que ahora denuncian subrepticiamente sus declaraciones cada vez más controversiales y las consecuencias económicas de sus políticas. Murillo respondió a varios de ellos destituyéndolos o echándolos presos. Tales respuestas funcionaban antes para imponer disciplina entre sus seguidores, pero ahora tienen un resultado opuesto: incrementan las grietas al interior de los círculos de poder.

Este deterioro no es abstracto. Afecta a un proyecto político que plantea una sucesión dinástica sin cambio de fondo. Para quienes observamos y analizamos la viabilidad de ese proyecto de sucesión dinástica, el deterioro es evidente. No por la oposición, sino por decisiones internas que están erosionando sus propias bases y fisurando sus pilares de sostenimiento. Y lo más delicado es que su tiempo político se ha acortado. Este proceso ocurre cuando la dictadura no tiene mucho tiempo para alargar su hegemonía sin contratiempo, ya que el régimen se desmorona poco a poco.

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