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Homilía de obispo Silvio Báez: Quienes reprimen, controlan, encarcela y obligan al exilio son enemigos de la paz

Silvio Báez advierte sobre la falsa paz de los regímenes autoritarios y llama a construir una paz basada en justicia, libertad y reconciliación

Abril 12, 2026 11:15 AM
Homilía de obispo Silvio Báez: Quienes reprimen, controlan, encarcela y obligan al exilio son enemigos de la paz
Homilía de obispo Silvio Báez: Quienes reprimen, controlan, encarcela y obligan al exilio son enemigos de la paz
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Silvio José Báez, o.c.d. Obispo Auxiliar de Managua

Queridos hermanos y hermanas: El evangelio de este domingo de la octava de Pascua nos traslada al atardecer de aquel inolvidable “primer día de la semana”, el día de la resurrección del Señor. Los discípulos tenían cerradas las puertas de la casa donde se encontraban por miedo a los judíos (Jn 20,19). Tenían cerradas las puertas de la casa y también las del corazón. Mientras el sepulcro de Jesús permanecía abierto y vacío, el lugar donde se encontraban los discípulos tenía las puertas cerradas. Sin darse cuenta, habían hecho de aquel lugar un sepulcro. Vivimos como en un sepulcro cuando somos dominados por la desesperanza y paralizados por el miedo.

Sin embargo, Jesús “vino” y se “colocó en medio de ellos” (Jn 20,19). No se detuvo ante las puertas cerradas. No se queda a distancia, indiferente o inalcanzable; tampoco se coloca por encima, mostrando superioridad o deseo de dominarlos. Se pone a su lado, cerca de ellos, en medio de ellos. Este gesto de Jesús expresa lo que su resurrección significa. No se ha ido; está con nosotros. Al entrar, les dice: “¡La paz esté con ustedes!” (Jn 20,19.21.26). Aquella frase dicha por el Resucitado no es solo un augurio, un buen deseo o una promesa. La paz está allí; con su presencia ha llegado la paz: “él es nuestra paz” (Ef 2,14).

El mismo saludo lo dirige hoy a nosotros. Infunde paz en nuestros miedos, en nuestros sentimientos de culpa, en nuestros sueños no alcanzados, en las insatisfacciones que vuelven grises nuestros días. Jesús resucitado está llamando continuamente a la puerta, esperando que escuchemos su voz y podamos recibir su paz y su amor (cf. Ap 3,20). Nada detiene al Señor Resucitado. Jesús no se cansa de nosotros.

Los discípulos estaban con miedo, pero seguramente también con sentimientos de culpa. Antes de su pasión, uno lo había traicionado y vendido; otro lo había negado; los demás habían huido, y ahora todos se sentían derrotados y solos. Había razones para que Jesús los reprendiera e incluso los rechazara. Sin embargo, no fue así. Jesús se presenta lleno de misericordia. No les reprocha nada, no los acusa ni los rechaza. Les ofrece su paz. Una paz que es cercanía y comprensión, misericordia y gozo.

Dice el evangelio que “los discípulos se alegraron de ver al Señor” (Jn 20,20). Los discípulos se alegran cuando dejan de centrar la atención en sí mismos y se vuelven hacia Jesús. Él no los acusa, los acoge; no los rechaza, los envía; no se decepciona de ellos, los recrea con el soplo de su Espíritu. La paz de Jesús es el abrazo de la misericordia. Nos levanta sin humillarnos, nos hace renacer llenos de alegría y nos convierte en testigos y misioneros de su misericordia en el mundo.

La paz de Jesús nos comunica la certeza gozosa de ser hijos reconciliados con el Padre y nos da la convicción profunda de que todos somos hermanos, hijos de un mismo Dios, Padre de todos. Al acoger la paz de Jesús Resucitado, nosotros mismos resucitamos y nos volvemos constructores de paz, capaces de erradicar los prejuicios que dividen, evitar las palabras que hieren, derribar los muros que separan y renunciar al odio y a la violencia que destruyen la vida.

Hoy, en el mundo, vivimos horas tenebrosas de guerra. El Santo Padre León nos ha pedido que oremos por la paz en el mundo. Ayer, en la vigilia de oración por la paz, nos recordó que la oración “no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades, ni un analgésico para evitar el dolor que desata tanta injusticia”. En la oración –dijo el Papa– “el Maestro interior nos educa a la paz”; al orar, “pensamientos, palabras y obras rompen la cadena demoníaca del mal y se ponen al servicio del Reino de Dios; un Reino en el que no hay espada, ni drones, ni venganza, ni banalización del mal, ni lucro injusto, sino solo dignidad, comprensión y perdón” (León XIV, Vigilia de oración, 10/4/2026).

La paz no es solo la ausencia de guerra. Los sistemas políticos que se imponen con terror sobre las personas, arrebatándoles su libertad, son enemigos de la paz; aunque hablen de paz, si reprimen, controlan, encarcelan y obligan al exilio, son enemigos de la paz. La paz no es un simple equilibrio de fuerzas ni se identifica con la tranquilidad de los cementerios. No debemos acostumbrarnos a la falsa paz y a la engañosa normalidad que los dictadores quieren imponer con el miedo y las armas para conservar sus privilegios. Los discípulos de Jesús estamos llamados a ser constructores de la paz verdadera, que brota de la justicia, se vive en la libertad y da como fruto la reconciliación.

Después de ofrecerles el don de la paz a sus discípulos, Jesús realiza ante ellos un gesto significativo: “Les mostró las manos y el costado” (Jn 20,20). La resurrección no ha borrado los signos de la pasión, no ha cerrado los agujeros en las manos de Jesús, ni ha eliminado la llaga de su costado. La muerte en la cruz no fue un simple traspiés en el camino que luego se superó con la Pascua. Son llagas imborrables, como imborrable es el amor. Esas llagas son la gloria de Dios, el punto más alto del amor, por lo que quedarán abiertas por toda la eternidad.

Las heridas de Jesús, su llaga en el costado, los agujeros de los clavos, son las puertas abiertas de la misericordia, a través de las cuales Dios derrama toda su ternura, su perdón y su fuerza sobre nuestra debilidad humana. Las llagas del Resucitado son el primer sacramento de la misericordia. El pecado del mundo no logró opacar ni impedir su amor. 

Como las heridas gloriosas de Jesús, así serán, un día, las heridas que sufrimos al aliviar y curar, con respeto y misericordia, las heridas de los demás. Serán cicatrices curadas por Dios, llagas gloriosas para siempre, llagas de amor destinadas a la eternidad. También las llagas y heridas de nuestro pueblo, un día, solo serán cicatrices históricas que nos recordarán el doloroso pasado de injusticia y opresión para no repetirlo. Esas mismas heridas, cicatrizadas y elocuentes, nos estimularán a construir el futuro actuando como “artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia” (Francisco, Fratelli Tutti, 225).

En este domingo de la divina misericordia, acojamos la paz de Jesús que nos hace salir de nuestros miedos, pecados y desesperanzas, y permitamos que sus llagas curen nuestras debilidades y egoísmos. Que la misericordia del Señor, acogida en nuestros corazones, nos haga creyentes maduros, serios constructores de paz en el mundo y personas capaces de inclinarnos con misericordia ante las heridas de nuestros hermanos. Nuestra vida quizás no será más fácil, pero sí más plena, más vibrante y más llena de luz y amor.


Silvio José Báez, o.c.d.
Obispo auxiliar de Managua 


 

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