Homilía de Domingo de Pascua de Monseñor Silvio Báez
Desde Miami, el obispo auxiliar de Managua, Silvio José Báez, proclamó un mensaje de esperanza y compromiso en su homilía del Domingo de Pascua, en la que llamó a no rendirse ante la injusticia y a perseverar en el bien, incluso en medio del sufrimiento y la adversidad
Silvio José Báez, o.c.d. Obispo Auxiliar de Managua
Esta mañana de Pascua, en la primera lectura tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, hemos escuchado el discurso de Pedro en la casa del centurión Cornelio, donde proclama el anuncio gozoso de la salvación obrada por Dios en la Resurrección del Señor. Reflexionemos sobre este discurso en tres partes que constituyen el kerygma, el anuncio fundamental de la fe: 1. Pasó haciendo el bien, 2. Lo mataron, pero Dios lo resucitó; 3. Somos sus testigos.
Pasó haciendo el bien
Pedro comienza recordando unos datos históricos que todos conocían: “Ustedes saben lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea (…), cómo Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret, y cómo éste pasó haciendo el bien” (Hch 10,38). La resurrección de Jesús es la culminación de su camino, quien, lleno del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien.
Fue admirable la disposición de Jesús para hacer el bien. No pensaba en sí mismo; solo en el bien de los demás. No hacía falta que se lo pidieran. Curaba las dolencias de la gente, liberaba sus conciencias oprimidas por la culpa y transmitía su confianza en Dios como Padre amoroso. A un mendigo ciego que un día le pidió compasión, lo acogió con estas palabras: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Con esta actitud vivió Jesús cada día: atento a lo que los demás necesitaban. Devolvió alegría y dignidad a las personas, las llenó de esperanza, las hizo sentir amadas por Dios.
En Jesús se reveló y se acercó a nosotros la bondad infinita de Dios: sus palabras nacían del corazón misericordioso del Padre, sus gestos eran la expresión concreta del amor divino, su vida fue la historia de Dios entre nosotros. El Resucitado es alguien que siempre hizo el bien. Una vida dedicada a hacer el bien no podía quedar encerrada en una tumba ni destruida por la muerte. Al resucitar a Jesús, Dios ha reconocido todo el bien que hizo y nos asegura que lo continúa haciendo todavía hoy por el poder de su Espíritu. Él viene a nosotros amorosamente, preocupado por lo que necesitamos, deseoso de sanar nuestras heridas y fortalecernos con su consuelo.
Hoy ha resucitado el amor porque es más fuerte que la muerte; ha resucitado el bien porque no puede quedar vencido por el mal. Todo el bien que hagamos nosotros también resucitará un día, aun lo bueno que hayamos hecho en secreto o que haya pasado desapercibido. El bien nunca se pierde. Creer en el Resucitado es confiar en que nuestros esfuerzos por hacer el mundo más humano y digno no se perderán en el vacío. Hacer el bien a los demás es ya resucitar. No nos cansemos de hacer el bien.
Lo mataron, pero Dios lo resucitó
Como conclusión de la historia terrena de Jesús, Pedro recuerda su muerte en la cruz: “Lo mataron colgándolo de un madero” (Hch 10,39) y, a continuación, proclama: “pero Dios lo resucitó al tercer día” (Hch 10,40). En oposición a la injusticia humana que llevó a Jesús a la cruz, Dios ha intervenido resucitándolo de entre los muertos. “Los hombres pueden matar el cuerpo, pero la vida del Dios del amor es vida eterna que va más allá de la muerte” (León XIV, Vigilia Pascual, 4/4/2026).
Con la resurrección de Jesús, Dios se revela como un Dios de vivos, no de muertos. Él desea la vida, no la muerte de los seres humanos. Dios pone vida donde los hombres siembran muerte. Los hombres destruyen, pero Dios resucita. Por eso, quien encuentra a Cristo Resucitado empieza a entender a Dios como un Padre apasionado por la vida y comienza a amar y defender cada vida de manera distinta. La resurrección se manifiesta allí donde se lucha y hasta se muere por evitar la muerte.
Jesús murió acusado injustamente por los poderes de este mundo. Glorificándolo a través de la Resurrección, Dios le hizo justicia. La resurrección de Jesús es la reacción de Dios ante la injusticia que lo llevó a la cruz. “Ustedes lo mataron, pero Dios lo resucitó”, dice Pedro. Al resucitar al Crucificado, Dios revela no solo el triunfo de su fuerza sobre el poder destructor de la muerte, sino también la victoria de su justicia por encima de las injusticias de los hombres.
La esperanza nueva que introduce Jesús en el mundo solo es posible proclamarla desde la fe en un Dios que no abandona a las víctimas. Un Dios liberador que no se acomoda a las pretensiones de los poderosos ni sigue los caminos marcados por los dueños del mundo. Ante el Señor Resucitado, debemos preguntarnos de parte de quién estamos: ¿de parte de los que crucifican o de los crucificados?
Somos sus testigos
El discurso de Pedro tiene toda la fuerza y la frescura del testimonio personal. Primero, se refiere a lo que los Apóstoles vivieron con Jesús: “Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén” (v. 39a). Luego, habla de su experiencia después de la Resurrección del Señor, cuando tomaron conciencia de que eran los testigos que él había elegido (Hch 10,41). Al final del discurso, Pedro se refiere al testimonio que los Apóstoles deben dar: “Él nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos (…), y que cuantos creen en él reciben, por su medio, el perdón de los pecados” (Hch 10,43).
El encuentro con el Señor Resucitado hizo de los Apóstoles valientes testigos de la justicia y la misericordia de Dios. También nosotros, con “las palabras de la fe y las obras de la caridad” (León XIV, Vigilia Pascual, 4/4/2026), somos sus testigos. Anoche en la Vigilia Pascual, el Papa recordaba que hay muchos sepulcros que abrir y muchas piedras pesadas que remover. Sin embargo, ante la aparente fuerza del mal y de los sistemas injustos del mundo, “no nos dejemos paralizar” —nos decía anoche el Papa—. No tengamos miedo de las grandes piedras que parecen impedir la vida y sepultar la esperanza de las personas y de los pueblos.
No nos cansemos de anunciar con valentía la Palabra de Dios y de actuar con la energía de Dios (cf. León XIV, Vigilia Pascual, 4/4/2026). Nuestro quehacer no es disputar, combatir o derrotar adversarios, sino vivir la verdad del Evangelio, ser testigos de la Resurrección de Jesús y anunciar que “con su fuerza y junto con él, también nosotros podemos dar vida a un mundo nuevo de paz y unidad” (León XIV, Vigilia Pascual, 4/4/2026).
Unidos a Cristo Resucitado, que pasó haciendo el bien, dejemos que él transforme nuestro corazón. Seamos sus testigos. Que nuestras palabras contagien esperanza, que nuestras manos extiendan su amor, que nuestros pasos siembren destellos de vida nueva por el mundo. No tengamos miedo. Celebremos con alegría: ¡Ha vencido la vida, ha vencido el amor! ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya!
Silvio José Báez, o.c.d.
Obispo auxiliar de Managua
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