Homilía Domingo de Ramos: “En las llagas de Jesús se refleja el dolor de los pobres, presos políticos y exiliados”
El obispo auxiliar de Managua, monseñor Silvio Báez, afirmó que la pasión de Jesús refleja una historia de injusticia y abuso de poder, y advirtió que nadie puede usar el nombre de Dios para justificar la represión ni el miedo
Silvio José Báez, o.c.d. Obispo Auxiliar de Managua
Queridos hermanos y hermanas:
Hemos escuchado el relato de la pasión y muerte del Señor. Hemos seguido los pasos de Jesús: apresado, torturado, condenado a muerte. Hemos contemplado en silencio su doloroso camino hasta la cruz, donde nos amó hasta el extremo y, con sus brazos abiertos, nos abrazó a todos para que nadie quedara fuera de la misericordia del Padre.
La pasión de Jesús es la historia del mundo: una historia de traición. En el relato no solo hay mentira, odio y envidia, sino también muchas irregularidades jurídicas. A Jesús lo apresan de forma ilegal, sin que haya cometido ningún delito; lo juzgan de noche en contra de la ley; se sirven de testigos falsos para acusarlo; Pilato lo condena aun sabiendo que es inocente.
El camino hacia la cruz había empezado mucho tiempo atrás. Jesús había sido continuamente asediado, perseguido y amenazado por los poderosos de su tiempo. Resultó incómodo para una religión más preocupada por conservar su poder y prestigio que por promover la fraternidad y la justicia. Resultó peligroso para un poder político absoluto y arrogante que recurría a la intimidación y la fuerza para someter y explotar a la gente. La mentira del mundo no soportó la verdad de Jesús; quienes abusaban y eran crueles con los más débiles se cerraron a la justicia del reino de Dios; los indiferentes ante el sufrimiento no acogieron su llamada a ser compasivos. Al final, la religión y la política se confabularon para acabar con él.
Jesús es el Justo: traicionado, perseguido, torturado e injustamente condenado a muerte. Víctima inocente del poder religioso y político, la historia de su pasión es la historia de una injusticia. Así lo reconoció la mujer de Pilato, quien durante el juicio le dijo a su marido: ‘No te metas con ese justo, porque hoy en sueños he sufrido mucho por él’ (Mt 27,19).
Jesús es el Justo condenado a muerte que mantiene su justicia hasta el final. Muere como un justo porque el odio no encontró jamás espacio en su corazón, no cedió a la venganza ni actuó con violencia. Muere como un justo porque no reniega de lo que había sido su vida, dedicada a hacer el bien y siempre animada por la misericordia en favor de los pobres, los enfermos y los pecadores. Muere como un justo porque no se salvó a sí mismo, sino que nos amó hasta el final y abrazó la cruz para abrazar todas las cruces de la historia. Jesús es el Justo porque, incluso en la tiniebla más densa y dolorosa, aun cuando Dios parece ausente, no se aparta de Él ni lo olvida; lo sigue llamando "Dios mío" y no deja de invocarlo con esperanza.
Volvamos la mirada a Jesús, el Justo crucificado. Recordemos lo que dijo hoy el Papa: "Este es nuestro Dios: ¡Jesús!" (León XIV, Homilía del Domingo de Ramos, 29/3/2026). Un Dios que, por haber amado a los últimos, murió como víctima de la injusticia del mundo. Por eso, nadie tiene derecho a usarlo para justificar sus abusos de poder y su cinismo; nadie puede pronunciar su nombre para ocultar la injusticia; ningún poder humano puede servirse de él para hablar de una falsa paz fruto del miedo y la represión. Citando al profeta Isaías, el Papa también recordó hoy algo que los tiranos de nuestros países no deben olvidar: que nuestro Dios, Jesús crucificado, no escucha la oración de quienes tienen las manos manchadas de sangre (cf. Is 1,15; León XIV, Homilía 29/3/2026). Sin embargo, este Dios justo también es misericordioso.
Jesús crucificado es también el Dios justo, cuya justicia no es venganza ni castigo, sino misericordia y perdón. En la cruz se ha revelado un Dios sin poder, que no destruye al pecador; un Dios sin belleza, deseoso de identificarse con los desfigurados por el dolor y la injusticia; un Dios silencioso, que prefiere callar antes de condenar a la humanidad; un Dios con los brazos abiertos para abrazar a todos los seres humanos sin excepción, perdonándonos y amándonos hasta el extremo.
En la cruz de Jesús se revela también la solidaridad de Dios con los crucificados de hoy. En las llagas de Jesús vemos el dolor de los pobres, de las víctimas de la represión y de la guerra, el sufrimiento de los presos políticos y de quienes han sido forzados al exilio. En su último grito dirigido al Padre, escuchamos el llanto de quienes se sienten solos y sin esperanza y el clamor de los pueblos crucificados que anhelan su liberación.
En la cruz, Dios está sumergido amorosamente en nuestros sufrimientos, llorando con nuestras lágrimas y deseando consolarnos en nuestras penas y desgracias. Desde la cruz, Jesús sigue gritando que Dios es amor y que desea perdonarnos siempre con su misericordia, que es más grande que cualquier pecado. Desde la cruz, Jesús nos invita a abrir el corazón a Dios como Padre, a acogernos unos a otros como hermanos y a construir un mundo fraterno, pacífico y justo.
En esta Semana Santa, contemplando en la oración a Jesús crucificado, nos llenaremos de esperanza y aprenderemos el lenguaje del amor humilde de Dios, que perdona, salva y da vida.
SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua
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