Ingratitud y alineamiento: lo que revela el ataque de Ortega contra Taiwán
El reciente insulto de Daniel Ortega contra Taiwán reabre el debate sobre la ruptura diplomática de 2021, la cooperación histórica de Taipéi con Nicaragua y el alineamiento del régimen con China
Flavio Cárdenas
El 16 de febrero, durante un acto de entrega de buses junto al embajador de la República Popular China (China Comunista), Daniel Ortega llamó a la República de China (Taiwán) “basura”. La expresión no es un exabrupto aislado: es coherente con el tono vulgar, irrespetuoso y anti diplomático que Ortega y su mujer han normalizado y con el viraje diplomático servil y entreguista asumido en 2021, cuando los dictadores rompieron relaciones violentamente con Taipéi; expulsando a sus representantes y confiscando todos sus bienes, para alinearse con Pekín.
Desde 2007 hasta el rompimiento en 2021, Taiwán fue uno de los principales cooperantes bilaterales de Nicaragua. Solo en 2020 la cooperación taiwanesa rondó los 28 millones de dólares en donaciones directas al sector público. A lo largo de más de una década, el acumulado ascendió a cientos de millones de dólares en programas de salud (medicamentos, equipos hospitalarios), educación (infraestructura, becas para ir a estudiar a Taiwán y merienda escolar), apoyo agrícola (arroz, frijol, ganadería y asistencia técnica), fortalecimiento de pequeñas y medianas empresas, infraestructura vial y atención a desastres naturales.
En comercio, el intercambio pasó de aproximadamente 52 millones de dólares en 2007 a cerca de 166 millones en 2020, con superávit para Nicaragua gracias a exportaciones de carne bovina, azúcar, café y mariscos. Hubo recursos ejecutados, proyectos visibles y mercados abiertos.
En contraste, tras el establecimiento de relaciones con la República Popular China, los anuncios han sido ambiciosos —aeropuertos, ferrocarriles, grandes infraestructuras— pero no se han transparentado desembolsos sostenidos ni acumulados comparables en magnitud a la cooperación taiwanesa. Lo que predomina es la narrativa geopolítica y la adopción disciplinada del discurso oficial de Pekín sobre Taiwán.
El insulto contra Taiwán encaja en un patrón discursivo. Ortega y Rosario Murillo han utilizado reiteradamente expresiones descalificantes e insultos contra figuras críticas y el pueblo opositor: “hijos de perra”, “puchitos”, “chingastes”, “miserias humanas” y muchas más. Esa violencia verbal, lejos de disminuir tensiones, ha profundizado la polarización y alimentando el malestar social interno, así como el aislamiento internacional. La deshumanización verbal no construye autoridad moral; la erosiona y contradice el eslogan de amor, paz y reconciliación que falsamente pregonan estos impresentables usurpadores del poder.
Desde una perspectiva psicológica y política, el recurso constante al insulto suele implicar proyección: atribuir al adversario los males que no se reconocen en uno mismo. La historia ofrece ejemplos extremos de tiranos que construyeron su poder señalando enemigos internos y externos como encarnaciones de todo que despreciaban en ellos mismos. Adolf Hitler convirtió esa lógica en doctrina.
Adolf Hitler predicaba la supremacía de una raza aria alta, rubia y alemana pura, aunque él no era rubio ni alto y había nacido en Austria, no en Alemania; exigía “pureza” y fortaleza moral mientras gobernaba desde el odio, la persecución y el exterminio.
Del mismo modo, Murillo y Ortega llamaron “Puchitos” a las decenas de miles de nicaragüenses que salieron a las calles a protestar ente abril y mayo del 2018, mientras ellos sólo lograban reunir a pocos centenares de personas, la mayoría, empleados públicos obligados. Llamaron “hijos de perra del imperio”, cuando ellos, igual que Delcy Rodríguez, mueren por mover la colita frente al Presidente Trump con tal que los deje en el poder, igual que lo hacían hasta marzo del 2018. Llaman a otros “miserias humanas”, cuando ellos han demostrado con sus crímenes estar llenos de miseria, cobardía y odio.
Los ORMU hablan de soberanía y nos dicen “vende patria”, cuando ellos vendieron la soberanía con el cuento chino del canal interoceánico y ahora regalan grandes pedazos del territorio nacional, reservas naturales y recursos minerales a los chinos comunistas. Se dicen antiimperialistas, cuando ellos traicionaron al pueblo en los 80’s, sometiéndose al imperio soviético.
Y ahora llaman basura a Taiwán, que es un país democrático, desarrollado, libre, con una sociedad ejemplar y fraterna; cuando son Daniel y Rosario quienes están llenando de su basura y estiércol a Nicaragua.
En este punto, es fundamental subrayarlo: la actitud servil frente a la República Popular China, la ingratitud hacia la cooperación histórica de la República de China (Taiwán) y la vulgaridad en el lenguaje no representan el sentir del pueblo nicaragüense. Son posturas personales de dos trasnochados tiranos que hoy concentran el poder, no la expresión de los valores éticos, morales y de respeto que caracterizan a la mayoría de los nicaragüenses.
Cabe recordar, además, que el propio gobierno de la República de China (Taiwán) asumió costos políticos significativos tras la represión iniciada en 2018 en Nicaragua. A pesar de las graves denuncias internacionales contra el régimen sandinista, Taiwán no suspendió el flujo de cooperación económica y técnica, manteniendo programas y desembolsos que beneficiaban tanto al Estado como a la población nicaragüense. Esa decisión implicó cuestionamientos internos dentro de la propia sociedad civil taiwanesa y críticas externas por continuar asistiendo a un gobierno señalado por violaciones a derechos humanos. Precisamente por ese contexto, resulta aún más inverosímil la actitud malagradecida y vulgar de Daniel Ortega y Rosario Murillo, así como su alineamiento incondicional con la República Popular China, en un giro que luce no solo oportunista, sino profundamente entreguista frente a un socio que durante años sostuvo con hechos concretos su compromiso con el desarrollo de Nicaragua.
Pero como no hay mal que dure cien años ni pueblo que lo resista, tengo la certeza de que pronto, igual que Hussein, Gadafi, Bashar Al Asad, Maduro, el Ayatolá Jamenei y Díaz Canel, pronto Ortega y Murillo cantarán con tristeza y nosotros con alegría:
¿Dónde está China?
¿Dónde está Rusia?
¿Por qué no actuaron?
¿Cuál es la excusa?
Finalmente, el pueblo de Nicaragua puede y debe aspirar a relaciones de respeto, cooperación y hermandad con todos los pueblos del mundo. Pero esa apertura no debería construirse sobre la negación o el desprecio de naciones hermanas que, durante décadas, demostraron con hechos concretos su compromiso con el desarrollo integral del país. Taiwán dejó cifras, proyectos y oportunidades reales. La Nicaragua que todos deseamos, una Nicaragua para todos, no se edifica desde el insulto ni desde la subordinación, sino desde la memoria, la gratitud y la dignidad.
Facebook
Visitar Facebook
X
Visitar X
Instagram
Visitar Instagram
Youtube
Visitar Youtube
LinkedIn
Visitar LinkedIn
WhatsApp
Visitar WhatsApp
Telegram
Visitar Telegram
Spotify
Visitar Spotify
TikTok
Visitar TikTok
Google Noticias
Visitar Google Noticias