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La Delcy Rodríguez nicaragüense

El colapso del chavismo en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro abrió un debate incómodo en América Latina: el papel de las traiciones internas en los regímenes autoritarios. Mientras Delcy Rodríguez emerge como figura clave de una transición forzada, en Nicaragua existe desde hace años una versión más oscura, paciente y estructural de ese fenómeno: Rosario Murillo

Febrero 02, 2026 08:20 AM
La Delcy Rodríguez nicaragüense
La Delcy Rodríguez nicaragüense
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Flavio Cárdenas

El 3 de enero de 2026 marcó un antes y un después en Venezuela. En una operación militar relámpago dentro del país por parte de Estados Unidos, fuerzas estadounidenses capturaron al dictador Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, trasladándolos a Nueva York para enfrentar cargos de narcoterrorismo en tribunales federales estadounidenses.

Tras esa captura, Delcy Rodríguez, quien había sido vicepresidenta de Maduro durante más de una década, asumió la presidencia interina sin necesidad de convocar elecciones extendidas, amparada por el Tribunal Supremo de Justicia venezolano.

Rodríguez ha sido vista por muchos analistas y exfuncionarios como una figura clave en la traición interna que permitió el desenlace del régimen chavista. El exvicepresidente colombiano Francisco Santos llegó a afirmar que “está absolutamente seguro de que Delcy Rodríguez entregó a Maduro” como parte de esa operación, señalando a miembros del círculo cercano del chavismo como cómplices de esa transición, cosa que también ha sido señalada recientemente por el Kremlin.

Un reporte incluso señala que el director de la CIA, John Ratcliffe, se reunió con Delcy Rodríguez en Caracas para sentar las bases de una relación de cooperación tras la captura de Maduro, en lo que fue visto como un gesto de colaboración con Washington.

Después de asumir, Rodríguez ha buscado equilibrar su discurso entre mostrar autonomía y cooperación pragmática. Ha insistido en que no hay “agente externo” gobernando Venezuela, pero también ha defendido aperturas económicas con Estados Unidos, especialmente en el sector petrolero, aun cuando se mantiene retórica anti-imperialista para el público interno.

Rodríguez ha estado cumpliendo las órdenes emitidas por la administración Trump: liberando a decenas de presos políticos; permitiendo la instalación de una base de operaciones de la CIA en territorio venezolano; se ha reabierto la misión diplomática norteamericana, encabezada por una funcionaria de elevadísima trayectoria, como Laura Dogu, quien tiene un conocimiento profundo de regímenes del llamado “Socialismo del Siglo XXI”, por haber servido como embajadora en Nicaragua y Honduras en los momentos de mayor represión de los sandinistas y zelayistas en los últimos años; y más recientemente, Rodríguez anunció una iniciativa de Ley para otorgar una Amnistía General para cerrar todos los procesos políticos, tanto de quienes están ilegítimamente encarcelados, como los liderazgos exiliados por la represión del régimen. Y como si fuera poco, Delcy ha anunciado el cierre del iconico centro de tortura y prision conocido como El Helicoide. En suma, Delcy Rodriguez, es la funcionaria chavista que se está encargando de derribar y enterrar las estructuras represivas y de control social del régimen desde sus propias entrañas.

Desde luego, Delcy no está siguiendo las instrucciones del Presidente Trump y del Secretario Rubio porque sea su deseo personal, sino que porque sabe que de no hacerlo podría enfrentar las mismas o peores consecuencias que Maduro por toda su participación en los crímenes y corrupciones cometidas por el régimen del que ella y su hermano han formado parte importante. Pese a este enfoque pragmático, hay dudas dentro de agencias de inteligencia de Estados Unidos sobre la profundidad de su cooperación real con la estrategia estadounidense, especialmente en romper lazos con aliados como Irán, Rusia y China o desmantelar estructuras internas como el llamado “Cartel de los Soles”, los grupos paramilitares llamados “Colectivos” y otros sectores radicales, dirigidos por Diosdado Cabello y otras siniestras figuras de la dictadura narco- criminal.

En este contexto, algunos opositores opinan que si Delcy Rodríguez actúa de buena fe, puede pasar a la historia como facilitadora de una transición hacia libertad e instituciones más abiertas. Pero, la mayoría temen que por su reputación de “inescrupulosa trepadora política” también existe el riesgo de que, igual que otros líderes autoritarios, ella aspire a perpetuarse en el poder con la ayuda de fuerzas externas y sin un verdadero giro democrático.

El paralelo nicaragüense: Murillo y el desmantelamiento del sandinismo

Lo ocurrido en Venezuela no es una anomalía regional. Nicaragua ofrece un antecedente aún más perverso en la trayectoria política de Rosario Murillo Zambrana en Nicaragua. Murillo, consorte de Daniel Ortega y actual copresidenta, ha transitado un camino similar al de Rodríguez —aunque con décadas de anticipación— de transformación desde dentro de un régimen autoritario hacia su propio acceso al poder absoluto.

Murillo se convirtió en una colaboradora sin mayor relevancia en el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) durante la lucha contra la dictadura somocista. Durante esos años ella mostraba predilección por convertirse en pareja de personajes que sí tenían relevancia dentro de las estructuras del Frente, como  Carlos Vicente Ibarra, conocido como “Quincho”, que era un destacado líder estudiantil. Pero cuando Murillo conoció en Costa Rica a Daniel Ortega, quien ya se perfilaba como uno de los principales cuadros del FSLN, comenzó a tener amoríos con él, a sabiendas que en ese momento la pareja de Ortega era una sandinista con una destacadas trayectoria en la lucha y formada militarmente en Palestina como la Comandante Leticia Herrera, quien es la madre del hijo mayor de Ortega.

Luego del triunfo de la Revolución Sandinista, Murillo se convirtió en la primera dama del país, desempeñando roles totalmente marginales, sin mayor mérito que ser “la mujer del Comandante”. Dado que se consideraba a sí misma como poetisa, Ortega le asignó alguna responsabilidad dentro del Ministerio de Cultura, bajo la dirección del Padre Ernesto Cardenal, quien sí contaba con un prestigio como poeta y artista plástico que trascendía las fronteras de Nicaragua, con quien tuvo grandes encontronazos, por la insaciable ambición, personalidad conflictiva y ánimo de figureo de Murillo. Por todo ello, Murillo acumuló un enorme resentimiento hacia los líderes y cuadros históricos del Frente, que siempre la vieron como un cero a la izquierda, por su falta de protagonismo real en la lucha contra la dictadura.

Tras la derrota electoral del sandinismo en 1990, Murillo se mantuvo bajo las sombras. Tras la repentina denuncia por violacion y otros delitos sexuales hecha por la hija de Murillo e hijastra de Ortega: Zoila América Narvaez Murillo, en un acto de oportunismo político, aun sabiendo que los hechos acusados eran verdaderos, Murillo decidió dar la espalda a su propia hija y apoyar a Ortega; asegurándose la total gratitud, confianza y hasta deuda moral por parte del caudillo. A partir de ese momento, Murillo convenció a Ortega de que ella era la única persona verdaderamente confiable para él en su entorno más cercano; iniciando un plan para ir desplazando a todos los miembros del círculo más íntimo de Ortega, hasta dejarlo totalmente aislado, como se encuentra ahora.

Cuando Ortega volvió al poder en 2007 lo hizo acompañado indisolublemente de Murillo, la que se hizo llamar “La Compañera”, para darse un matiz de icono guerrillero que nunca tuvo; y convirtiéndose en portavoz, asesora y figura central en comunicación y control del aparato estatal.

A diferencia de Delcy Rodríguez, cuyo ascenso repentino se da en semanas, Murillo construyó su poder paso a paso durante años mediante una estrategia de neutralización y sustitución de estructuras tradicionales. Es decir, desde la campaña presidencial del 2006 Murillo comenzó a demoler la identidad del sandinismo, su historia, sus símbolos y a sus verdaderos protagonistas, por un nuevo concepto, sustentado en su visión esotérica del mundo, gravitando alrededor de la “figura histórica de Daniel Ortega” (cada vez más desvanecida) y la de ella, como su “fiel compañera”, pretendiendo convertirse en la “madre de la nación”, algo así como los modernos Juan Domingo y Eva Perón centroamericanos.

Símbolos y estética política transformados:

  • Los trajes verde olivo militar de Ortega fueron sustituidos por camisas blancas, en un primer momento, y luego por camisas rosado chicha, promovidas por Murillo como símbolo de paz y armonía, aunque ajenos a la tradición revolucionaria.
  • La bandera rojinegra histórica del FSLN fue relegada y se popularizaron colores pasteles en actos públicos.
  • El Himno de la Unidad Sandinista fue reemplazado por refritos plagiados de canciones de John Lennon y otros artistas de la época hippie de Murillo.
  • Hasta los símbolos Patrios y los eventos oficiales se llenaron de su iconografía personal, incluso, sustituyeron el Escudo Nacional por un “escudo psicodélico”, todo asociado al control de Murillo.

Estas transformaciones no fueron superficiales; marcaron una desideologización del sandinismo, el constante desprecio y maltrato hacia los colaboradores y militantes históricos, a quienes las estructuras de Murillo llamaron “chatarra”, y un esfuerzo consciente por destruir todas las bases de la mística, los principios y valores revolucionarios que en algún momento la militancia sandinista decía practicar. Convirtiendo al FSLN de un partido político surgido de la lucha contra una dictadura dinástica, en una organización dedicada al culto exclusivo a las personalidades del “Comandante Daniel” y “la Compañera Rosario”, desplazando a los elementos identitarios del movimiento revolucionario original.

Purgas internas y eliminación de figuras históricas:

  • A lo largo de décadas, Murillo desarrolló una extraordinaria capacidad para neutralizar, marginar y eliminar del poder a figuras históricas del sandinismo, muchas de ellas leales a Ortega o portadoras de su propia legitimidad revolucionaria. Algunos de esos ejemplos fueron:
  • La discordia provocada entre Daniel Ortega y amigos leales como Dionisio Marenco, con la famosa frase de Ortega: “zapatero a tus zapatos” durante un quiebre público entre ambos, alimentado por las intrigas de Murillo cuando Marenco era el Alcalde de Managua.
     
  • La defenestración de figuras tan emblemáticas como Lenín Cerna, quien había sido compañero de cárcel de Ortega, a quien se le impidió subir a la tarima por órdenes directas de Murillo, en el acto central del Aniversario de la Revolución, el 19 de Julio del 2011; mensaje que simbolizó su caída política.
     
  • La marginalización de líderes como Tomás Borges Martínez, enviado a un exilio político encubierto como embajador en Perú hasta su muerte. El encarcelamiento que llevó a la muerte de Humberto Ortega Saavedra, Comandante de la Revolución, Comandante en Jefe del EPS, hermano y cuñado de Ortega y Murillo respectivamente; y, más recientemente, la destrucción de 2 históricos camaradas y ex asesores de Ortega, como el General Alvaro Baltodano y el Comandante de la Revolución, Bayardo Arce Castaño, cuyo distanciamiento culminó en una persecución fiscal y en juicios exprés con sentencias inverosímiles.
     
  • Y el desmantelamiento sistemático de las bases históricas del sandinismo, incluyendo veteranos de guerra, colaboradores históricos y ex combatientes guerrilleros, tropas permanentes del EPS o del MININT, así como desmovilizados del SMP, como Marvin Vargas, conocido como “El Cachorro”, perseguido y encarcelado por exigir reivindicaciones que nunca llegaron para las madres de héroes y mártires, lisiados de guerra y ex combatientes sumidos en la más absoluta miseria y olvido por parte los dirigentes, sostenidos en el poder a costa del sacrificio de su juventud, su salud y sus vidas.

Este patrón no fue accidentado: fue una purga sostenida y profunda, orientada a reemplazar lealtades históricas por un núcleo político frágil pero absolutamente dependiente de Murillo.

El efecto generacional y la ruptura con las bases

El impacto de estas purgas no se limitó al aparato político cerrado: trascendió a las bases sociales e ideológicas del sandinismo. Hizo que jóvenes que provenían de familias sandinistas, cuyos padres y abuelos habían luchado contra la dictadura somocista, se vieran repelidos de una organización que ya no reflejaba sus valores originales. Cuando Murillo se convirtió en compañera de fórmula de Ortega para las elecciones de 2016, el resultado fue un abstencionismo masivo entre militantes históricos que expresaron su rechazo a su presencia. Ese malestar estalló con más fuerza en la rebelión cívica del 2018, cuando en las barricadas, universidades insurreccionadas y tranques no solo fueron defendidas por declarados opositores  al régimen, sino también de quienes eran hijos o nietos de sandinistas históricos, incluso ex miembros de la Juventud Sandinista y de UNEN, cansados del abuso, la represión y la traición al proyecto original.

Política internacional “pro- Imperialista”:

Antes de abril de 2018, el régimen Ortega-Murillo no actuaba como aliado confiable de Cuba ni de Venezuela (una vez que se cerró el grifo de petrodólares venezolanos).

Las políticas económicas del régimen fueron neoliberales y fondomonetaristas, no socialistas, donde los programas sociales fueron maquillaje, financiados con una mínima parte de los fondos venezolanos.

Murillo cerró progresivamente el ingreso de ciudadanos cubanos a Nicaragua. En 2017, más de mil migrantes cubanos y de otras nacionalidades quedaron varados entre Panamá y Costa Rica, ante el cierre militarizado de la frontera nicaragüense.

Intelectuales y trabajadores cubanos fueron rechazados incluso con documentos legales.

Todo esto fue leído como servilismo hacia Estados Unidos, levantando un muro migratorio para congraciarse con Washington.

Paralelamente: Ortega y Murillo no rompieron con Taiwán hasta mucho después, recibiendo ayuda generosa de la República de China.

Con todas estas acciones Murillo y Ortega no solo estaban buscando construir una relación armónica con la potencia del norte, sino que estaban tratando de preparar la sucesión dinástica, de forma que mientras Murillo demolía los símbolos, historia, ideología, figuras y hasta las relaciones internacionales tradicionales del FSLN, trataba de agradar al gobierno estadounidense para ser aceptada como sucesora natural de Ortega.

No obstante, a partir de la insurrección cívica del abril del 2018 los Ortega Murillo se quitaron las caretas y se dejaron ver como lo que son: una pareja criminal, capaz de derramar sangre de hermanos con tal de sostenerse en el poder. Murillo, se dejó ver en todo su esplendor como la figura oscura, cruel, inescrupulosa y llena de odio que es, convirtiéndose en coautora de crímenes de lesa humanidad, junto a Daniel Ortega, al bajar la orden del “Vamos con Todo”, que desató la más brutal represión sufrida por el pueblo nicaragüense en el siglo XXI, que dejó por saldo más de 300 asesinados, varios desaparecidos, miles de prisioneros políticos, centenares de desnacionalizados y decenas de miles de desplazados.

Al quedar al descubierto por la represión y los posteriores fraudes electorales, siendo el más descarado el del 2021, cuando Ortega y Murillo ordenaron el encarcelamiento de todos los aspirantes a la Presidencia de la República, líderes políticos y sociales, la dictadura Ortega- Murillo recibió el rechazo total de Estados Unidos, la Unión Europea y todas las naciones democráticas latinoamericanas, con lo que el régimen se alineó a los intereses de los enemigos históricos de los Estados Unidos: Rusia, China, Irán, etc., tirando por un tubo el servilismo político implementado durante años para acercarse a los Estados Unidos y lograr que aceptaran a Murillo como relevo inmediato del poder total, una vez que muriera Ortega.

El régimen Murillo- Ortega

Murillo dinamitó el sandinismo para reemplazarlo por un modelo familiar y personalista. Se presentó simbólicamente como heredera de Rubén Darío y Augusto C. Sandino, sugiriendo un vínculo casi consanguíneo.

Reescribió la historia para mostrarse, junto a Ortega, como gestores únicos de toda la revolución. Aisló a Ortega de antiguos leales y lo rodeó de una base frágil, unida no por convicción, sino por miedo.

El objetivo fue claro: convertirse en la única heredera del poder tras la muerte de Ortega.

Desde hace varios meses la administración norteamericana ya no se refiere al régimen que usurpa el poder en Nicaragua como “Ortega- Murillo”, sino como “Murillo- Ortega”. Los estadounidenses saben que el enfermo y anciano dictador, está relegado a un segundo plano, en tanto que Murillo ha avanzado significativamente en el control real de todo el aparato estatal, tanto civil como militar, más aún luego de las últimas reformas constitucionales, a las que se les ha llamado “Constitución Chamuca”, hecha a su medida, al punto que inventa la figura de la Co- Presidencia, para ponerla al mismo nivel de “Jefa de Estado”.

Y los “los gringos”, como les llaman en nicaragua, saben que Murillo estaría dispuesta a volver a hacer todo lo que ellos quisieran, exceptuando, claro, elecciones libres y transparentes, con tal de ser ella quien detente el poder absoluto, toda vez que termine de desaparecer físicamente Ortega.

Ellos han tenido tiempo suficiente para caracterizar a Murillo y saben que, por un lado, su estilo de mando visceral generaría un descontento nacional mucho mayor, que en algún momento podría terminar en un estallido social, que implicaría la desestabilización de Nicaragua y Centroamérica, así como una nueva ola migratoria hacia los Estados Unidos, que es uno de los riesgos que el gobierno Trump intenta impedir a toda costa.

Por todo ello, el recién pasado viernes 30 de enero, el Departamento de Estado, encabezado por alguien profundamente empapado de la realidad nicaragüense, como el Secretario Marco Rubio fue tajante al decir: "Hace un año, Rosario Murillo inventó una "Copresidencia" para consolidar su control ilegítimo sobre Nicaragua: sin elecciones, sin mandato, sin legitimidad. El poder basado en la represión y la manipulación constitucional no es la voluntad del pueblo. Cobardemente, ha negado a los nicaragüenses el derecho al voto democrático porque sabe que no puede ganar".

Con esta declaración, el gobierno estadounidense le está diciendo a Murillo que no la aceptan como sucesora de Ortega, y que el régimen debe abrirse a una transición clara hacia la democracia, con otra figura que sí esté dispuesta a cumplir su rol temporal, coordinar elecciones libres y entregar el poder a quien resulte ganador de esos comicios, cosa que jamás hará Murillo.

Conclusión: la Delcy Rodríguez del sandinismo

Si Delcy Rodríguez representa la traición coyuntural, Rosario Murillo representa la traición estructural y prolongada en el tiempo.

A diferencia de Delcy, Murillo no emerge en una crisis final, sino que lleva cerca de dos décadas desmantelando sistemáticamente el sandinismo desde adentro, a plena luz del día.

Murillo ha demostrado que no reconoce límites morales: Convenció a Ortega de encarcelar a su propio hermano, Humberto Ortega, en condiciones que agravaron su salud. Permitió la muerte en prisión de Hugo Torres, quien había salvado la vida de Ortega. Logró el encarcelamiento y confiscación de Bayardo Arce, histórico aliado.

Si fue capaz de traicionar a: su padre, sus hermanos, sus hijos, sus nueras, sus consuegros y a los fundadores del sandinismo, ¿Por qué Ortega debería creer que él es la excepción?

Muchos analistas buscan hoy a “la Delcy Rodríguez nicaragüense” y miran a figuras como Gustavo Porras. Pero la verdadera Delcy ha estado allí todo el tiempo.

Rosario Murillo ha logrado convencer a Ortega de que todos son traidores, menos ella. Cuando en realidad, el peor alacrán está justo a su lado.

No sería descabellado pensar que, ante el contundente mensaje emitido el 30 de enero por el Departamento de Estado, Murillo podría llevar su traición al extremo de acelerar “el paso a otro plano de vida del anciano y enfermo “Comandante”, para convertirse ella en la única interlocutora válida con el gobierno norteamericano.

Un día, Nicaragua se despertará con la noticia de que Daniel Ortega ha muerto y que Rosario Murillo ya no es copresidenta, sino presidenta única. Ese día, la historia se preguntará si fue muerte natural… o muerte políticamente asistida.¿Será esa la razón por la que Murillo hizo encarcelar al hombre a cargo de la protección personal de Daniel Ortega, el Comisionado General Marcos Alberto Acuña?

Como dice la frase atribuida a Baudelaire: “El mayor truco del diablo es hacer creer que no existe.” Rosario Murillo ha hecho creer que la traición siempre viene de afuera, cuando ella encabeza la lista.

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