España dijo no a ser ruta de escape de los Ortega-Murillo: la verdadera razón de la expulsión del embajador
La expulsión del embajador de España en Nicaragua no fue un gesto diplomático aislado, sino la reacción de una dictadura acorralada. Según el médico y ex preso político Richard Sáenz Coen, el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo actuó tras la negativa de Madrid a convertirse en ruta de escape y refugio patrimonial para su familia, en medio de crecientes presiones internacionales y negociaciones fallidas
Richard Sáenz Coen, Médico
La expulsión del embajador de España en Nicaragua, Sergio Farré Salvá, y la respuesta recíproca del Gobierno español al declarar persona non grata al embajador nicaragüense en Madrid no es un simple incidente diplomático. Es una clara muestra del pánico que vive la pareja dictatorial sandinista. Y como todo gesto de pánico, dice más de quien lo ejecuta que de quien lo recibe.
La dictadura criminal sandinista no rompió con España por principios ni por soberanía, y mucho menos en solidaridad con Venezuela, de hecho, España mantiene como embajador en Caracas al señor Álvaro Enrique Albacete Perea. Lo hizo porque España se negó a convertirse en cómplice de la fuga de los hijos del binomio del mal, los Ortega-Murillo, y de su prole.
El conflicto estalló cuando el régimen sandinista pidió, casi a modo de exigencia, garantías de asilo político y resguardo patrimonial para sus hijos y su círculo familiar, a cambio de liberar presos políticos como el Dr. Manuel Urbina Lara, Jaime Navarrete, entre otros. Esta negociación se venía gestando desde hacía tiempo, pero la dictadura intentó concretarla matando dos pájaros de un solo tiro: congraciarse con la administración del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y, de paso, obtener lo que exigían al Reino de España.
La respuesta española fue tan simple como intolerable para una pareja dictatorial acostumbrada a la impunidad que solo el sandinismo conoce: “solo habría salida si abandonaban el poder de inmediato y restablecían la democracia en Nicaragua”. Como era de esperarse, la furibunda señora Rosario Murillo respondió como siempre responde: con ira, con impulsividad y con represalia, sin medir las consecuencias de sus actos demenciales. Ese es el contexto real de la expulsión del embajador.
Hablaré ahora de aquello que poco se sabe, que casi nadie quiere decir y que yo conozco por experiencia directa. No por proximidad ideológica, sino por ejercicio profesional. Desde al menos el año 2011, tengo conocimiento de múltiples partos de los hijos del clan Ortega-Murillo fuera de Nicaragua.
Países como España, Francia e Italia fueron destinos frecuentes. Costa Rica y México también, aunque con menor recurrencia. No se trataba de buscar mejor atención médica ni tecnología de punta, puedo afirmar que hasta 2018 Nicaragua contaba con profesionales altamente competentes, muchos de ellos hoy en el exilio, sino de asegurar ciudadanías extranjeras a sus nietos mediante una estrategia deliberada, planificada y constante, diseñada por la codictadora sandinista Rosario Murillo: una magnífica ruta de escape para su prole y una garantía de supervivencia política y personal.
Mientras miles de nicaragüenses eran reprimidos, encarcelados o forzados al exilio, la familia que dice gobernar en nombre del “pueblo presidente” se aseguraba pasaportes europeos para su descendencia. Hoy, varios de esos nietos son ciudadanos de países que la dictadura desprecia en público, pero que necesita desesperadamente en el ámbito privado.
El cinismo no podría ser más obsceno, al más puro estilo sandinista.
Este episodio ocurre, además, en un momento de creciente presión internacional. La salida forzada del dictador chavista Nicolás Maduro de Venezuela, los mensajes inequívocos de la administración del presidente Donald Trump y el endurecimiento del cerco diplomático han dejado a la dictadura nicaragüense sin margen psicológico ni político. El poder autoritario de la oprobiosa y malévola dictadura sandinista ya no se ejerce con ambición ni ínfulas de grandeza, sino con miedo, con pánico ante un futuro incierto que ya no pueden controlar, en pro de una salvación que muy difícil llegara.
En el caso de Daniel Ortega, la salud hace lo suyo: el lupus y la enfermedad renal crónica han reducido su capacidad de control efectivo a su militancia, sobre todo a sus más leales colaboradores. Ha pasado a ser una figura decorativa que apenas sostiene la careta de la dictadura. El vacío del decrepito “supremo líder” (al estilo norcoreano) lo llena la todopoderosa compañera Rosario Murillo, no con estrategias, sino con su acostumbrada perorata y arrebatos de ira e prepotencia. La expulsión del embajador español es uno de ellos y una prueba fehaciente de su decadencia y colapso mental por la desesperación de saberse acorralada.
Cada día se cierran más puertas para la dictadura sandinista, que no acepto el trato que le propusieron. España ya cerró la suya y no creo la vuelva a abrir. Otros países han hecho lo mismo. Portugal permanece como uno de los pocos interlocutores posibles, aunque incluso allí las conversaciones son frías, condicionadas y precarias.
Los dictadores sandinistas ya no pueden negociar con el país sembrando terror y caos para garantizar la seguridad de sus hijos. Ya no tienen nada que ofrecer y el tiempo se les agota.
La historia lo demuestra una y otra vez: las dictaduras no caen cuando pierden elecciones; caen cuando pierden salidas, cuando se les cierran las rutas de escape. Hay que saber reconocer cuándo un régimen ya no desgobierna con mano de hierro, sino que lo hace con miedo y comienza a preparar su huida. Porque, como ya he dicho, el tiempo se les acaba.
Frente a este momento histórico, el pueblo de Nicaragua, dentro del país y en el exilio, tiene una responsabilidad impostergable: unidad, democracia, libertad y Estado de derecho.
A quienes, por interés personal, protagonismo o mezquindad política, obstaculizan la unidad, les reitero mi llamado claro y urgente: háganse a un lado. Nicaragua es más grande que cualquier ambición individual, y este momento exige altura moral, desprendimiento de egos y sentido de nación.
¡Que Yahvé, el Dios de Israel, vuelva a levantar su mano y libere a Nicaragua de la dictadura sandinista, ¡como liberó a su pueblo del Faraón!
El autor es el Dr. Richard Sáenz Coen, médico, ex preso político nicaragüense y sobreviviente de las tenebrosas cárceles sandinistas de El Chipote. Hasta el 2018 era parte del cuerpo médico asignado por el MINSA para la familia Ortega Murillo.
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