Infórmate con la verdad en todo momento y en cualquier lugar.

Acepta nuestras notificaciones y dale “suscribirme” al 100% de las NOTICIAS.

La crisis de Venezuela y Nicaragua

La captura de Nicolás Maduro marca un punto de inflexión geopolítico en América Latina y redefine el tablero regional, generando temor y repliegue estratégico en la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo, advierte el sociólogo nicaragüense Óscar René Vargas

Enero 08, 2026 09:18 AM
La crisis de Venezuela y Nicaragua
La crisis de Venezuela y Nicaragua
Icono de Autor
Óscar René Vargas

La captura de Nicolás Maduro ha envalentonado a Trump. Desde la operación militar Trump ha redoblado la dureza de su retórica. Mientras trata de coaccionar al nuevo liderazgo venezolano para que obedezca a Washington a pies juntillas, lanza amenazas cada vez más abiertas sobre la posibilidad de operaciones similares en otros países de América Latina. La operación militar muestra la esencia de la política exterior de Trump y ha demostrado hasta qué punto está dispuesto a llegar cuando se trata de neutralizar a un líder considerado como una amenaza para los intereses estadounidenses.

El ataque a Venezuela marca un punto de inflexión para Trump, trasladando su política del hemisferio occidental de amenazas a la acción militar y llevándole a identificar otros países latinoamericanos que, según él, podrían enfrentarse pronto a una intervención estadounidense.

Ante esa realidad, el régimen Ortega-Murillo ha optado por la prudencia, rebajar la tensión, esquivar los dardos y se ha puesto de perfil tras un hecho que cambió el orden geopolítico regional y que nadie anticipaba hace apenas unas semanas.

Esta cautela oculta el pánico de Ortega-Murillo de enfrentarse a Estados Unidos. Esa postura demuestra el temor a que una acción similar sea realizada en su contra. El objetivo del régimen es evitar una escalada en la confrontación verbal con la administración Trump y asegurarse que la acción militar en Venezuela no tenga repercusiones negativas en el régimen. Es decir, el régimen se encuentra en estado de excepción por conmoción exterior. Aunque no lo airean, diversas fuentes indican que temen un efecto carambola. El miedo está ahí.

La Administración Trump ha amenazado a recurrir a la fuerza en otros países del “mar mediterráneo” estadounidense con tal de conseguir sus objetivos de seguridad nacional. El régimen se encuentra inmerso en una tensa calma ante la incertidumbre, pero testigo atónito de una nueva realidad geopolítica en América Latina. Queda claro que la Carta de Naciones Unidas es papel mojado. El derecho internacional ya no existe.

La intervención militar en Venezuela deja claro que la Estrategia de Seguridad Nacional debe tomarse en serio, y que la Administración Trump ve el hemisferio occidental como una región en la que los intereses de Estados Unidos tienen preferencia. Igualmente, los acontecimientos en Venezuela sugieren que la Administración de Trump opera según una lógica de primacía de la fuerza en las relaciones internacionales y apoya la idea de dividir el mundo en esferas de influencia controladas por las grandes potencias: Estados Unidos, Rusia y China.

Ante la posibilidad de expresiones de júbilo por la caída de Maduro, Murillo ha incrementado la persecución represiva contra opositores a través del reforzamiento de los cuerpos de inteligencia, de acciones intimidatorias de los paramilitares y revisiones de los WhatsApp por parte de la policía. Desde el 2007, el régimen Ortega-Murillo ha estado soportado por un sistema policial represivo con un aparato judicial alineado. Así ha logrado arrinconar y censurar a la sociedad civil. El Grupo de Expertos de Derechos Humanos sobre Nicaragua (GREEN) ha documentado torturas, detenciones arbitrarias, ejecuciones extrajudiciales, persecución y violencia sexual en prisión que se han producido desde el 2018 en adelante.

Murillo no tiene claro que existe un orden mundial que va más allá de su batalla por el poder absoluto, un mundo hecho de negociaciones y entendimientos. En Murillo prevalece la lógica de “el poder o la muerte”, lo cual no es un detalle menor. Sin embargo, ante la nueva realidad geopolítica, Murillo puede optar por proponer un diálogo nacional para ganar tiempo, con la esperanza que en las elecciones de Estados Unidos de medio término, noviembre de 2026, Trump pierda la mayoría y se transforme en un “pato cojo”. La otra variante es que Ortega-Murillo propongan elecciones adelantadas para febrero de 2027, siempre con el objetivo de capear el pico de la ola ofensiva de la Administración norteamericana.

Normalmente, el diálogo, en un régimen represor, es clave para establecer contacto con los poderes fácticos externos e internos con el fin de evitar mayores fisuras en sus pilares de sostenimiento. Ella, nunca ha dialogado con la oposición. Es un dato importante para el análisis de la situación actual.

La cúpula del ejército ha forjado su lealtad a través de muchos negocios que han florecido al amparo del régimen. La lealtad de la cúpula del ejército se garantizó con el control de distintos rubros económicos que aportan ingresos a las distintas facciones militares. El ejército, como el gran actor en la sombra, puede ser capaz de dar salida a la situación de empantanamiento de la sociedad nicaragüense de dos maneras: enrocarse junto con el régimen o plantar cara a la dictadura.

Apoya a 100% NOTICIAS para vencer la CENSURA. El Canal del Pueblo necesita de tu apoyo


Donar ahora