Venezuela en la encrucijada: claves para analizar el momento histórico
La captura de Nicolás Maduro marca un punto de inflexión histórico para Venezuela y redefine el equilibrio político en América Latina. Más que un hecho aislado, el momento abre una fase decisiva que exige análisis frío, lectura estratégica y memoria histórica para entender qué está realmente en juego y hacia dónde puede derivar la transición
Flavio Cárdenas
La captura de Nicolás Maduro en la madrugada del 3 de enero no solo marca un quiebre histórico en Venezuela, sino que redefine el tablero político de América Latina. Hace apenas algunos meses, habíamos advertido —en un artículo titulado Esta película ya la vi— el riesgo de que el presidente Donald Trump repitiera el libreto de 2019: una presión máxima que generó temor real en el chavismo y, por efecto dominó, en el régimen de Daniel Ortega, al punto de forzar un llamado táctico al diálogo en Nicaragua, pero que finalmente se diluyó cuando Washington decidió no concretar sus amenazas. Aquella marcha atrás terminó fortaleciendo a los regímenes de Caracas, Managua y La Habana.
Hoy, sin embargo, el escenario es radicalmente distinto: esta vez Trump sí decidió actuar, y esa decisión no solo abre una oportunidad inédita para el pueblo venezolano, sino que proyecta una luz de esperanza más amplia para Nicaragua, Cuba y otros pueblos sometidos por regímenes autoritarios, incluso más allá del hemisferio occidental, como lo demuestra la renovada efervescencia de protestas cívicas contra el régimen de los ayatolás en Irán. La historia, esta vez, no parece repetirse.
La acción militar quirúrgica ejecutada por las fuerzas estadounidenses no representa únicamente la caída del rostro más visible del chavismo. Marca, por primera vez en décadas, una ruptura concreta con la sensación de impunidad que había protegido a un régimen señalado por narcotráfico, terrorismo, crimen transnacional y flagrantes violaciones a los derechos humanos. Para el pueblo venezolano, se abre una ventana real de esperanza; para la región, se envía un mensaje inequívoco sobre los límites del poder criminal enquistado en el Estado.
Ahora bien, conviene leer este momento con cabeza fría. La estructura del chavismo no desaparece con la captura de Maduro. Figuras como Diosdado Cabello, los hermanos Rodríguez y otros engranajes centrales del poder permanecen activos. Que Cabello no haya sido capturado no es debilidad ni improvisación: responde a una lógica militar y política clásica. Maduro era el símbolo internacional, el objetivo judicial y el factor de legitimidad externa; Cabello, en cambio, es el operador del control interno, el enlace con colectivos armados y el garante —o saboteador— del orden inmediato en Caracas. Neutralizar a ambos al mismo tiempo habría creado un vacío total de poder y un alto riesgo de guerra urbana. La estrategia ha sido clara: cortar la cabeza sin destruir de golpe el sistema nervioso, evitando así el caos inmediato.
Desde esa misma lógica se entiende por qué Delcy Rodríguez aparece hoy como figura central en la administración de facto. No por afinidad ideológica ni legitimidad democrática, sino por utilidad operativa: continuidad administrativa, canal con el poder duro y capacidad real de ejecutar órdenes que eviten el colapso del Estado. Las transiciones duras rara vez comienzan con los actores más legítimos; suelen empezar con quienes pueden apagar el incendio. La legitimación viene después.
Esto explica también por qué ni María Corina Machado ni Edmundo González ocupan, por ahora, el centro de la escena. Ambos representan legitimidad civil y electoral, pero no control territorial ni armado. Forzar su protagonismo en esta fase inicial bloquearía cualquier negociación inmediata y elevaría el riesgo de violencia. No están fuera del tablero; simplemente no es aún su jugada.
La historia regional ofrece ejemplos elocuentes de lo que ocurre cuando estas decisiones se toman de manera estratégica, como la exitosa transición chilena de la dictadura de Pinochet hacia la democracia, basada en negociación y gradualidad, y, por el contrario, cuando por decisiones precipitadas se malogran estos procesos transicionales. Para el lector nicaragüense, la analogía es clara. En julio de 1979, cuando Anastasio Somoza Debayle huyó del país, dejó como presidente a Francisco Urcuyo Maliaños con la promesa de una transición controlada. Sin embargo, al negarse Urcuyo a entregar el poder, se precipitó la ofensiva final del Frente Sandinista y su triunfo armado. Ello condujo al establecimiento de una dictadura de corte marxista, con fuerte influencia cubana, y a una nueva guerra fratricida marcada por la intervención de potencias capitalistas y comunistas. De haberse respetado una transición ordenada por parte de Urcuyo, la historia de Nicaragua en los años ochenta probablemente habría sido muy distinta.
En el extremo opuesto se encuentra Sudáfrica. Allí, el último presidente del régimen del apartheid, F. W. de Klerk, comprendió que aferrarse al poder solo conduciría a una guerra civil. Optó por negociar con Nelson Mandela y abrir una transición pactada que, sin ser perfecta, evitó un baño de sangre y permitió una legitimación democrática posterior. Nicaragua también conoció un proceso transicional hacia la democracia tras la derrota electoral del FSLN frente a la Unión Nacional Opositora (UNO), encabezada por doña Violeta Barrios de Chamorro en 1990, con el respaldo decidido de líderes del mundo libre como el entonces presidente venezolano Carlos Andrés Pérez. Un proceso de democratización, con luces y sombras, que fue truncado dieciséis años después con el retorno al poder de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
Hoy, Delcy Rodríguez enfrenta una disyuntiva similar. Puede facilitar una transición pacífica, ordenada y negociada hacia la democracia, o puede optar por la resistencia y empujar a Venezuela hacia un escenario más traumático, comparable al de Nicaragua en 1979. La historia demuestra que estas decisiones no son neutras: marcan generaciones enteras.
Este es, sin duda, un momento dinámico y volátil. Los escenarios pueden cambiar en horas o días. Pero también es una oportunidad inédita. Dar un voto de confianza a la administración Trump —sin ingenuidad, pero con sentido estratégico— implica comprender que, tras años de lucha cívica infructuosa, esta acción externa ha abierto una puerta que los pueblos de Venezuela, Nicaragua y Cuba no habían logrado abrir solos. La clave ahora será si quienes aún controlan partes del poder entienden que facilitar la transición puede salvar al país… o si, una vez más, deciden arrastrarlo por el camino del conflicto.
En definitiva, la captura de Nicolás Maduro no es el final, sino el inicio de una fase decisiva que pondrá a prueba la madurez política de los actores que aún detentan poder real en Venezuela. La experiencia histórica demuestra que las dictaduras no caen ordenadamente por inercia y que las transiciones exitosas no se construyen desde la épica, sino desde decisiones difíciles, frías y oportunas. Hoy, Delcy Rodríguez y el chavismo residual enfrentan una disyuntiva que definirá el futuro de su nación y de sus propias familias: facilitar una transición pacífica que evite un baño de sangre y permita al país reencontrarse con la democracia, o repetir el error de quienes, como en Nicaragua en 1979, cerraron la puerta a una salida ordenada y empujaron a sus pueblos a décadas de violencia, polarización y autoritarismo. Para Venezuela —y como advertencia para Nicaragua y Cuba— este momento deja una lección inequívoca: el poder puede resistirse, pero la historia siempre pasa factura, y quienes hoy pueden abrir una transición digna cargarán mañana con la responsabilidad de haberla hecho posible… o de haberla destruido.
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