Infórmate con la verdad en todo momento y en cualquier lugar.

Acepta nuestras notificaciones y dale “suscribirme” al 100% de las NOTICIAS.

Venezuela, paralelos políticos y reflexiones para la transición en Nicaragua

La crisis venezolana abre un espejo incómodo para Nicaragua: sin liderazgo legítimo, unidad opositora ni un compromiso firme con la justicia, cualquier transición democrática corre el riesgo de fracasar o reproducir los errores del pasado autoritario

Enero 03, 2026 02:51 PM
Venezuela, paralelos políticos y reflexiones para la transición en Nicaragua
Venezuela, paralelos políticos y reflexiones para la transición en Nicaragua
Icono de Autor
Yaritza Mairena

Este 3 de enero ha sido histórico para Latinoamérica y el mundo, las esperanzas de la liberación de Venezuela, son más fuertes que nunca; este día de desvelo y emoción también es de introspección profunda. La crisis política de Venezuela ha desencadenado movimientos geopolíticos de amplio alcance que, inevitablemente, repercuten en Nicaragua. Si bien cada país tiene su propia realidad, comparten el desafío de enfrentar regímenes autoritarios y buscar una transición democrática justa.

En Venezuela, la oposición logró conformar un liderazgo legítimo con respaldo masivo de la ciudadanía, lo que persuadió a la comunidad internacional a asumir riesgos políticos en favor de la democracia. En contraste, en Nicaragua no contamos con liderazgos definidos y aceptados unánimemente por el pueblo, ni con un plan de acción consensuado para salir de la dictadura. Peor aún, existe una profunda divergencia sobre cómo enfrentar al régimen; muchos nicaragüenses rechazamos rotundamente cualquier negociación que implique impunidad para los responsables de crímenes, a diferencia de algunas voces opositoras que equivocadamente han barajado esa posibilidad.

Los nicaragüenses, observamos ese proceso con mezcla de esperanza y preocupación. Esperanza, porque el cambio en Venezuela podría debilitar el bloque de regímenes autoritarios aliados (que incluye a Managua) y liberar apoyos internacionales antes esquivos. Preocupación, porque Nicaragua carece hoy de una figura o entidad opositora con legitimidad equivalente, y porque nuestro país no goza del peso estratégico que tiene Venezuela (con su petróleo y su ubicación geopolítica) en la agenda mundial.

Dicho sin rodeos, al ser Nicaragua un país más pequeño y menos prioritario en la geopolítica global, la voluntad externa para involucrarse es menor. Sin embargo, esa misma menor importancia relativa también significa que, de haber voluntad internacional, podría ser más sencillo aplicar presión efectiva, política, económica e incluso militar, sobre el régimen nicaragüense sin mayores costos estratégicos. De hecho, los países del continente han intentado diversas iniciativas diplomáticas para que Nicaragua retome la senda democrática, pero el régimen sandinista las ha ignorado por completo.

La diferencia crucial es que dicho interés o presión externa no surgirá espontáneamente, dependerá en gran medida de cuánto la impulsemos los propios nicaragüenses. Como bien advierte Félix Maradiaga, “no podemos colocar toda la esperanza en que el cambio y las soluciones vengan de afuera”, pues las potencias actuarán conforme a sus intereses; “nuestra parte es organizarnos, presentar una estrategia de resistencia y trabajar juntos”. Por ello, Venezuela nos enseña que, sin organización interna legítima, no habrá apoyo internacional suficiente para lograr la transición.

Oposición nicaragüense, sin liderazgo legítimo ni plan unificado:

La fragmentación de la oposición en Nicaragua contrasta con la experiencia venezolana. Desde abril de 2018, surgió en Nicaragua un amplio movimiento cívico reclamando democracia, pero no cristalizó en un liderazgo legítimo ni en estructuras políticas sólidas antes de ser brutalmente reprimido.

El régimen de Daniel Ortega decapitó cualquier atisbo de alternativa política; la falta de legitimidad interna de la oposición nicaragüense es un problema central. A diferencia de Venezuela, donde la oposición celebró elecciones primarias y articuló una hoja de ruta (“Plan País”) para la transición, en Nicaragua los intentos de unidad –como la Coalición Nacional o “Monte Verde”– se vieron frustrados por divisiones internas y por la persecución del régimen.

Hoy no existe un plan consensuado de acción contra la dictadura que cuente con el apoyo mayoritario de la población opositora. Esto erosiona la confianza ciudadana y dificulta la movilización, creando un círculo vicioso: la ausencia de liderazgo legítimo impide unificar la resistencia, y sin unidad popular es casi imposible proyectar un liderazgo legítimo. La legitimidad no es un concepto abstracto; es la piedra angular de cualquier movimiento de cambio político.

En el contexto desolador en que viven los nicaragüenses, reconstruir un liderazgo opositor legítimo resulta difícil, pero es más necesario que nunca. La diáspora nicaragüense puede jugar un papel, pero la verdadera legitimación solo ocurrirá cuando ese liderazgo sea reconocido como propio por el pueblo nicaragüense.

El dilema de negociar (o no) con impunidad:

Una diferencia marcada entre los casos de Venezuela y Nicaragua radica en la actitud frente a la justicia e impunidad. Para una amplia mayoría de nicaragüenses, resulta inaceptablenegociar impunidad”; no se puede sacrificar la justicia en nombre de una transición expedita.

La CIDH ha advertido que en Nicaragua impera una impunidad estructural, especialmente tras la Ley de Amnistía de 2019, que consolidó la impunidad total y evidenció la falta de voluntad del Estado para garantizar verdad, justicia y reparación.

En una eventual transición, insistir en justicia y rendición de cuentas no es venganza, sino una condición esencial para un orden democrático duradero. Pactar impunidad solo perpetúa el autoritarismo.

La transición ordenada requiere legitimidad, justicia y liderazgo ético:

Una transición ordenada necesita liderazgos morales, no mesiánicos; personas íntegras, comprometidas con la democracia, conscientes de que el poder es temporal. La oposición debe comprender que su rol es sentar bases, no perpetuarse.

La transición debe sustentarse en el derecho internacional, en comisiones de la verdad, en la depuración institucional y en la justicia transicional. No hay reconciliación auténtica sin verdad.

Finalmente, la soberanía nacional es irrenunciable. La ayuda internacional es importante, pero la hoja de ruta debe ser nicaragüense. Ceder soberanía sería traicionar el propósito del cambio democrático.

La lucha por la justicia y la democracia en Nicaragua está en una encrucijada. El mensaje de Venezuela es claro: sin unidad y legitimidad interna, no habrá transición exitosa.

La liberación de Nicaragua nos compete a nosotros, su pueblo. Y la única forma de honrar a las víctimas es construir una transición que no claudique en justicia ni en soberanía.

Que la experiencia venezolana nos llene de reflexión profunda, porque necesitamos un liderazgo capaz de decir, como Edmundo Gonzales hoy:

Venezolanos, son horas decisivas, sepan que estamos listos para la gran operación de la reconstrucción de nuestra nación”.

Yaritzha R. Mairena
Activista por la Justicia y la Democracia

Apoya a 100% NOTICIAS para vencer la CENSURA. El Canal del Pueblo necesita de tu apoyo


Donar ahora