Homilía IV Domingo de Adviento: José, un hombre justo
En su reflexión para el IV domingo de Adviento, Silvio José Báez presenta a san José como modelo de justicia auténtica, marcada por la bondad, la misericordia y la obediencia a Dios, e invita a vivir la Navidad desde la fe, la humildad y el amor al prójimo
Silvio José Báez, o.c.d. Obispo Auxiliar de Managua
Queridos hermanos y hermanas:
A pocos días de la fiesta de la Navidad, el evangelio de este IV domingo de adviento nos relata el anuncio del nacimiento de Jesús a san José, quien como sabemos por los evangelios era un joven obrero de Nazaret que se ganaba la vida trabajando en un taller de carpintería y un fiel creyente judío que cumplir la voluntad de Dios en todo lo que hacía.
José estaba comprometido con María, una joven también de Nazaret, a quien amaba y con quien pensaba casarse. Ambos compartían sus sueños de enamorados y tenían muchos planes para el futuro. Sin embargo, de repente ocurre algo inesperado que lo cambia todo. Antes de vivir juntos, José descubre que María espera un hijo del cual él no es el padre. Para aquella joven pareja de novios todo se volvió difícil y oscuro. Veamos cómo afrontó san José esta situación y las lecciones que nos ha dejado.
Dice el evangelio que José era “justo” (Mt 1,18), es decir, era un piadoso israelita, ligado a la sinagoga y fiel observante de la Ley de Moisés. Sin embargo, el evangelio de hoy nos propone un nuevo concepto de “justicia” que se revela en San José y que se puede sintetizar en dos aspectos: ser justo es ser noble y bueno y ser justo es ser creyente y obediente a Dios.
1. Ser justo es ser noble y bueno
El embarazo de María le creó a san José una situación muy complicada, pues él sabía que la Ley de Moisés ordenaba denunciar públicamente a una mujer infiel para que fuera castigada y muriera apedreada por su infidelidad. Sin embargo, decide no denunciar a María públicamente. No quiere exponerla a la vergüenza y a la muerte a la mujer que ama, sino que decide anular el noviazgo, romper su compromiso en secreto y retirarse (Mt 1,19). En San José se revela un nuevo concepto de justicia. José es justo porque es profundamente humano. En él, “justicia” significa humanidad, como dice el libro de la Sabiduría: “el justo debe ser humano” (Sab 12,19).
José no reacciona de manera impulsiva, ni se deja condicionar por sus sentimientos de indignación. No elige el camino del escándalo, sino el de la benevolencia, no se deja llevar por lo que dice la ley, sino que actúa con misericordia. Comprendió que hay algo que vale más que la ley, que primero viene el amor. Tampoco se avergüenza de sí mismo, ni se preocupa por su imagen de hombre herido en su honor y lesionado en sus derechos por su futura esposa. Se olvida de sí mismo y pone a María en primer lugar, actúa con humildad y amor.
Así era San José, bueno, noble, de sentimientos puros. Este fue el hombre que educó a Jesús en Nazaret y de quien seguramente aprendió a ser bueno, comprensivo y misericordioso. También nosotros podemos aprender de san José a tratarnos como hermanos y hermanas, no como rivales o enemigos. De San José aprendemos a respetar la dignidad de los demás sin irrespetarlos o dañarlos y sin manipular ni usar a nadie como si fuera un objeto.
Nuestras familias serán más felices si en lugar de la ofensa preferimos la comprensión, si en lugar de la ira elegimos la bondad y el perdón. Construiremos sociedades más humanas y prósperas si pensamos más en los demás y menos en nuestros propios intereses, si optamos por la tolerancia y el diálogo, si somos artesanos de paz y no artífices de división, si desafiamos la injusticia y la opresión no con la violencia, sino con la verdad, la valentía y la solidaridad.
2. Ser justo es ser creyente y obediente a Dios
San José fue justo también por ser creyente y dócil a los caminos de Dios. Dice el evangelio que San José, ante el inesperado embarazo de María estaba desconcertado. No comprendía lo ocurrido y no sabía qué hacer. En aquella situación de incertidumbre se le apareció en sueños el Ángel del Señor invitándolo a aceptar a María como su esposa y a reconocer como suyo al hijo que nacería de ella, pues era obra del Espíritu Santo (cf. Mt 1,20). Dios no dejó solo José en su oscuridad.
“Cuando José despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado” (Mt 1,24). No duda. Confía, se vuelve disponible. No hace más preguntas. Despierta con el deseo de hacer lo que Dios le pide. José, quien era de la descendencia de David, acepta la paternidad legal del niño. Gracias a su recio y extraordinario sí, que antepuso el amor a la paternidad biológica, Dios pudo tener un hijo entre nosotros. José le dará su apellido. De este modo Jesús, el Hijo de Dios es también ahora hijo de David. Al niño nacido de María José lo llama como el ángel le ha indicado: Jesús, en hebreo yehoshua, es decir “El Señor salva”. Para eso nace, para eso ha venido al mundo, Así lo explica el ángel a José: “Él salvará a su pueblo de los pecados” (Mt 1,21).
La experiencia de san José nos enseña que Dios no actúa solamente a través de los momentos luminosos y las experiencias agradables de la vida, sino que puede hacerse presente también a través de nuestras dudas, miedos, tristezas y debilidades. Hay que aprender a descubrir la presencia de Dios, allí donde parece estar ausente. En medio de la oscuridad, Dios siempre nos abre horizontes nuevos y nos invita a caminar por caminos más hermosos que los nuestros. San José nos enseña también que la íntegra renuncia de sí mismo para hacer la voluntad de Dios es el camino por donde el hombre se realiza plenamente.
También a nivel social, frente al poder del opresor, delante del cual nos sentimos muchas veces impotentes, no debemos caer en la desesperanza, pensando que todo es inútil y no hay nada qué hacer. Confiemos siempre en el Dios que hace que lo parece el límite, se vuelva un nuevo horizonte, y que lo que se experimenta como imposible se transforme en el inicio de una nueva realidad. Tampoco nos dejemos llevar por egoísmos estériles y ansias de protagonismo. Dios está con quienes, como San José, aun en medio de la oscuridad de la historia saben soñar, escuchar, abajarse y poner a los demás en primer lugar.
Conclusión
La vida de san José es la vida de un hombre “justo” porque se olvidó de sí mismo, y no renunció a la bondad de corazón, porque no se dejó paralizar por la duda y supo abajarse en la sencillez de la fe para dejarse conducir por Dios.
En esta Navidad, cuando contemplemos a San José junto a la Virgen y al Niño en el pesebre, él nos inspire a educar nuestro corazón a la bondad y a la nobleza y nos preparemos a la fiesta de Navidad acogiendo, perdonando y amando a los demás. Que San José y la Virgen María, los primeros que recibieron a Jesús con inmenso amor, nos enseñen la alegría de creer y nos den la fortaleza necesaria para acoger y seguir siempre los caminos de Dios.
SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua
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