Infórmate con la verdad en todo momento y en cualquier lugar.

Acepta nuestras notificaciones y dale “suscribirme” al 100% de las NOTICIAS.

El régimen en un callejón sin salida

El régimen Ortega-Murillo atraviesa su fase más frágil e irreversible, atrapado en una guerra política represiva que no puede ganar ni abandonar, sostenida por el miedo a perder el control y por cinco crisis estructurales que erosionan su poder desde dentro

Diciembre 16, 2025 12:32 PM
El régimen en un callejón sin salida
El régimen en un callejón sin salida
Icono de Autor
Óscar René Vargas

El régimen Ortega-Murillo se encuentra hoy en un punto paradójico de su historia política: insiste en librar una guerra política que no puede ganar ni resolver debido a las cinco crisis que lo fragiliza, mantiene una estrategia represiva que no puede tener éxito, con el único objetivo de preservar la dictadura que ya no puede asegurar cien por ciento la secesión dinástica. Sus instintos políticos se estructuran en torno a un único temor: ser abandonados por los miembros de sus pilares de sustentación.

El régimen en su fase más frágil e irreversible, producto de las cinco crisis (económica, social, política, religiosa e internacional) que no ha sabido enfrentar, ha puesto de manifiesto algo más profundo que un simple error de cálculo estratégico. Ha dejado al descubierto ser una clase política atrapada en una red de compromisos psicológicos, rigidez y absolutismo ideológico.

El régimen no solo perdió su brújula moral, por la corrupción generalizada, sino que la sustituyó por un conjunto de doctrinas que ya no puede controlar. Construyó una narrativa tan rígida que revertirla ahora derrumbaría los cimientos políticos de su propia clase dirigente. Para ellos, cualquier cosa que no sea la “victoria” se convierte en derrota. Cualquier cosa parecida a una negociación se convierte en apaciguamiento, sin embargo, busca negociar con Estados Unidos. Cualquier cosa que se parezca al realismo político se convierte en traición. Por lo tanto, vive un momento en que la trampa política se cerró.

Por lo tanto, continúa la guerra política contra la disidencia no porque la dictadura crea en la victoria, sino porque no puede concebir políticamente nada más. La maquinaria política no puede dar marcha atrás. La retórica no puede deshacerse. El liderazgo político de la dictadura no puede admitir sus errores para no mostrar su debilidad. Incluso el fracaso de sus políticas se convierte en la justificación de las políticas represivas a seguir. La dictadura está actuando por los miedos heredados de la derrota de 1990, no por cálculos políticos.

El régimen ha vinculado su credibilidad política al éxito de la represión y ha construido un régimen de sanciones y persecuciones que ha repercutido en su propia base social que ha fisurado sus propios anillos de poder. En esta fase, la guerra política se ha convertido en un proyecto de costes irrecuperables a gran escala. Las dictaduras se caen por las heridas auto infligidas.

Abandonar la guerra política significaría: admitir su error estratégico, sería exponer sus errores de juicio al criterio de los servicios de inteligencia, tendría que enfrentarse a las realidades económicas y reconocer que el “orden basado en represión” no ha servido. Así que, en lugar de cambiar de estrategia, sigue redoblando sus esfuerzos. Cuanto más fracasa la estrategia represiva, más agresivamente se ha transformado la cúpula del poder. Cuanto más dura ese estancamiento del sistema política, más fuerte se vuelve la retórica vacía. Esto ya no es una estrategia política, es una cuestión de supervivencia de la dictadura.

Detrás de la insistencia en la victoria se esconde un temor más profundo: el colapso de la propia autoridad de la dictadura. Aceptar un cambio de estrategia destruiría la credibilidad genialidad política del dictador/dictadora, empoderaría a los partidos de oposición, deslegitimaría a la clase dirigente tradicional en alianza con el régimen y pondría de manifiesto la incapacidad de la cúpula política influir en los resultados globales. Para la actual élite en el poder, reconocer su fragilidad política, no es solo reconocer el fracaso sino una amenaza política existencial. Toda su quebradiza legitimidad se basa en la ilusión que mantienen el control sociopolítico absoluto y en el espejismo que pueden superar las cinco crisis.

La dictadura sigue luchando para mantenerse en el poder no porque crea que puede cambiar el rumbo, sino porque carece del valor, la flexibilidad y el diseño institucional para admitir que la guerra política represiva no conduce a la “victoria”. Ha perdido su capacidad para distinguir la realidad sociopolítica por la vanidad. El poder dictatorial se descompone siempre desde la cabeza como los pescados.

Apoya a 100% NOTICIAS para vencer la CENSURA. El Canal del Pueblo necesita de tu apoyo


Donar ahora