Esta película ya la vimos, pero ¿cambiará el final?
El régimen Ortega-Murillo volvió a liberar presos políticos en un movimiento que recuerda a 2019. Mientras la presión internacional aumenta, Nicaragua envía señales a Washington. ¿Cambiará esta vez el final? Lee más en el primer comentario
Flavio Cárdenas
En Nicaragua estamos viendo una escena conocida: el régimen Ortega-Murillo vuelve a liberar presos políticos. Salen a la calle opositores arrancados de sus casas por el solo hecho de pensar distinto y también exfuncionarios del extinto Poder Judicial, encarcelados y condenados sin debido proceso, sin defensa y sin garantías constitucionales, en la purga de octubre de 2023. Todo confirma que aquella operación nunca fue una lucha contra la corrupción, sino un golpe de Estado para someterlo por entero a Rosario Murillo y degradarlo, con la llamada Constitución Chamuca, a un simple órgano bajo la voluntad caprichosa de los co- dictadores.
Esta historia ya tuvo un capítulo parecido en 2019. En ese momento, con Donald Trump en la Casa Blanca y con John Bolton presionando por acciones duras contra Nicolás Maduro, Ortega también abrió las puertas de las cárceles y convocó un diálogo nacional con participación de la OEA y el Vaticano como observadores. Pero cuando Washington decidió no avanzar contra el régimen chavista, Ortega pateó la mesa, incumplió los acuerdos y desató una represión peor, al punto de encarcelar en 2021 a todos los precandidatos presidenciales.
Hoy el tablero geopolítico vuelve a moverse: Estados Unidos tiene una flota importante cerca de Venezuela, y el régimen nicaragüense teme que cualquier golpe contra Maduro lo alcance a él. Por eso vuelve a su libreto: liberar presos para simular apertura y enviar señales de negociación al presidente Trump.
La decisión ahora está del lado de Estados Unidos. Si de nueva cuenta el Presidente Trump retrocede, no solo enviaría una peligrosa señal de debilidad, tanto personal como de su país frente a los adversarios de los Estados Unidos en el mundo entero; sino que también las narco- dictaduras de Venezuela, Nicaragua y Cuba se sentirán fortalecidas y la represión crecerá. Y eso retrasará, quizá por años, los procesos de transición hacia la democracia, como ocurrió después del 2019.
Quienes nos oponemos a estos regímenes no podemos subestimar su poder. Controlan las fuerzas armadas, los cuerpos de seguridad y las redes de represión a lo interno de nuestros países. Sin un apoyo firme de Estados Unidos y de la comunidad internacional, las fuerzas democráticas seguirán en clara desventaja, como lo dejó de manifiesto el proceso electoral de Venezuela en 2024, cuyos resultados fueron papel higiénico para el narco régimen de Maduro, Cabello y el resto del Cártel de los Soles.
También necesitamos liderazgo y unidad. El caso de María Corina Machado en Venezuela muestra que es posible construir una oposición sólida y abierta, capaz de sumar incluso a funcionarios militares y civiles venezolanos o miembros del chavismo que, sin haber cometido crímenes de lesa humanidad, ni enriquecerse a costa del pueblo, desean un cambio real.
Ese llamado también debe extenderse a sandinistas y castristas sin responsabilidad en violaciones de derechos humanos ni actos de corrupción para lograr construir naciones nuevas que abracen a todos sus hijos por igual.
Ojalá el Presidente Trump comprenda la responsabilidad histórica que tiene frente a sí, pues si lleva adelante una estrategia firme y coherente, podría abrir la puerta a la libertad y la democracia en Venezuela, Nicaragua y Cuba, y dejar un legado imperecedero que marcaría no solo al continente americano, sino a todo el mundo libre.
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