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Definir para avanzar: el camino hacia una oposición que inspire

Nicaragua entra en un punto de inflexión: un momento de definiciones que rompen la parálisis, desmontan viejos modelos de oposición y abren paso a un liderazgo más claro, estratégico y capaz de inspirar confianza en un país marcado por autoritarismo, injerencia extranjera y crisis institucional

Noviembre 25, 2025 03:13 PM
Definir para avanzar: el camino hacia una oposición que inspire
Definir para avanzar: el camino hacia una oposición que inspire
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Enrique Martínez/Avanza

En Nicaragua estamos entrando en una etapa decisiva. No es un simple movimiento político, ni una anécdota más dentro del largo ciclo de resistencia. Es un punto de inflexión, un hito que puede marcar para siempre la capacidad del país de reconstruirse sobre bases de justicia, pluralidad y liderazgo real. Las recientes definiciones las que por años parecían esquivas no dividen: rompen la parálisis, abren un nuevo horizonte y devuelven al pueblo una brújula moral en medio de un régimen que entrega soberanía, negocia territorio y se abraza con potencias extranjeras a espaldas de la nación, mientras el crimen organizado se inserta como un actor estructural que erosiona nuestro futuro.

La urgencia es real. Laureano Ortega está entregando pedazos de país a China y Rusia, abriendo puertas a un proyecto autoritario que solo beneficia a la élite que ha secuestrado el Estado. El modelo de represión, sumado al de penetración criminal, coloca a Nicaragua en un mapa internacional donde defender la democracia se vuelve cada día más difícil. Pero nuestra guía sigue siendo la misma: valor, claridad y espíritu de cambio.

Y aquí es donde debemos hablar con franqueza: el modelo de las plataformas se agotó. Su costo no solo es económico o estructural: es político, moral y generacional. A pesar de los esfuerzos honestos de muchos, estas estructuras se volvieron espacios de elitismo, vetos, exclusiones y discusiones monolíticas donde unos pocos decidían por todos. No había claridad de roles, se diluía la responsabilidad, se bloqueaba la creatividad y se premiaba el cálculo personal por encima de la estrategia nacional. No es casual que nunca pudieran convertirse en alternativas reales de poder.

Lo digo con propiedad: en cada espacio de plataforma donde participé, di mi máximo esfuerzo. Respaldé liderazgos sin pedir preferencia personal, tendí puentes, trabajé desde la coherencia y siempre con resultados incuestionables. Invertí años en construir equipos jóvenes capaces, estratégicos y disciplinados. Pero el problema no era la juventud ni la capacidad: era el modelo mismo. La estructura estaba diseñada para no avanzar.

Hoy estamos frente a un nuevo paradigma: definir para avanzar. Y eso implica entender algo fundamental que demasiados sectores evitaban:

Los partidos políticos no son un obstáculo; son herramientas legítimas para disputar el poder, canalizar liderazgo, ordenar propuestas y ofrecer gobernabilidad.

Un país sin partidos no es más democrático; es más vulnerable. Un país donde los partidos existen solo de nombre, sin claridad ideológica ni estructura organizativa, está condenado a que el autoritarismo capture cada espacio vacío.

Los partidos no deben verse únicamente como vehículos electorales, sino como centros permanentes de formación, articulación y propuesta, capaces de dialogar con la sociedad civil desde el respeto y el reconocimiento mutuo de sus roles. La sociedad civil no está para repartir candidaturas, sino para organizar, acompañar, fiscalizar y sostener al pueblo. Y el político no está para instrumentalizarla, sino para darle dirección y sentido estratégico a su energía.

Hoy hay actores de sociedad civil que deben tomar decisiones. Y lo digo con el mayor respeto, porque sé lo que cuesta:

“Ha llegado la hora de definir si se quiere influir o se quiere construir, si se quiere opinar o se quiere transformar.”

No se puede jugar en todas las canchas a la vez. La sociedad civil debe sanearse, liberarse de la politiquería y volver a su rol esencial: elevar la voz del pueblo, fortalecer ciudadanía, educar, acompañar y proteger.

Este momento también tiene un rostro humano que jamás debemos olvidar. Hace unos días, una madre de abril —cuyo nombre me reservo por respeto— me tomó la mano y me dijo con una serenidad que duele:

“Lo único que quiero es que no haya impunidad. No me devuelvan a mi hijo, pero no me quiten la justicia.”

Esa promesa la llevo como un compromiso inviolable. Porque no habrá país posible sin justicia integral, sin enfrentar directamente todo lo que nos ha hecho daño, sin desmontar la maquinaria que convirtió el dolor de miles en un mecanismo de poder.

Por eso también hablo del exilio. No de un exilio derrotado, sino de un exilio maduro, disciplinado, dispuesto a todo por pisar de nuevo su tierra. El exilio entendió algo que el régimen jamás podrá entender: que la distancia no mata el amor a Nicaragua, sino que lo organiza.

Y hablo de los jóvenes pero no como una generación aislada sino como un movimiento integral, que ha sabido ser puente entre tendencias, articulador de diferencias y motor de innovaciones políticas reales. Jóvenes que han respaldado liderazgos sin exigir privilegios, que han trabajado desde el respeto y que solo piden algo simple: ser parte de las decisiones, no espectadores de pactos cerrados. Jóvenes que están derribando el mito de la improvisación y demostrando que la capacidad, el rigor y la visión estratégica también llevan rostro joven.

Por todo esto, este es un antes y un después.

No solo para una oposición más clara y seria, sino para un pueblo que ha esperado demasiado para volver a creer.

Las definiciones que hoy asumimos no excluyen: ordenan, iluminan y abren camino.

Y aunque no mencione el nombre, mi apoyo está donde se construye esperanza con resistencia y donde la coherencia reemplaza los discursos vacíos.

Porque definir no divide.
Definir libera. Definir orienta.
Definir nos permite, al fin, avanzar.

Enrique Martinez
AVANZA – Nicaragua

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