Nepal: Un ejemplo para las dictaduras que se creen poderosas

Las protestas en Nepal tras la prohibición de redes sociales provocaron la renuncia del primer ministro Sharma Oli y dejaron al descubierto el rechazo juvenil a la represión digital y la influencia china

Miguel Mora Barberena
septiembre 09, 2025 11:42 AM
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Nepal: Un ejemplo para las dictaduras que se creen poderosas
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Miguel Mora Barberena

Por Miguel Mora

Katmandú amaneció entre humo y gritos. El aire olía a caucho quemado y a rabia acumulada. Los jóvenes, celulares en la mano, no marchaban solo contra un gobierno: marchaban por su derecho a hablar, a conectarse, a no ser silenciados. 

La prohibición de las redes sociales fue la gota que derramó el vaso. Y ese vaso terminó volcándose sobre Sharma Oli, el primer ministro comunista que, apenas un año después de llegar al poder, tuvo que dimitir en medio de disturbios que ya dejan 19 muertos y edificios gubernamentales en ruinas.

La escena parece salida de una crónica de la Primavera Árabe, pero esta vez el epicentro fue Nepal, una nación montañosa atrapada entre dos gigantes: India y China. Los manifestantes, la mayoría jóvenes urbanos, no toleraron que se les pidiera registrarse para acceder a las redes. 

Para ellos, esa decisión no era un trámite burocrático, sino un intento de control social inspirado en Pekín. Y en un país donde el desempleo juvenil ronda el 20.8%, el doble del promedio nacional, el enojo estaba más que latente.

El levantamiento, sin embargo, no nació solo de la restricción digital. El régimen de Oli ya cargaba con el lastre del nepotismo y la corrupción, del descaro de una élite política y empresarial que acumulaba privilegios mientras millones de nepaleses vivían con lo justo. 

Ese caldo de cultivo explica la virulencia de las protestas, comparables a las que en Sri Lanka hicieron huir a los Rajapaksa. La multitud no se conformó con reclamar en las plazas: avanzó contra ministerios, saqueó viviendas de funcionarios y dejó claro que el miedo había cambiado de bando.

La caída de Oli también desnuda un conflicto mayor: el pulso geopolítico en el Himalaya. Con su llegada al poder en 2024, China había logrado avances significativos. 

Nepal se sumó a la Ruta de la Seda, recibió millonarios proyectos de infraestructura —el ferrocarril Transhimalayo y el aeropuerto de Pokhara— y se alineó con Pekín en varios frentes. 

Pero ese acercamiento fue visto por amplios sectores como ajeno, casi impuesto. Nepal comparte con India religión, costumbres y un 70% de su comercio exterior, mientras que con China mantiene incluso disputas territoriales.

El desenlace era previsible: al intentar controlar la libertad de expresión digital, Oli rompió el frágil equilibrio entre su agenda pro china y la identidad nepalí más cercana a India. Ahora Nueva Delhi se ofrece como mediador en la crisis, consciente de que cada paso en Katmandú es un movimiento en el tablero de poder asiático. Washington y Londres observan de reojo, atentos a cualquier resquicio que debilite la influencia de Pekín.

La lección es clara y trasciende fronteras: no hay foto con Putin ni abrazo con Xi Jinping que pueda blindar a un gobernante contra la voluntad de su pueblo. Nepal demostró que las redes sociales no son un lujo, sino un campo de libertad irrenunciable. Y que cuando un gobierno intenta clausurar esa ventana, lo que termina clausurándose es su propio mandato.

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