Miguel Mora: El último deseo del dictador: “Vigilen, capturen y condenen a los conspiradores”
El 46 aniversario de la revolución sandinista se convirtió en un oscuro testamento político. Daniel Ortega, enfermo y acorralado, ordenó en su discurso final “vigilar, capturar y condenar” a los supuestos conspiradores, revelando su miedo a los suyos y dejando claro que su dictadura sobrevive únicamente por el terror
Miguel Mora Barberena
El 19 de julio de 2025 no fue una celebración. Fue un réquiem. Daniel Ortega, visiblemente enfermo, arrastrando la voz y la mirada, con el rostro inflamado por medicamentos y el alma carcomida por el miedo, apareció en la tarima del 46 aniversario de la revolución sandinista como un fantasma de sí mismo.
No hubo multitudes. No hubo aplausos sinceros. No hubo aliados internacionales. Solo un acto cerrado, controlado, rodeado de paramilitares, soldados y pantallas antibalas. Tres mil “invitados” forzados a asistir al que muchos ya catalogan como el testamento político del dictador.
Y en efecto, lo fue.
La maldición: “Todos somos Daniel”
En un tono delirante, Ortega pronunció una de las frases más siniestras de su largo historial de fanatismo autoritario: “Todos somos Daniel”. No como un gesto de unidad, sino como una sentencia maldita: si él cae, todos caerán. Si él es señalado como asesino, torturador y criminal de lesa humanidad, todos —en su lógica retorcida— deben cargar la misma culpa.
Fue más que un discurso. Fue una amenaza existencial. Ortega no habló para las masas. Habló para sus enemigos internos. Envió un mensaje directo al aparato del Estado, al Ejército, al Frente Sandinista, a los oficiales incómodos, a los que se atreven a dudar en silencio, a los que ya no creen. Ordenó lo impensable: vigilar, capturar, procesar y eliminar a cualquier supuesto “conspirador”. Una orden de cacería en vida… o desde la tumba.
La paranoia final
Ortega está acorralado por sus propios demonios. Su miedo ya no es a la oposición, que fue exiliada, encarcelada o despojada de su nacionalidad. Su miedo es a sus iguales, a sus cómplices, a sus herederos posibles. El mensaje que envió en su discurso parece tener destinatario directo: las fisuras dentro del sandinismo.
Ortega no delira sin datos. Sabe que hay incomodidad en altos mandos militares, que oficiales retirados no pueden salir del país, que hay malestar por el secuestro de pasaportes, que se está cocinando un descontento interno silencioso. La represión ya no es contra los opositores. Es contra los suyos.
La imagen lo dice todo: llegó con centenares de escoltas, protegido por barreras antibalas, en un escenario apagado, sin altos representantes de Cuba, sin Venezuela, sin Rusia, sin Irán, sin China. Solo. Más solo que nunca.
¿Qué podemos esperar?
Muchos se preguntan qué ocurrirá cuando Ortega muera. La respuesta no está clara, pero sí hay pistas:
1. Rosario Murillo intentará mantener el poder, pero carece de legitimidad incluso dentro del círculo sandinista. Su estilo místico-represivo no genera cohesión, sino temor. Genera desprecio y repulsión.
2. El Ejército y la Policía estarán en una encrucijada: sostener una sucesión ilegítima o ser parte de un relevo. Algunos ya se sienten atrapados, sin pasaportes, vigilados, traicionados.
3. Los herederos del poder no están unidos. La desconfianza es mutua. Hay facciones, hay cuentas pendientes, hay traiciones internas por saldar.
4. La comunidad internacional observa con distancia, pero no con indiferencia. Nicaragua se encamina a una fase de transición, ya sea pactada o explosiva.
El legado de un dictador agónico
Ortega no se despide como líder. Se despide como el jefe de una secta paranoica, amenazando desde su trinchera final. Deja tras de sí un país quebrado, una sociedad mutilada, con una dictadura despreciable.
Su último deseo —vigilar, capturar y condenar a los conspiradores— no es una consigna de defensa. Es una confesión de debilidad. Es la expresión desesperada de un régimen que ya no gobierna, sino que sobrevive.
Y como toda dictadura enferma, terminará devorándose a sí misma. Cuando muere el dictador, lo que queda es el miedo que sembró… y la oportunidad de despertar sin él.
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