Enrique Martínez: El 19 de julio, la mentira que esclavizó a Nicaragua
El 19 de julio no fue una gesta heroica, sino el inicio de una traición histórica. En este contundente artículo de opinión, el joven opositor nicaragüense Enrique Martínez desnuda el verdadero legado del sandinismo: represión, saqueo y un modelo de poder que persigue a quienes sueñan con libertad
Enrique Martínez/Avanza
El 19 de julio no representa una gesta heroica. Es la fecha que marcó el inicio de una gran traición. Una élite, en nombre del pueblo, se apoderó del país y nunca más quiso soltarlo. Lo que se prometía como una liberación terminó siendo una sustitución de tiranos. El Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) no degeneró con el tiempo: nació como un proyecto autoritario, obsesionado con el control total, impermeable al pluralismo y hostil a la libertad.
A lo largo de las décadas, el FSLN ha sobrevivido no gracias a ideales, sino a su capacidad de adaptarse al cálculo y la conveniencia. Cambia de discurso, de aliados, de estrategias, pero mantiene intacto su propósito: perpetuarse en el poder. No ha defendido una causa, sino una estructura de dominación.
Las corrientes internas que dieron forma al FSLN están la insurreccional, la proletaria y la tercerista que compartieron el mismo patrón: eliminar la disidencia, monopolizar la verdad y someter al país a una lógica de obediencia. Lo que algunos aún pretenden “rescatar” del sandinismo, nunca existió. No hubo vocación democrática, ni cultura cívica, ni respeto a los derechos fundamentales. Solo un aparato político dispuesto a todo para consolidarse como único actor posible; un modelo de partido único que hoy se sostiene por cómplices zancudos que viven del sudor del pueblo trabajador.
El sandinismo creó una falsa élite revolucionaria que no surgió del mérito ni del trabajo, sino del saqueo sistemático al Estado, del control armado, del miedo impuesto, de la represión planificada y de la piñata: esa apropiación masiva y arbitraria de bienes públicos tras perder las elecciones en 1990. A través de ese botín y de los pactos oscuros posteriores, una nueva oligarquía política y económica se formó, blindada por el relato revolucionario. Esa élite no solo robó: edificó su poder sobre cadáveres, exilios forzados y el silenciamiento de generaciones enteras. Y hoy hay quienes, desde la academia, la diplomacia o el exilio cómodo, pretenden ocultar esa historia, lavando el rostro de los verdugos con discursos de reconciliación sin justicia, y mantengo esa lógica porque lo he visto con mis propios ojos, y para avanzar en Nicaragua, eso debe terminar ya.
Ese legado tóxico se ha reproducido en todos sus liderazgos, incluso en quienes hoy intentan presentarlo como una herencia válida. Lo hacen traicionando el anhelo de libertad de una juventud que, desde visiones diversas y no adoctrinadas, soñó con un país abierto, inclusivo y verdaderamente libre. No luchamos por reemplazar una ideología por otra, sino por desmantelar una lógica de poder que convirtió a Nicaragua en una finca patrimonial, que asesinó y persigue a los retoños de una nueva nación.
La juventud que se alzó en abril de 2018 no pedía privilegios ni cuotas. Pedía un país sin partidos únicos ni lealtades impuestas. Fue reprimida con saña porque no encajaba en los moldes del régimen ni en los intereses de quienes aún sueñan con reciclar el sistema para mantener cuotas de poder. No la persiguieron por violenta, sino por libre. No la expulsaron por traidora, sino por honesta. Porque rompió el paradigma bélico y apostó por una lucha cívica.
El 19 de julio se sostiene sobre tres pilares: los obligados, los fanáticos y los corruptos. Los primeros asisten por miedo, los segundos por adoctrinamiento, los terceros por interés. No hay épica en una marcha que necesita amenazas para llenarse. Hay vergüenza.
El FSLN jamás construyó un proyecto de nación plural. Nunca quiso compartir el poder ni rendir cuentas. Usó las causas nobles como escudo para justificar confiscaciones, persecuciones, censura y represión. Y lo sigue haciendo. Pero lo más grave es que muchos de esos vicios han encontrado refugio en sectores de la oposición que, lejos de confrontar el sistema, lo amortiguan. Hablan de justicia mientras negocian con los restos del poder. Exigen unidad mientras reparten cuotas entre los de siempre. Operan como una zona de contención controlada, incapaz de provocar una verdadera ruptura.
El resultado: una oposición domesticada que no incomoda al régimen, sino que lo estabiliza. Y otros sectores de la oposición que rompe paradigmas que caminan con fe y esperanza, hablando con la verdad histórica y acompañando al pueblo en la verdadera lucha del pueblo de Nicaragua, el yugo opresor que impone el rojo y negro sobre la identidad y la libertad de la mayoría de los nicaragüenses que sueñan con ser libres y abrazar su tierra, historia real e hijos que hoy viven en el exilio.
Como advirtió Oswaldo Payá, mártir de la democracia en Cuba: “El problema no es que los pueblos no estén listos para la libertad, es que las dictaduras no están listas para dejar el poder.” En Nicaragua, lo sabemos mejor que nadie.
Ante este panorama, una nueva generación ha dicho basta. No lleva las cargas del pasado ni defiende banderas caducas. No quiere alternancia entre élites: quiere transformación verdadera, justicia integral y una libertad sin intermediarios ni salvadores autoproclamados. Lo hace con firmeza, porque aprendió que quien no rompe con la mentira, termina siendo parte de ella.
El 19 de julio debe ser reconocido por lo que realmente es: una fecha de sometimiento político, que marcó el inicio de un sistema basado en el engaño, la represión y la concentración absoluta del poder. Nicaragua no necesita conmemorarlo. Necesita enfrentarlo, desmontarlo y cerrar ese ciclo de forma definitiva.
Porque el futuro de Nicaragua no puede construirse sobre los escombros del cinismo. Porque ningún pacto justifica la impunidad. Y porque la libertad no será verdadera mientras el sandinismo con cualquier rostro siga respirando en la vida pública.
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