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Kevin Solís: Sandinismo, devoración interna, paranoia y purgas

El sandinismo vive su propia devoración interna. En este artículo, Kevin Solís, excarcelado político nicaragüense, describe cómo el régimen Ortega-Murillo ha convertido la lealtad en un riesgo, purgando y borrando a históricos y fieles del movimiento en medio de paranoia, sospechas y miedo

Julio 17, 2025 07:41 AM
Kevin Solís: Sandinismo, devoración interna, paranoia y purgas
Kevin Solís: Sandinismo, devoración interna, paranoia y purgas
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Kevin Solís

El régimen Ortega-Murillo ha cruzado el umbral de la desconfianza absoluta. Lo que alguna vez fue un movimiento revolucionario con cohesión y disciplina, hoy es un aparato tembloroso, enfermo de paranoia, que devora a sus propios miembros. La represión ya no se dirige solo contra opositores, religiosos, periodistas o críticos. Ahora apunta hacia adentro, hacia los que alguna vez fueron parte esencial de la maquinaria del poder.

La cúpula del sandinismo ha convertido la lealtad en un riesgo. Nadie está a salvo. Ni los históricos, ni los más obedientes, ni los que cargan décadas de fidelidad incondicional. Cualquier gesto, silencio o presencia puede ser interpretado como una amenaza.

Uno de los casos más inquietantes es el de Bayardo Arce, excomandante de la revolución y por años una de las figuras más influyentes del círculo de Ortega. Hoy está desaparecido del espacio público. No hay explicación oficial sobre su situación. Se sabe, por fuentes confiables, que está encerrado en su casa, bajo vigilancia, en un limbo político que no requiere juicio ni acusación. El silencio forzado que se impone sobre él, como sobre muchos otros, es una advertencia clara para todos los que aún permanecen dentro del sistema.

Y Bayardo no es el único. Ni los históricos que han sido cómplices de Ortega y de todos los procesos de corrupción están a salvo. El círculo de poder de 2007 ha sido completamente reconfigurado desde la rebelión de abril de 2018. Figuras de alto perfil como Lenín Cerna, operador temido de los años de hierro; Alba Luz Ramos, quien presidió por décadas el sistema judicial; Antenor Rosales, expresidente del Banco Central; o Iván Acosta, titular del Ministerio de Hacienda durante años… todos han desaparecido de la vida pública. Ya no es solo que fueron removidos de sus cargos. Es que no se les ve en las calles de Managua. No hay declaraciones, ni presencia, ni sombra. Solo vacío. El régimen no los persigue abiertamente, pero los borra.

La descomposición es evidente. Alcaldes, funcionarios medios y altos, operadores de confianza y militantes históricos están siendo apartados, vigilados o marginados. Algunos logran escapar. Otros son desactivados sin ruido: se les remueve de cargos, se les retira visibilidad, se les borra. Todo en nombre de la seguridad del régimen, pero a costa de destruir los propios cimientos sobre los que este se sostuvo durante décadas.

Rosario Murillo es el eje operativo de esta purga. Sus decisiones no se basan en criterios políticos ni estratégicos, sino en intuiciones, sospechas y presagios. Literalmente. Se sabe que interpreta sueños como señales de traición. Y actúa en consecuencia. En este sistema distorsionado, la paranoia tiene rango de política de Estado, y las consecuencias son devastadoras.

Lo que era un frente amplio se ha convertido en un núcleo cerrado, hermético, donde solo cabe la obediencia absoluta. La lógica de este poder es puramente defensiva. Vive rodeado de enemigos reales e imaginarios, y ya no confía en nadie, ni siquiera en quienes lo ayudaron a construir su hegemonía.

La situación no fue sostenible. Un poder que necesita destruirse a sí mismo para protegerse, inevitablemente terminó debilitándose. La implosión del sandinismo no fue un estallido público, sino una descomposición lenta, interna, progresiva. No fue la oposición la que lo derrumbó, sino su propio miedo. Su sospecha permanente.

Y sin embargo, la pregunta quedó flotando: ¿fue todo paranoia, o hubo realmente intentos de traición? ¿Sospechas infundadas… o no?.

Así terminó sucediendo lo que parecía imposible: el sandinismo se destruyó a sí mismo, desde adentro.

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