El Jalacate queda en silencio: el museo de piedra de Nicaragua se queda sin visitantes
El silencio se apodera del primer museo al aire libre de Nicaragua mientras su creador, de 84 años, contempla cómo disminuyen las visitas al legado que construyó piedra por piedra
El silencio se apoderó de la montaña. Donde antes se escuchaban las voces y los pasos de turistas atraídos por una de las obras artísticas más extraordinarias de Nicaragua, hoy solo quedan senderos vacíos, piedras inmóviles y un anciano que contempla cómo su legado comienza a hundirse en el olvido.
La finca El Jalacate, considerada el primer museo al aire libre del país, luce desolada incluso los fines de semana. Miles de figuras permanecen talladas en sus rocas, pero cada vez son menos las personas que llegan para conocerlas.

Durante una visita reciente, un joven recorrió la finca un domingo y quedó impactado por la ausencia total de público. Aunque reconoció que la soledad le facilitaba realizar sus grabaciones, no pudo ocultar la tristeza que le causó encontrar vacío un lugar que años atrás recibía numerosos visitantes.
“Lo más triste de todo esto es que hoy es domingo, son las once de la mañana y no hay ni un alma”, expresó.
La entrada cuesta 60 córdobas por persona y el estacionamiento para vehículos tiene un valor de 50 córdobas. Sin embargo, ni siquiera esos precios accesibles han logrado romper el silencio que actualmente rodea el lugar.
Un museo sin visitantes y un artista frente al paso del tiempo
La soledad de El Jalacate contrasta con el entusiasmo despertado en 2023, cuando el Instituto Nicaragüense de Turismo y la Alcaldía de San Nicolás inauguraron la primera etapa de la Casa de Cultura y Creatividad Alberto Gutiérrez Jirón.
La iniciativa representó un reconocimiento en vida para el hombre que convirtió una montaña en una gigantesca galería de arte. Sin embargo, pese a la promoción institucional, la afluencia de visitantes habría disminuido.
Detrás de este museo natural está Alberto Gutiérrez, un campesino de 84 años que vive solo y que durante más de cuatro décadas ha golpeado las piedras con una paciencia extraordinaria. Sus herramientas siempre fueron sencillas: un clavo como cincel y una piedra como martillo.

Con ellas desafió el tiempo y transformó enormes rocas en figuras de indígenas, héroes nacionales, personajes bíblicos, animales y acontecimientos históricos.
Ahora, mientras los años pesan sobre sus manos, miles de esculturas permanecen expuestas al clima y al abandono. El hombre que dedicó su vida entera a levantar este santuario artístico podría estar presenciando cómo su obra se queda sin espectadores.
Un sueño infantil convertido en miles de esculturas
La pasión de Alberto Gutiérrez por la escultura nació de un sueño que tuvo cuando era niño. A los 34 años comenzó a materializar aquella visión sobre las piedras del cerro El Jalacate, en el departamento de Estelí.
Desde entonces no se detuvo.
“Ha sido una felicidad que Dios me haya dado este talento”, declaró anteriormente a la agencia AFP.
En una zona situada a más de mil metros sobre el nivel del mar y rodeada de bosques, don Alberto abrió con sus propias manos un empinado sendero desde su pequeña vivienda hasta el peñasco. También levantó un mirador con barandas de bambú para que los visitantes pudieran contemplar su obra.
“Si no hubiera soñado, no hubiera hecho nada de estas maravillas”, aseguró.
Se estima que ha tallado aproximadamente 3.000 figuras. Entre ellas aparecen el cacique Diriangén, Rubén Darío, Jesucristo, Augusto C. Sandino y Rafaela Herrera. También esculpió faraones, animales, escenas religiosas y episodios internacionales, como el ataque contra las Torres Gemelas de Nueva York.
Cada piedra guarda una historia. Cada figura representa incontables horas de esfuerzo. Cada golpe del improvisado martillo fue parte de una misión que el artista mantuvo incluso en medio de la pobreza y el aislamiento.
“Con tres clavos y un martillo de piedra hago mi cultura y sigo haciendo más cosas hasta que fallezca”, afirmó.
Pero hoy esas palabras adquieren un significado doloroso. Don Alberto continúa creando mientras puede, aunque el público que antes subía a admirar sus esculturas parece haberse desvanecido.
El ermitaño que eligió la montaña como hogar
Durante décadas, Alberto Gutiérrez vivió alejado de teléfonos, televisión, internet y energía eléctrica. Su pequeña casa de madera, heredada de sus padres, apenas tenía espacio para una cama y algunas herramientas.
Su radio era prácticamente el único contacto con el mundo exterior.
Desde ese refugio observó pasar, durante la década de 1970, a guerrilleros que atravesaban la montaña para combatir a la dictadura somocista. Intrigados, le preguntaban qué hacía escondido entre los árboles.
“Les decía que estaba haciendo mis dibujos”, recordó.
Nunca formó una familia propia y ha vivido con recursos limitados. Aunque no recibió educación formal, aprendió a escribir su nombre y algunas palabras. Conoce la historia de Nicaragua, recita versos nacidos de su imaginación y conserva una memoria privilegiada.
Con el paso de los años también comenzó a dibujar sobre madera y a colorear sus creaciones con pintura doméstica para venderlas y obtener algunos ingresos.
Su aislamiento, sin embargo, no impidió que su nombre cruzara fronteras. Turistas provenientes de Siria, Alaska, Belice, Cuba y otros lugares llegaron hasta su escondite en la montaña. Medios internacionales como AFP y la Voz de América también difundieron su historia.
“Han venido de Siria, Alaska, Belice, Cuba”, relató el artista, quien acostumbraba recibir a los visitantes con un mensaje de “paz, amor y felicidad”.
El peligro de que Nicaragua olvide a uno de sus artistas
Durante años, El Jalacate llevó visitantes y oportunidades a la familia de don Alberto y a las comunidades cercanas. Personas de distintas partes del mundo caminaron por sus senderos para conocer al campesino que, sin estudios artísticos ni herramientas sofisticadas, convirtió las piedras en un testimonio de amor, fe e historia.
Ahora la escena resulta desoladora.
El mirador espera vacío. Los senderos permanecen en silencio. Las esculturas siguen aferradas a las rocas, como si resistieran contra el tiempo, mientras su creador envejece en la misma montaña donde dejó grabada toda su vida.
La pregunta es inevitable: ¿qué ocurrirá con este tesoro cultural cuando las manos de don Alberto ya no puedan sostener el clavo y el martillo?
El artista desea que las nuevas generaciones protejan la cultura y siembren “muchos árboles para cuidar a Nicaragua”. Sin embargo, la ausencia de visitantes enciende una señal de alarma sobre el futuro de su obra.
Si El Jalacate continúa quedándose solo, Nicaragua no perderá únicamente un atractivo turístico. Podría dejar desaparecer, piedra por piedra y en medio de un profundo silencio, el legado irrepetible de un hombre que entregó más de 40 años de su vida a convertir una montaña en arte.
¿Cómo llegar a la finca El Jalacate?
La finca El Jalacate se encuentra dentro de la Reserva Natural Tisey-La Estanzuela, en el municipio de San Nicolás, aproximadamente a 15 kilómetros de la ciudad de Estelí.
Desde Estelí se debe tomar la carretera que conduce hacia la reserva, cuyo acceso se encuentra en dirección suroeste, cerca del Hospital San Juan de Dios. Debido a que una parte del trayecto atraviesa caminos rurales, se recomienda viajar en un vehículo alto o camioneta, especialmente durante la temporada lluviosa.
Quienes utilicen transporte colectivo pueden consultar en la terminal sur de Estelí las unidades que viajan hacia La Estanzuela o San Nicolás. Como los horarios pueden cambiar, conviene confirmarlos antes de emprender el recorrido.
Desde el punto donde termina el acceso vehicular es necesario caminar aproximadamente 20 minutos para llegar a la finca y continuar unos 10 minutos más por un sendero empinado hasta la zona donde se encuentran las principales esculturas.
Se aconseja llevar calzado apropiado, agua y protección para el sol o la lluvia. También es preferible comenzar el recorrido temprano y confirmar previamente las condiciones del camino y los horarios de atención.
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