Nicaragüense escapa de violencia doméstica en Panamá
Una nicaragüense soportó años de golpes, amenazas y aislamiento en Panamá por temor a no poder mantener a su hija con discapacidad. Una casa segura y el acompañamiento institucional le permitieron escapar y denunciar a su agresor
Camila, una nicaragüense que llegó a Panamá en 2018 en busca de oportunidades laborales, logró escapar de una relación marcada por agresiones físicas, violencia sexual, aislamiento y amenazas de muerte. El respaldo institucional y el acceso a una casa segura le permitieron denunciar a su agresor y comenzar una nueva vida junto a su hija.
La relación comenzó durante la pandemia. Camila contó a Telemetro Reporta que, al principio, el hombre se mostraba afectuoso, pero después empezó a controlar su forma de vestir, su comunicación y sus decisiones.
“Sostuve una relación con él, tuve una hija. Al principio me trataba muy bien, era cariñoso”, relató.
Las primeras prohibiciones incluyeron impedirle maquillarse. La violencia se intensificó cuando quedó embarazada y se negó a abortar.
“Empezó a darme golpes e incluso tuve un sangrado”, recordó.
Según su testimonio, el agresor la golpeaba directamente en el abdomen para obligarla a interrumpir el embarazo.
“Me daba puños en la barriga y yo había buscado ayuda. Dejó de golpearme hasta que la niña nació. Se mostraba posesivo, controlador”, contó.
Después del nacimiento de la niña, quien tiene una discapacidad, el hombre continuó ejerciendo control sobre Camila. La aisló de sus familiares y le quitó la posibilidad de pedir ayuda.
“Me quitaba la comunicación con mis familiares, con mi mamá, me encerraba, me agarraba a golpes, me metía al cuarto, me agarraba del cabello, no tenía a quién pedir ayuda, me cacheteaba, me escupía la cara en varias ocasiones, incluso en los labios tengo varias cicatrices”, agregó.
Las agresiones y amenazas escalaron. Camila afirmó que el hombre dormía con un cuchillo junto al colchón, la obligaba a desnudarse y llegó a cortarle sus partes íntimas frente a su hija.
El temor por su hija frenó las primeras denuncias
Camila acudió en varias ocasiones a la Fiscalía para denunciar la violencia, pero el miedo y la dependencia económica le impidieron continuar con el proceso. No tenía trabajo y temía quedarse sin recursos ni una persona que cuidara a su hija.
“Si él quedaba preso, yo pensaba cómo iba a hacer con mi hija y, como ella tiene una discapacidad, no sabía con quién dejarla”, explicó.
Laura Dotta, psicóloga del Ministerio de la Mujer de Panamá, señaló que el círculo de la violencia se alimenta cuando la víctima normaliza las agresiones, siente miedo o se culpa por lo ocurrido. Además, muchas mujeres permanecen con sus agresores porque piensan: “Es que yo no puedo dejar a mis hijos sin padre”.
Camila intentó escapar en dos ocasiones. En una de ellas viajó a Nicaragua con un grupo de personas, pero el agresor la amenazó con matarla.
El punto decisivo llegó cuando presentó otra denuncia y preguntó qué podían hacer las autoridades para evitar que tuviera que regresar a la casa de su agresor. Los funcionarios le explicaron que el Ministerio de la Mujer dispone de una casa segura para proteger y acompañar a las víctimas de violencia.
Esa alternativa le permitió poner fin a años de abusos.
Una casa segura para comenzar de nuevo
En el albergue, Camila y su hija recibieron atención psicosocial, asistencia legal y acompañamiento para gestionar documentos relacionados con la educación de la menor. El personal también apoya a las víctimas en los procesos de pensión alimenticia y durante la tramitación de las denuncias.
Después de salir de la casa segura, las mujeres pasan a centros de atención que dan seguimiento a su recuperación y a la construcción de una vida independiente.
Camila ahora está convencida de que ella y su hija merecen vivir sin miedo. Por eso, exhortó a otras mujeres a reconocer las primeras señales de violencia, entre ellas las amenazas verbales, el control del teléfono, el aislamiento y las prohibiciones.
“No permitamos eso, no callemos”, sentenció.
Su historia denuncia la crueldad de una violencia que empezó con el control y escaló hasta poner en riesgo su vida y la de su hija. También evidencia que ofrecer protección, acompañamiento y una alternativa segura puede marcar la diferencia entre regresar con el agresor o romper definitivamente el ciclo de violencia.
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