La nicaragüense que llegó a España engañada y hoy dirige su empresa en Madrid

Una promesa de trabajo que nunca existió cambió para siempre la vida de Nohemí Tercero. La nicaragüense emigró a España entre incertidumbre, lágrimas y sacrificios, pero años después logró construir una empresa, reunir nuevamente a su hijo y convertir su historia en un ejemplo de resiliencia para otros migrantes

Agosto 03, 2026 11:35 AM
La nicaragüense que llegó a España engañada y hoy dirige su empresa en Madrid

Cuando Nohemí Tercero abordó el avión rumbo a Madrid el 31 de diciembre de 2011, llevaba una maleta, muchas ilusiones y la certeza de que al llegar tendría un empleo. Se lo habían prometido desde Nicaragua. Aquella oferta fue la razón por la que dejó atrás a su familia, su vida y, sobre todo, a su hijo Joan, que apenas tenía trece meses de nacido.

La realidad la golpeó apenas aterrizó. 

El trabajo nunca existió.

En una entrevista concedida a 100%Noticias, Nohemí recuerda que durante los primeros seis meses sobrevivió entre la incertidumbre y la tristeza, preguntándose cada día si había tomado la decisión correcta.

“Venía con un supuesto trabajo, luego quedó en nada. Pasé casi seis meses sin trabajo, pasando muchas necesidades. Las noches se me hacían cortas para llorar. Sufrí mucho”, recordó.

Aquellas noches fueron las más largas de su vida. No porque Madrid fuera una ciudad hostil, sino porque la soledad pesa distinto cuando se está lejos de casa. Mientras buscaba una oportunidad laboral, en Nicaragua quedaban sus padres, las deudas y un niño que dependía completamente de ella.

Sin embargo, rendirse nunca fue una opción.

Aprendió desde joven que la vida siempre obliga a comenzar de nuevo

España no fue el primer lugar donde tuvo que empezar desde cero.

Antes de cruzar el Atlántico, Nohemí ya había dejado atrás su natal Nueva Guinea, en el Caribe Sur de Nicaragua, para instalarse en Managua cuando apenas tenía 17 años. Durante once años estudió mientras trabajaba como recepcionista y asistente en hospitales privados, además de desempeñarse como contable en una serigrafía y posteriormente en una universidad privada.

Sin saberlo, aquellos años de esfuerzo la estaban preparando para la prueba más difícil de su vida.

La mujer que le devolvió la esperanza

Después de meses buscando empleo apareció una oportunidad inesperada.

Una familia necesitaba a alguien que cuidara a una adulta mayor durante los fines de semana.

“Luego llegó un trabajo de fin de semana para cuidar a una persona mayor, yo le decía abu Emilia”, recordó.

Aquella mujer terminó siendo mucho más que un trabajo.

Los hijos de Emilia la recibieron con cariño y, poco a poco, Nohemí volvió a creer en sí misma.

Después llegaron otros empleos cuidando niños hasta encontrar una familia con la que permaneció seis años.

“Luego llegó un trabajo de reemplazo cuidando a unos niños y posteriormente llegó mi trabajo con mis niños, que les llamo todavía y mantenemos contacto. Trabajé seis años con esa familia. Aquí logré un contrato y poderme regularizar casi a los cuatro años de vivir en Madrid”, contó.

Regularizar su situación migratoria fue uno de los primeros grandes triunfos después de años de incertidumbre.

Trabajaba sin descanso porque al otro lado del océano había un hijo esperándola

Conseguir estabilidad no significó dejar de luchar. El dinero seguía sin alcanzar.
Había deudas que pagar, padres a quienes ayudar y un hijo que esperaba volver a verla.

“Como tenía bastantes deudas, tenía un niño que dependía de mí en Nicaragua, mis padres a quienes ayudaba, necesitaba trabajar más porque el salario no llegaba para tanto. Los gastos son muchos en Madrid”, explicó.

Por las mañanas trabajaba en una casa. Por las tardes cuidaba niños en otra. Aceptaba jornadas nocturnas, fines de semana y días festivos. Durante años su vida fue trabajar. No por ambición. Por necesidad.

Cada niño que abrazaba le recordaba al suyo

Hay recuerdos que todavía la conmueven. El más difícil es el tiempo que pasó lejos de Joan.

“Dejé a mi hijo Joan de trece meses de nacido y posteriormente me lo traje con siete años y actualmente vivimos bien, gracias a Dios”, relató.

Hoy Joan tiene quince años. Pero Nohemí asegura que durante aquellos años encontró consuelo en los niños que cuidaba.

“Gracias a Dios todos los niños que cuidé me querían mucho. Eran súper especiales conmigo. Muy cariñosos. En cada beso, en cada caricia imaginaba a mi hijo.”

Cada abrazo era una forma de resistir la distancia.

Hubo días en los que creyó que no podría seguir

Migrar también significó vivir experiencias que todavía recuerda con dolor.

Apenas llevaba tres meses en España cuando pasó una noche entera en la calle esperando conseguir uno de los veinte cupos para un empleo ofrecido por una congregación religiosa. Era invierno. El frío era intenso.

“Dormíamos ahí para coger sitio, era invierno, mucho frío y en la calle me quedé congelada sin poder moverme y solo podía llorar. Me auxiliaron las demás personas y entre todos consiguieron que entrara en calor. Ahí me sentía que todo se venía abajo.”

Otro momento difícil ocurrió cuando aún no había logrado regularizar su situación migratoria.

“Cuando tenía dos años en España me cogió la policía por ilegal y me llevó al calabozo y me tomaron fotos, huellas por todos lados. Me sentía criminal.”

A pesar de todo, nunca se arrepintió de haber emigrado.

“Soy una mujer de fe y estaba segura que si Dios me había permitido migrar es porque estaba preparada para toda prueba y salir adelante.”

Y añade una reflexión que hoy comparte con otros migrantes.

“Pero te digo desde mi experiencia y de otras situaciones que he conocido, si no te agarras de la mano de Dios es muy difícil superar esos días de soledad que sientes que nada tiene sentido.”

Cuando ayudar a otros terminó cambiándole la vida

Con el paso de los años comenzó a integrarse a la comunidad nicaragüense en Madrid.

Primero encontró grupos de compatriotas en redes sociales.

Después hizo locución en una radio y trabajó como voluntaria en una asociación dedicada a la integración social y cultural, donde ayudó a decenas de migrantes con orientación laboral, extranjería y búsqueda de empleo.

Durante la pandemia del Covid-19 decidió convertir su casa en un punto de apoyo para quienes acababan de llegar a España y no tenían ni siquiera alimentos.

“Tenía en mi casa un pequeño acopio para ayudar a personas que justo estaban recién llegadas y no tenían ni comida, ni para el alquiler de una habitación. Gracias a Dios me abrió puertas para poder ser de bendición a tantas personas con grandes necesidades.”

En medio de esa etapa apareció también Pablo, quien más tarde se convertiría en su compañero de vida.

Con emoción recuerda una frase de su hijo. “Mi hijo decía: ‘Mamá, Dios nos bendijo por ayudar a todas estas personas y nos mandó a nuestro ángel’. Pablito le dice él.”

Una enfermedad cambió el rumbo de su vida

Cuando finalmente sentía que todo empezaba a estabilizarse, una hernia discal la obligó a detenerse.

Durante dos años permaneció de baja médica y comprendió que ya no podría continuar cuidando personas mayores.

En lugar de verlo como una derrota, decidió reinventarse.

Junto a Pablo comenzó a estudiar distintas opciones hasta descubrir que una agencia de viajes podía convertirse en su nuevo proyecto de vida.

“Después del covid fue cuando opté por emprender porque como no estaba del todo bien de la columna ya trabajo de casa no podía hacer y menos cuidar personas mayores, así que estuve viendo opciones con mi pareja, que fue de gran ayuda para mí en ese momento, y decidí que una agencia de viajes era el emprendimiento indicado.”

Después de varios meses de trámites y asesorías, en mayo de 2021 abrió oficialmente su agencia.

“Mi primer cliente fue un nicaragüense que regresó a Nicaragua. No olvidamos ese viaje porque fue con muchas dudas e incertidumbre por el tema covid y de ahí para acá todo bien gracias a Dios.”

Actualmente la empresa trabaja principalmente mediante WhatsApp, presta servicios de forma remota y ha generado empleo para otras mujeres migrantes.

"Todo al final es un aprendizaje de vida"

Hoy Nohemí vive en España junto a Joan, su hija Camila, de tres años, espera un nuevo bebé y ya proyecta un nuevo emprendimiento para 2027.

No habla de fortuna ni de éxito económico. Habla de tranquilidad. De haber recuperado la paz después de muchos años de incertidumbre.

A quienes sueñan con emigrar les aconseja hacerlo con los pies sobre la tierra, entender que el camino no siempre será como lo imaginaron y defender siempre su dignidad laboral.

“Yo siempre les decía a las personas que en los trabajos deben ser muy precavidas, aparte de honradas. No permitir algunas malas formas de ciertos miembros de familia... Reclamar un salario justo, según ley.”

Nohemí no oculta las cicatrices que dejó la migración. Habla del frío, del hambre, del calabozo, de las lágrimas y de los años que pasó lejos de su hijo. Pero tampoco permite que esas heridas definan su historia.

“Aunque en este particular hubo unas dos situaciones en todo lo que trabajé que viví, doy gracias porque todo al final es un aprendizaje de vida. Y sí puedo decir que mi vida mejoró mucho en todos los aspectos... Bueno, después de tres años ya empecé a ver la luz del sol.”

Quince años después de aterrizar en España con una promesa de trabajo que nunca existió, Nohemí ya no mide su vida por las puertas que se cerraron, sino por las que logró abrir. La mujer que alguna vez creyó que las noches eran demasiado cortas para llorar, hoy dedica sus días a ayudar a otros migrantes a cumplir sus propios sueños. Porque entendió que emigrar no solo consiste en cambiar de país; a veces también significa descubrir una fortaleza que uno nunca supo que llevaba dentro.

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