El granero vaciado: ¿por qué son tan caros los alimentos en Nicaragua?
Aunque Nicaragua posee una histórica vocación agrícola y tierras fértiles, el país enfrenta una creciente crisis alimentaria marcada por altos precios, bajos salarios, baja productividad y una población cada vez más vulnerable a la inseguridad alimentaria
Nicaragua ha sido siempre una nación de vida, fundamento y sustento agrícola, como muchas otras del continente. La evidencia más temprana de agricultura en Centroamérica data de 5 mil años antes de Cristo, de modo que lo que hoy es Nicaragua ha sido hogar de sociedades agrícolas —indígenas, españolas, afrodescendientes, criollas, mestizas, migrantes— por más de 7 mil años.
Pero ahora, en pleno siglo XXI, con la tecnología más avanzada que jamás ha visto la humanidad apoyando la producción, surge una extraña paradoja: un país agrícola como Nicaragua, reconocido históricamente por la fertilidad de su suelo y orgulloso de su cuantiosa producción agropecuaria, experimenta, sin embargo, precios de alimentos relativamente altos y una población considerable al borde de la hambruna.
¿Qué explica este fenómeno? Pobreza y alimentación
La canasta básica nicaragüense la calcula el Instituto Nicaragüense de Información para el Desarrollo (INIDE) en base a «los requerimientos mínimos y la frecuencia de consumo para un hogar de seis miembros», totalizando 53 productos (la última revisión oficial data de septiembre de 2007).
La canasta pasó de C$20,351.32 en marzo de 2025 a C$21,120.18 en marzo de 2026, el último mes cubierto por INIDE al momento de publicarse este reportaje. El aumento general de precios fue de un 3.77% en esos doce meses, pero para los nicaragüenses ese porcentaje significó unos C$768.21, poco más de $20 dólares al cambio oficial.
En el país, el costo total de la canasta básica lo componen los alimentos, por norma general, en un 70%. Este margen ha sido sorprendentemente consistente, con una variación mínima (entre 0-2%) a lo largo de los años.
Además, los alimentos explican aproximadamente el 86% del aumento total de la canasta básica en este último año. En términos absolutos: de los C$768.21 de aumento total, poco más de C$660 corresponden al aumento en el precio de los alimentos.
«Que sea el 70-71% no significa que sean más caros (en términos absolutos), —aunque lo son—, sino que simplemente tienen menor nivel de desarrollo dedican más de su ingreso a la comida, porque son pobres», explica a 100% NOTICIAS el académico y economista nicaragüense Juan Sebastián Chamorro.
«El nicaragüense tiene que dedicar más parte de su pequeño ingreso a las necesidades más básicas, lo cual refleja el nivel de pobreza del país», subraya Chamorro.
De acuerdo con los postulados del estadístico alemán Ernst Engel (1821-1896), cuanto más pobre es una entidad económica (un país, una familia, etc.), mayor es el porcentaje de su presupuesto que destina a alimentos.
Así pues, grosso modo, en países ricos, el gasto en comida suele estar entre el 10% y el 20% del presupuesto familiar; en países de ingresos medios-bajos, ronda el 30-50%; y por encima del 60% se considera un indicador claro de pobreza en criterios de Naciones Unidas y otras instituciones.
A esto ha de sumarse el hecho de que el salario mínimo, en sus distintos rubros, no cubre el costo completo de la canasta.
El más bajo (sector agropecuario), de unos C$6,188, cubre apenas 29.3% del costo total para marzo de 2026 y el más alto (sector finanzas y construcción), de unos C$13,850, llega a cubrir sólo el 65.6% del coste.
De tal forma que se necesitan entre 1.5 y más de 3 salarios mínimos (dependiendo del sector) para cubrir una canasta básica familiar. En la práctica, para la mayoría de hogares nicaragüenses, el número podría ser incluso mayor.
De hecho, el 78% de las familias nicaragüenses no puede cubrir el costo de la canasta básica, según la XII Consulta Ciudadana de la organización Hagamos Democracia.
Las familias nicaragüenses destinan la gran mayoría de sus recursos a cubrir lo más básico (alimentación), y aun así no pueden lograrlo, dejando muy poco para vivienda, educación, salud, transporte o ahorro, lo que dificulta mejorar la posición económica.
Inseguridad alimentaria
A criterio de organismos como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), el país se encuentra en una situación de vulnerabilidad moderada en lo que respecta al concepto de «inseguridad alimentaria».
Un sector creciente de la población no tiene acceso físico, social y económico regular a alimentos suficientes, inocuos y nutritivos para satisfacer sus necesidades energéticas diarias y preferencias alimentarias.
Los más afectados suelen ser hogares rurales, con entre 100 mil y 250 mil nicaragüenses requiriendo atención alimentaria urgente, según el sistema de Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria (IPC, por sus siglas en inglés) la Red de Sistemas de Alerta Temprana contra la Hambruna (FEWS-Net., también por sus siglas en inglés).
El 19.6% de la población, aproximadamente 1.4 millones de personas, se encuentran ya en situación de subalimentación o «hambre crónica», según datos de la FAO. Además, el país ha aumentado su puntuación en el Índice Mundial del Hambre (GHI, por sus siglas en inglés), alcanzando unos 20 puntos en 2025, cuando registraba 13.1 en 2016.
Aunque se les clasifica como niveles «moderados» todavía, lo cierto es que a nivel humano el impacto es considerable. La brecha entre el costo de la vida y los ingresos genera que una proporción significativa de la población reduzca la cantidad o calidad de la comida que consume.
¿Sigue siendo Nicaragua un país agropecuario?
Nada de esta situación parecería típica de un país con una identidad tan marcadamente agrícola. De tal forma que algunos economistas se cuestionan si este sigue siendo el caso para Nicaragua.
«Nicaragua se piensa a sí mismo como agropecuario, pero eso realmente no es así», cuestiona el economista nicaragüense Douglas Castro, entrevistado por 100% NOTICIAS.
«Tenemos todavía el imaginario de Nicaragua siendo el granero de Centroamérica», el apodo que se le daba en tiempos de bonanza económica durante la dictadura somocista (1936-1979). «Efectivamente, tenemos todos los recursos para hacerlo, pero desafortunadamente los datos muestran algo distinto», añadió.
Si bien la narrativa de «el granero de Centroamérica» fue un pilar de la propaganda somocista, sí tiene base en la realidad. Históricamente, durante el reinado de la familia Somoza (especialmente en las décadas de 1960-1970), Nicaragua alcanzó altos niveles de producción de granos básicos, con rendimientos relativamente superiores a los actuales en varios cultivos.
En cambio, los gobiernos liberales (1990-2006) no lograron mejoras sustanciales en productividad de granos básicos; estudios de la CEPAL indican que los rendimientos de maíz y frijol se mantuvieron prácticamente estancados durante cuatro décadas.
Castro recuerda que ya en 2005 el país importaba más alimentos de los que exportaba (US$1314 millones en importaciones frente a US$1200 millones en exportaciones agropecuarias), y esa balanza comercial negativa en alimentos persiste como un síntoma estructural. «Eso desmonta realmente esa idea de que somos un país agropecuario y todo ese imaginario del granero de Centroamérica que realmente se ha perdido», añade.
Tras el retorno al poder del régimen sandinista, aún fuera de la economía de guerra y de régimen socialista de la década del ‘80, Castro tilda al campo nicaragüense como «un campo abandonado; que sólo produce dólares para arriba, en una política agroexportadora para captar divisas, no un campo que produce comida para todos, que debería ser la prioridad».
En ello concuerda Chamorro cuando apunta que «Nicaragua sigue importando mucho de los alimentos, cuando podría ser un país netamente exportador de alimentos».
Daniel Suchar, economista costarricense entrevistado por 100% NOTICIAS, considera que el problema de fondo es la falta de productividad. «Nicaragua produce, pero no siempre tiene la misma eficiencia», indica.
«El alto costo de los productos se debe principalmente a la baja productividad tecnológica y a la fuerte dependencia de insumos importados como fertilizantes y agroquímicos, cuyos precios se fijan desde el exterior», explaya Suchar.
«Además, existe un problema de intermediación: el productor recibe poco y el consumidor paga mucho», precisa.
Esta combinación —baja productividad, dependencia de insumos externos, fuerte orientación hacia la agroexportación (café, carne, azúcar) y cadenas de comercialización ineficientes— explica por qué, a pesar de su potencial y su historia, Nicaragua no logra traducir su vocación agrícola en alimentos accesibles para su propia población.
Reconstruyendo el granero
Los tres economistas coinciden en que la solución a esta paradoja requiere una estrategia mixta, de mediano y largo plazo, que combine políticas públicas, inversión privada y cambios estructurales.
Chamorro identifica el núcleo del problema y la principal solución en abordar el tema de la productividad.
«Tenemos rendimientos de maíz y frijol muy por debajo del promedio centroamericano. Si a una misma manzana le sacamos el doble de quintales con semillas mejoradas, fertilización técnica y asistencia adecuada, los costos unitarios bajarían significativamente y podríamos ofrecer precios más competitivos tanto para el mercado interno como para exportar», explica.
Chamorro enfatiza que esto no requiere grandes inversiones imposibles (79% de la producción de granos básicos está en manos de pequeños productores), sino recuperar y escalar programas de transferencia tecnológica que han funcionado en otros países de la región.
Suchar, por su parte, pone el acento en la cadena de valor y la reducción de costos logísticos, así como de la mitigación de factores ambientales a menudo severos.
«Es fundamental invertir en caminos rurales, crear cadenas de frío, mejorar los sistemas de almacenamiento y fomentar mayor competencia en los mercados mayoristas. Sin capacidad de guardar la cosecha, los nicaragüenses seguirán siendo rehenes de la estacionalidad climática y de los vaivenes internacionales de precios», señala el economista costarricense.
Suchar también menciona la importancia de subsidios focalizados y una logística de distribución más moderna, elementos que han permitido a Costa Rica, en comparación, tener mayor estabilidad alimentaria a pesar de precios nominales a veces más altos.
Castro, por su parte, se plantea la necesidad de un cambio más estructural en el modelo productivo.
«Se requiere de una política clara de granos básicos que priorice la soberanía alimentaria. Eso implica acceso a crédito blando, semilla certificada y asistencia técnica para los pequeños productores, junto con mayor eficiencia en la cadena de comercialización. Además, es urgente mejorar el salario en el sector agropecuario, que hoy es el más bajo del país. Un campesino que produce los alimentos y no puede comprarlos es una contradicción económica y social insostenible», afirma Castro.
Castro agrega que Nicaragua debe rebalancear sus incentivos: seguir generando divisas a través de las agroexportaciones, pero destinar una parte importante de los esfuerzos y recursos a fortalecer la producción de alimentos para el mercado interno (arroz, frijol, maíz y lácteos, principalmente).
Si Nicaragua logra avanzar en estos frentes, podría recuperar su histórica condición de dominio agropecuario y, lo más importante, garantizar que su población tenga acceso real y estable a los alimentos que su tierra es capaz de producir.
«Fuimos el granero de Centroamérica y podemos volver a serlo», profesa Chamorro en tono esperanzador.
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