La mentira del 2.2%: así se esconde el desempleo real en Nicaragua
Aunque el régimen insiste en que Nicaragua tiene apenas 2.2% de desempleo, la realidad va por otro carril. Economistas, trabajadores informales y jóvenes profesionales confirman que el país está hundido en la informalidad, el subempleo y la sobrevivencia diaria
A simple vista, Nicaragua parece un país donde casi nadie carece de trabajo. Según el Instituto Nacional de Información de Desarrollo (INIDE), el 97.8% de la población está “ocupada”, y solo el 2.2% aparece como desempleada. Una cifra que, en cualquier otro país, significaría pleno empleo, estabilidad, productividad, bienestar. Pero en Nicaragua, donde miles sobreviven vendiendo frutas en las esquinas, afilando machetes, ofreciendo “raid” en motocicletas sin permisos, limpiando parabrisas por monedas, haciendo trabajos por horas, o emprendiendo “en lo que salga”.
100% Noticias conversó con economistas, especialistas y ciudadanos que reflejan una realidad muy distinta, que muestra un país atrapado en la precariedad laboral, donde la mayoría trabaja sin derechos, sin seguridad social y sin una expectativa real de progreso.
Entre el sonido de notificaciones de una aplicación de servicio de transporte, el ruido constante de los vehículos en Managua y la necesidad de generar ingresos ante la falta de trabajo fijo, Jason Juárez se la “rebusca” todos los días para poder llevar sustento a su familia.
“Tengo tres años trabajando como conductor de Indriver y también haciendo entregas en Pedidos YA. Es cansado, pero es una de las opciones rápidas para tener trabajo, porque encontrar empleo en otro lugar es difícil: te piden demasiadas cosas, como estudios, experiencia, etc. Además, los pagos son bajos; unos 8 mil córdobas te ofrecen”, destacó.
Juárez explica que, como conductor de Indriver, puede llegar a ganar hasta 600 córdobas diarios en unas seis horas, después de descontar los costos de combustible. “Imagínese que sumando todo eso al mes me salen unos 18 mil córdobas, pero ahí no hay seguro, es peligroso, pero es lo que tengo. Tengo una esposa y dos hijos que debo sacar adelante”, refiere.
A sus 28 años, dice no recordar cuántas solicitudes de empleo ha llenado. Algunas le dieron resultados a corto plazo, mientras que en otras nunca obtuvo respuesta. “No es fácil como dicen, que en Nicaragua hay empleos; aquí el empleo lo hace uno rebuscándoselo”, subrayó.
“Trabajar una hora” te convierte en trabajador formal
Para Marco Aurelio Peña, economista nicaragüense y exiliado político, Nicaragua no es un país sin desempleo; es un país donde el desempleo se esconde detrás de cifras maquilladas, definiciones sesgadas y una política estatal diseñada para sostener una narrativa de prosperidad inexistente.
“Las cifras que presenta el Gobierno son completamente irreales. Existe una práctica sistemática del régimen de publicar, sobredimensionar o sacar de contexto únicamente aquellas estadísticas que le resultan favorables, y al mismo tiempo descontinuar o simplemente no divulgar las que no le convienen”, destacó.
El punto de partida del engaño es la metodología. En Nicaragua, basta con haber trabajado al menos una hora durante la semana previa a cualquier encuesta que haga la dictadura para ser clasificado como “ocupado”. No importa si se trató de un oficio ocasional que no se repetirá, ni si la actividad carece de ingresos estables o condiciones mínimas.
Con un ejemplo contundente Peña explicó que “si una persona hizo un jardín por tres horas, ya es clasificada como ocupada. Esta definición no toma en cuenta si el empleo es formal, si genera protección social, si existe un contrato o si el trabajador recibe prestaciones laborales”.
El país de la informalidad
Los propios registros del INSS revelan una verdad que el régimen intenta opacar, una publicación de La Prensa reveló que el 77% de los trabajadores está en la informalidad. No cotizan al seguro social; carecen de subsidio por enfermedad o accidentes; no tienen vacaciones, aguinaldo ni salario mínimo garantizado.
El economista Enrique Sáenz, consultado por 100% Noticias detalló que ese 77% de trabajadores “significa que no tiene ningún tipo de protección; subsidio en caso de enfermedad, descansos por maternidad, salario mínimo, vacaciones pagadas, décimo tercer mes… ¿Qué clase de empleo es ese?”, se cuestionó.
A esto se suma el dato del 40% de la población que se encuentra en subempleo, es decir, personas que trabajan pocas horas, de manera eventual o ganando menos del salario mínimo.
Si sumamos informalidad, subempleo y trabajo sin remuneración, el panorama es devastador, más de la mitad de la población laboral, según las propias cifras del régimen, no gana lo suficiente ni siquiera para sobrevivir día a día.
Don Juan forma parte de ese grupo de trabajadores informales en Nicaragua que apenas llega a ganar 200 córdobas diarios vendiendo agua helada en un semáforo en Managua. Con más de diez años en la misma faena, lamenta que en el país no existan mayores oportunidades para él.
“Todos los días salgo a vender agua, me gano mis 200 córdobas y me voy. Yo estoy solo; mis hijos ya formaron sus propias familias, y me toca mantenerme a mí mismo. Aquí en este semáforo soy testigo de mucha gente que camina con papeles en mano para entrevistas de trabajo o para entregar sus CV, y es duro ver cómo hasta les salen lágrimas de la desesperación por no encontrar empleo”, contó, recordando que, para las personas adultas, mayores de 40 años, resulta todavía más difícil conseguir un trabajo formal.
Pero Juan no se limita a vender agua helada. También cuida carros y ofrece servicios de jardinería los fines de semana. “Los sábados tengo un par de clientes en un residencial, les limpio y arreglo el jardín. Si solo vendiera agua, no me alcanzaría ni para mis pastillas ni para la comida”, destacó.
Los esfuerzos de sobrevivencia
Para el politólogo nicaragüense y desterrado por la dictadura, Juan Sebastián Chamorro, la discusión sobre el desempleo en Nicaragua está mal planteada desde el inicio.
“En Nicaragua, y en los países en desarrollo, la variable clave no es el desempleo, sino el subempleo. El subempleo se define como una persona que gana menos del salario mínimo legal, trabaja menos horas de las establecidas por la ley, o ambas cosas”, explicó.
Chamorro mencionó que mientras la dictadura insiste en hablar de 2.2% de desempleo, el subempleo, incluso según cifras oficiales que probablemente ya vienen “bajadas”, estaría cerca del 38%, aunque Chamorro advierte que la cifra real podría rondar el 45% o 46%.
“El subempleo ronda el 45%–46%, según cifras del propio Banco Central, y probablemente la situación sea incluso peor. Esa es la condición que más afecta al pueblo trabajador, personas que tienen alguna actividad, pero que no pueden vivir dignamente de ella”, subrayó.
Ortega y Murillo llaman a muchos de estos casos “emprendimientos”, pero en realidad son esfuerzos de sobrevivencia, entre ellas ventas de comida en la calle, pequeños oficios por encargo, transporte informal, reventas y trabajos ocasionales que no garantizan continuidad ni derechos laborales.
En el porche de su casa, “Marina”, nombre que utiliza por motivos de seguridad, saca dos maniquíes y varias perchas llenas de ropa usada. Desde enero de 2024 decidió emprender, motivada por las nulas oportunidades de empleo en Nicaragua.
Después de salir de la universidad, donde estudió Derecho, buscó trabajo sin éxito. En la desesperación, no tuvo otra opción que ingresar al mundo del trabajo informal.
“A veces vendo y otras veces no, pero me mantengo, aunque sea para la comida. Para lo que estudié, que es Derecho, no he podido encontrar empleo. Siento que en ese rubro solo se puede entrar teniendo contactos con personas o instituciones, bufetes de abogados u otras empresas; mientras no, es imposible”, lamentó.
Marina, de 25 años, refleja el rostro de muchos jóvenes profesionales en Nicaragua que no logran insertarse en el mercado laboral formal.
“Muchas veces me lamento y me digo a mí misma: ¿para qué estudié, si estoy en el porche de mi casa vendiendo ropa usada, cuando mi visión como profesional era otra? Aunque no me desmotivo, sé que en algún momento me va a llegar la oportunidad… pero ya sabemos cómo está Nicaragua”, agregó.
La ficción del “empleo pleno” en Nicaragua ha alcanzado niveles insólitos en los últimos informes del INIDE, que retratan a un país supuestamente mejor que Estados Unidos y buena parte de Europa.
Según la institución oficialista, la tasa de desempleo fue de apenas 3% en enero de 2025, cayó a 2.4% en julio y descendió aún más, hasta un inédito 2.2%, en septiembre. Sobre el papel, estas cifras convertirían a Nicaragua en una nación prácticamente sin desempleo, casi un paraíso laboral en medio de la región.
Lejos de esa narrativa que muestra prosperidad en Nicaragua, el día a día revela calles llenas de vendedores ambulantes, jóvenes que no encuentran empleo formal, adultos mayores obligados a “rebuscársela”, personas en redes sociales ofreciendo servicios de acuerdo a sus habilidades y un país donde la informalidad es la norma.
Los especialistas consideran las estadísticas mostradas por el régimen como un insulto a la inteligencia de los nicaragüenses.
“Hablar de una tasa de ocupación del 97% equivale a afirmar que en Nicaragua existe pleno empleo… algo que claramente no corresponde con la realidad nacional”, agregó Marco Aurelio Peña.
Por su parte Juan Sebastián Chamorro, recordó que estas cifras solo muestran el espejo más conveniente para la dictadura. “Es la misma cifra vista desde dos ángulos. Pero no describe la realidad de un país donde la gente trabaja por centavos”, expuso.
Un mercado laboral que se deteriora
Las cifras más recientes divulgadas por el INIDE, publicadas en noviembre, pero correspondientes al comportamiento del mercado laboral en septiembre de 2025, no dejan lugar a dudas, la supuesta estabilidad laboral que el régimen ha intentado vender durante meses comienza a fracturarse incluso dentro de su propio discurso. Después de presentar tasas históricamente bajas de desempleo que rozaban el “empleo pleno”, el indicador finalmente repuntó, alcanzando un 3.1%, la cifra más alta registrada en todo el año.
Este incremento no es casual. Coincide con la salida de 14,000 afiliados del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS), un dato que revela el debilitamiento real del empleo formal en Nicaragua. Solo en septiembre, más de 1,000 cotizantes desaparecieron del sistema, una señal contundente de que miles de trabajadores perdieron su estabilidad o migraron hacia la informalidad.
Pero quizá el dato más revelador es el comportamiento del subempleo. En septiembre, este indicador se disparó hasta 43.4%, un salto de ocho puntos en comparación con el mes anterior. La cifra muestra que, aunque muchas personas aparecen estadísticamente como “ocupadas”, en realidad sobreviven con trabajos precarios, ingresos irregulares o jornadas insuficientes que no les permiten cubrir sus necesidades básicas. En las áreas urbanas, el subempleo alcanzó el 46.9%, y solo en Managua llegó al 45.5%, dejando claro que la informalidad y la vulnerabilidad laboral siguen siendo la norma en el país.
El economista Enrique Sáenz, en una frase que resume la contradicción entre los discursos oficialistas. “Más del 50% de la población laboral, o no devenga ningún salario o ni siquiera llega al salario mínimo.” En otras palabras, la mayoría de la población está empleada únicamente en el papel. En el terreno, en las calles, en los mercados y en los semáforos, lo que predomina es la lucha diaria por sobrevivir.
Un país trabajando, pero sin poder vivir de su trabajo
El Informe de Percepción elaborado por la organización Hagamos Democracia en este 2025, basado en 400 entrevistas realizadas en 40 municipios del país, confirmó con contundencia lo que los economistas independientes vienen advirtiendo desde hace años.
La mayoría de los nicaragüenses vive en un estado permanente de fragilidad económica. Según los resultados, apenas el 34% de la población encuestada tiene un empleo formal, mientras que el 46.75% se mantiene en la informalidad y un 19.25% está desempleado. Esto significa que más de seis de cada diez personas no cuentan con un trabajo estable, con derechos ni con seguridad social. Pero incluso quienes sí trabajan formalmente no están libres de dificultades: el 77.25% de los consultados reconoce que no logra cubrir sus gastos mensuales.
Incluso dentro del grupo con ingresos considerados “altos” en el contexto nacional, aquellos que ganan más de 11,000 córdobas al mes, la realidad es desalentadora. Un tercio admite que, aun con ese nivel salarial, no puede sostener su vida cotidiana ni cubrir los costos básicos. El informe deja en evidencia que el problema no es solo la falta de empleo, sino la incapacidad de los ingresos para responder a la inflación, al costo de la canasta básica y a las presiones económicas que enfrentan las familias.
Los datos sobre ingresos mensuales muestran una estructura salarial profundamente limitada y desigual. El 8.75% de las personas encuestadas gana 3,500 córdobas o menos; el 14.25% recibe entre 3,500 y 5,000; el 12.25% obtiene entre 5,500 y 7,000; y un 36% se ubica en la franja de 7,500 a 11,000 córdobas. Solo el 28.75% supera los 11,000 córdobas mensuales, y aun así muchos no logran cubrir completamente sus necesidades. Lo más grave es que el 71.25% de la población no gana ni la mitad del costo real de la canasta básica, lo que vuelve prácticamente imposible garantizar una alimentación adecuada, acceso a servicios o una mínima estabilidad familiar.
A esta realidad se suma la carga estructural que enfrentan los hogares nicaragüenses. Más de la mitad de las familias tiene cuatro o más miembros, una composición que demanda mayores recursos en un país donde los ingresos son escasos y volátiles. Peor aún, en casi la mitad de los hogares, 48.75%, solo una persona aporta ingresos.
El espejismo del crecimiento
El régimen ha intentado instalar la idea de que Nicaragua puede alcanzar crecimiento económico bajo un modelo autoritario, presentando la dictadura como un supuesto garante de estabilidad. Según esta narrativa, el orden impuesto, la centralización absoluta del poder y la ausencia de disidencia son elementos que, lejos de ahuyentar, atraerían inversión y generación de empleo.
El economista Marco Aurelio Peña explicó que el crecimiento al que se refiere el régimen “no es desarrollo”, ya que el mismo “requiere libertades, seguridad jurídica y la capacidad de las personas de construir su propio proyecto de vida”.
Su afirmación apunta a que pueden existir indicadores económicos que aparenten dinamismo, mayor recaudación, aumento de exportaciones o expansión del consumo; pero sin libertades individuales, sin Estado de derecho y sin condiciones que permitan a las personas planificar su futuro, ese “crecimiento” no transforma vidas ni sociedades.
La lista de factores que destruyen el clima económico en Nicaragua es larga y conocida tanto dentro como fuera del país. Entre ellos se encuentran la confiscación arbitraria de propiedades, muchas de ellas realizadas sin procesos legales claros; el cierre y cancelación de miles de ONG y universidades, lo que ha debilitado sectores claves como la educación, la salud comunitaria y el desarrollo social; así como las constantes amenazas a territorios indígenas y la apropiación de recursos naturales sin consentimiento. A esto se suman las extorsiones provenientes de instituciones del Estado, que operan como mecanismos informales de recaudación bajo intimidación, y el cierre de empresas catalogadas como “críticas” por razones políticas o ideológicas. Todo ello ocurre bajo una inestabilidad jurídica permanente, donde ninguna persona ni negocio puede prever qué norma será aplicada, cambiada o ignorada según la conveniencia del poder.
Para Peña, todo esto constituye una violación de derechos económicos fundamentales. Sin libertad económica, sin seguridad jurídica y sin reglas estables, un país no puede aspirar a generar empleos de calidad. La incertidumbre ahuyenta la inversión, limita la innovación y destruye cualquier posibilidad de crecimiento sostenible. Mientras países como Costa Rica y Panamá logran atraer empresas tecnológicas, centros de servicios especializados e inversiones de alto valor agregado, Nicaragua “permanece estancada en actividades de baja complejidad”. Su economía se sostiene mayoritariamente en la informalidad, el comercio ambulatorio y oficios temporales que no ofrecen estabilidad ni incentivos para el desarrollo profesional.
Una válvula de escape
La migración se ha convertido en la válvula de escape inevitable para un país donde la economía ya no ofrece horizontes. El informe de Hagamos Democracia subrayó que la informalidad es uno de los principales motores que empujan a los nicaragüenses a abandonar el país. Cuando la mayoría de trabajos disponibles no ofrece contrato, salario estable, seguridad social ni perspectivas de ascenso, la única salida posible es partir.
La migración dejó de ser una elección voluntaria o una aspiración de emprendimiento; se ha transformado en una estrategia de supervivencia familiar, en el último recurso para garantizar que al menos uno de los miembros del hogar pueda enviar remesas y sostener a quienes se quedan.
Esta sensación de desesperanza queda aún más clara en la percepción ciudadana registrada en el mismo estudio. El 97% de los encuestados cree que el futuro del país será negativo, mientras solo un 3% mantiene alguna esperanza. Las razones están a la vista, pues la mayoría vive con ingresos insuficientes, bajo un régimen político represivo, con precios en aumento constante y sin ningún tipo de protección laboral.
En medio de este panorama, la noción de trabajo como mecanismo para alcanzar estabilidad, dignidad o bienestar se ha diluido. Juan Sebastián Chamorro lo expresa con precisión y afirma que “el empleo informal y precario no es sostenible. Lo que sí es sostenible es el empleo formal, el que cotiza al seguro social, garantiza una pensión y respeta el salario mínimo”.
Chamorro advierte que, aun con todas las garantías que debería ofrecer un empleo formal, miles de familias continúan teniendo dificultades para cubrir el costo de la canasta básica. El empleo no garantiza comida, no asegura techo, no otorga derechos.
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