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Las manos nicaragüenses que atienden a Puntarenas

Detrás de cada cóctel servido y cada sonrisa dedicada a los turistas, hay historias de migración, sacrificio y una resiliencia que ha construido vidas enteras lejos de casa. Pablo y Roberto nos abren las puertas a la realidad de miles de nicaragüenses que sostienen la industria turística costarricense

Noviembre 25, 2025 08:15 AM
Las manos nicaragüenses que atienden a Puntarenas

En Puntarenas, donde el turismo nunca descansa y el ritmo de los restaurantes marca el pulso del día, decenas de nicaragüenses trabajan silenciosamente para que la experiencia de cada visitante sea perfecta. Entre ellos están Pablo y Roberto: dos historias distintas, pero con un mismo origen y un sueño compartido: mejorar su calidad de vida.

Ambos llegaron a Costa Rica siendo niños, en busca de oportunidades que sus familias no encontraban en Nicaragua. Cada trabajo fue un escalón; cada sacrificio, un impulso hacia adelante.

Ahora, en un restaurante frente al mar, sirven platos, recomiendan especialidades y reciben turistas de todo el mundo. Sus manos no solo sostienen bandejas: sostienen también la promesa de una vida mejor. En cada turno cargan el peso del cansancio, pero también la certeza de que aquí, en Puntarenas, están construyendo un mejor futuro.

Como muchos migrantes, han enfrentado momentos difíciles: miradas de recelo, comentarios incómodos, prejuicios por su acento o su origen. Pero también han encontrado solidaridad, compañeros leales, puertas que se abren y una creciente sensación de pertenencia.

A través de su trabajo diario, se han vuelto parte del motor que impulsa la economía de esta playa turística. Su aporte no es menor: gracias a ellos y a miles como ellos, cientos de turistas reciben atención de calidad, los negocios prosperan y la comunidad entera se nutre del esfuerzo migrante.

Pablo llegó a Costa Rica cuando apenas tenía 8 años. Hoy, con 35, recuerda cómo su padre llegó primero en busca de oportunidades y cómo su madre tomó la decisión de seguirlo por una razón fundamental: “ella no quería que mis hermanos y yo, creciéramos sin un padre”.

Esa decisión familiar lo llevó a estudiar en un Colegio Técnico Profesional, donde se especializó en hotelería y eventos especiales: formación que ha sido la base de su carrera en el servicio al cliente.

Para Roberto, quien también llegó siendo niño, la experiencia fue similar. Su familia buscaba “mayor oportunidad laboral, estudio para nosotros”. Ambos comparten una historia común: llegaron ilegalmente, enfrentaron procesos migratorios largos y complejos, y construyeron sus vidas en torno al turismo de Puntarenas.

El camino hacia la legalidad

El proceso de regularización migratoria es uno de los obstáculos más significativos que enfrentan los trabajadores nicaragüenses. Pablo obtuvo su residencia permanente por estudios hace más de 15 años, un proceso que describe como accesible pero lento: “demora un poco, tal vez uno o dos años, pero no es complicado, es fácil sacar la cédula de residencia”.

Roberto no tuvo la misma suerte. Su proceso duró cinco años: “Vine desde los 5 años e inicié mi proceso de legalización de mi estatus hasta los 21 años, recibí mi estatus de residencia con condición restringida”.

La diferencia es notable cuando se trata de conseguir empleo. Como explica Roberto: “al inicio para mí fue difícil conseguir empleo en Costa Rica, me pedían muchos papeles, permiso de trabajo y mi documento de residencia, mientras que ya al tener tu residencia es mucho más fácil conseguir el empleo”.

Pablo es enfático sobre este punto: “Mientras estés legal, no es difícil encontrar trabajo”. Sin embargo, advierte sobre un patrón que observa en su comunidad: “muchos llegan indocumentados como yo, pero el asunto es que viven dos años, tres años y de paso se quedan viviendo muchos años más, pero nunca hacen el proceso de formalizar el estatus migratorio en Costa Rica”.

La vida frente al mar

Para estos trabajadores, Puntarenas no es solo un lugar de empleo, sino un estilo de vida. Pablo vive a siete minutos de su trabajo: “Me gusta siempre que el trabajo esté cerca de la casa”. Aunque reconoce que trabajar frente al mar no fue una elección deliberada sino una oportunidad, Roberto sí valora profundamente el entorno: “para mí es bonito, solo con estar frente al mar, sentir la brisa; para mí es más que suficiente”.

Sus jornadas son largas. Pablo trabaja ocho horas diarias, seis días a la semana. Lo que más disfruta es “la convivencia del día a día, todo lo que es servicio al cliente”. Ha trabajado en recepción y restaurantes, aunque su verdadera pasión está en la atención directa a las personas. Roberto, por su parte, ha desarrollado habilidades especializadas: “sé hacer cocteles, atender el bar, cata de vinos y atención al cliente”.

El trabajo en turismo tiene sus particularidades. Como señala Pablo, “hay épocas de temporada baja, temporada alta, pero siempre hay demanda en ambas”. Para Roberto, lo más retador es “trabajar en fin de año”, cuando la zona turística se llena al máximo.

Cuando se les pregunta sobre la contribución nicaragüense al turismo costarricense, ambos son claros. Pablo lo resume en términos económicos y laborales: “Nuestra contribución en Costa Rica es la mano de obra, aquí hay muchos puestos de trabajo y muchos de los trabajadores somos nicaragüenses, y también con las prestaciones sociales, pagamos impuestos".

Roberto amplía la perspectiva: “somos mano de obra en la construcción, en el turismo, e infraestructura. También pagamos impuestos y pagamos seguro social”. Su experiencia personal incluye haber trabajado en construcción —”colaba arena y todo eso”—, aunque admite entre risas que “no era tan bueno en la construcción”.

La xenofobia silenciosa

Ambos han experimentado discriminación, aunque de formas diferentes. Pablo la vivió en la escuela: “Cuando era pequeño, los primeros años, algunos compañeros hacían bromas por cómo pronunciaba las palabras”.

Con el tiempo, su acento se adaptó tanto que ahora pasa desapercibido, algo que reconoce como una forma de protección: “en este momento sería diferente” si mantuviera su acento nicaragüense, “porque es cierto que si hay algo ahí como un pequeño resentimiento o algo que, por ser nicaragüense, sí lo marcan”.

En cambio, Roberto siempre ha vivido discriminación: “Más que nada xenofobia de parte de la gente; apenas escuchan que soy nica, la gente está inconforme”. Cuando era pequeño le afectaba, pero con el tiempo desarrolló resiliencia: “ahora me da igual”.

Como Pablo, se ha adaptado al habla costarricense: “tengo bastante léxico de tico; de hecho, en Nicaragua creen que soy tico”.

¿Qué significa ser nicaragüense trabajando en Costa Rica?

Para Roberto, ser nicaragüense es motivo de orgullo: “Somos trabajadores, que no les tenemos miedo a nada y muy honestos”. Cuando se le pregunta qué le enorgullece de su nacionalidad, menciona al boxeador Alexis Arguello, un símbolo deportivo de Nicaragua.

Para Pablo, la nacionalidad es “irrelevante”. Se define más por sus valores personales: “me considero una persona trabajadora, honesta y responsable”, independientemente de dónde haya nacido.

Pablo tiene como plan regresar a Nicaragua cuando se jubile: “cuando llegue a una edad de 50 o 58 años, si Dios lo permite, me gustaría regresar a vivir allá”. Roberto es más definitivo: no piensa volver. “Toda mi familia vive acá, mi familia cercana, mi madre están acá”. Nicaragua es ahora un destino de vacaciones, no un hogar al cual retornar.

Nicas pieza clave del turismo pese a falta de estadísticas oficiales

No existen estadísticas oficiales desagregadas por nacionalidad sobre el aporte de las personas nicaragüenses al turismo en Costa Rica. El último cálculo disponible —realizado por el investigador Gustavo Gatica, de la UNED, con base en los microdatos de la Encuesta Continua de Empleo (ECE) del INECcorresponde a 2023 y estimaba que las y los nicaragüenses representaban alrededor del 12,4% de la fuerza laboral del sector turístico, es decir, más de 16 mil trabajadores.

Son cifras que hoy pueden estar desfasadas: en la realidad cotidiana, especialmente en zonas turísticas como Jacó, Guanacaste, La Fortuna o Monteverde, es común encontrar en cada restaurante, hotel o tour a dos o más personas nicaragüenses trabajando. Esta presencia evidencia un aporte aún mayor y más visible de la comunidad nica al dinamismo turístico del país.

Consejo a otros nicas en Costa Rica

Para otros nicaragüenses que están comenzando en Costa Rica, Roberto tiene un mensaje de esperanza: “que le echen ganas porque aquí hay trabajo, y si encuentran un lugar, aunque haya discriminación, siempre hay personas que aprecian mucho el trabajo de los nicaragüenses; entonces solo es cuestión de estar en el lugar correcto e indicado”.

Pablo añade un consejo práctico fundamental: formalizar el estatus migratorio. Sin documentos, “se les hace más difícil que estando con cédula o teniendo un estatus migratorio aprobado por el gobierno”.

Mientras el sol se pone sobre las playas de Puntarenas y los turistas disfrutan de sus cócteles y cenas con vista al mar, las manos nicaragüenses continúan trabajando. Son las mismas manos que llegaron siendo niños, que aprendieron a hablar como ticos para protegerse, que pagan impuestos y seguro social, que conocen cada secreto para preparar el cóctel perfecto.

Son las manos que, aunque a veces invisibles o marcadas por la xenofobia, sostienen una parte fundamental de la economía turística costarricense.

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