Mamá Tara y la cadena miskita de solidaridad en el exilio costarricense
Desde La Carpio, en San José, “Mamá Tara” —Susana Marley Cunningham— lidera una cadena de solidaridad entre miles de miskitos nicaragüenses exiliados en Costa Rica. Sobreviviente de la “Navidad Roja” y defensora de derechos humanos, ha convertido su casa en refugio y esperanza para más de 10,000 indígenas desplazados por la violencia en Nicaragua
En La Carpio, San José, Mamá Tara es inconfundible: su colorido turbante, el bastón que acompaña sus firmes pasos y, sobre todo, su espíritu inquebrantable la distinguen en la comunidad. Esta mujer nicaragüense miskita se vio forzada a abandonar sus tierras ancestrales del Caribe de Nicaragua para escapar de la violencia. Hoy, a pesar de sus propias adversidades, ha convertido su hogar en un refugio para otras familias miskitas que, como ella, huyeron dejando atrás todo lo que conocían.
Susana Marley Cunningham, conocida como “Mamá Tara” en lengua miskita o “Mamá Grande” en español, es hoy la coordinadora de “Voces en Resistencia Indígena en el Exilio” y la principal defensora de más de 10,000 personas de pueblos originarios que han llegado a Costa Rica, según el censo realizado por “Voces en Resistencia”.
Originaria de Waspam, Río Coco, en la Costa Caribe Norte de Nicaragua, Susana Marley es maestra, defensora de derechos humanos y lideresa en su territorio. En los años ochenta, mientras enseñaba en escuelas bilingües de las comunidades miskitas, también acompañaba a campesinos e indígenas cuando había que enfrentar huracanes, reconstruir casas y sostener la fe.
“No es que una quiera ser líder —dice—, es tu gente quien te reconoce como su acompañante, como líder”.
El horror que la obligó a huir
Su historia está marcada por la violencia. Susana Marley vivió la llamada “Navidad Roja”, una masacre ocurrida en la ribera del Río Coco, donde decenas de miskitos fueron capturados y asesinados por fuerzas militares nicaragüenses, cuando regresaban a sus hogares.
La “Navidad Roja” fue una operación militar del ejército sandinista ejecutada entre 1981 y 1982 en la zona fronteriza del río Coco, Nicaragua, que provocó el desplazamiento forzado, masacres y asesinatos de miles de indígenas misquitos.

“Fue en víspera de Navidad —recuerda con la voz entrecortada—. Los atraparon y los mataron. Yo estuve ahí. Por obra y milagro del Señor, sobreviví”.
Desde entonces, su vida se convirtió en una lucha por denunciar lo que ocurre en los territorios indígenas del Caribe Norte y Sur: invasiones armadas, asesinatos, violaciones y desplazamientos forzados. “Somos un pueblo pacífico, desarmado —sostiene—. Solo queremos sembrar, cosechar y vivir en paz. Pero nos han invadido las tierras, nos persiguen y matan a nuestros hermanos”.
Los colonos incursionan en tierras indígenas con el objetivo de desplazar a la población de manera forzosa y ocupar sus tierras para llevar a cabo actividades ilegales de minería, ganadería y tala de madera.

La violencia contra los pueblos indígenas se ha intensificado dramáticamente en los últimos años. El Grupo de Expertos en Derechos Humanos de la ONU documentó 67 incidentes violentos en territorios indígenas entre marzo de 2018 y marzo de 2024, con un total de 161 víctimas (136 hombres y 25 mujeres, 19 de ellas menores de edad).
Susana Marley describe con detalle cómo colonos armados han invadido las tierras indígenas, asesinando a campesinos desarmados que solo portaban su “espeque” —el palo tradicional para sembrar— y sus botas de trabajo.
“Cortan a nuestra gente, le vuelan la cabeza, los brazos y así los matan”, denuncia con dolor. “Somos un pueblo desarmado, amante de la paz, que solo vive del trabajo de la tierra”, denuncia “Mamá Tara”.
El camino al exilio
En 2021, el asedio a los defensores de derechos humanos se recrudeció en Nicaragua. Marley huyó junto a su familia, sin conocer el camino y solo buscando resguardar sus vidas. Llegó a Costa Rica a mediados de ese año, a un país cuyas leyes desconocía, sin documentos oficiales y con un dominio limitado del español.
“El exilio es muy duro, muy difícil. Hemos aguantado mucha hambre en el exilio, nuestros hijos también, porque no es fácil encontrar un trabajo para las mujeres, para las mamás”, reflexiona.
Desde el parque de La Merced en San José, donde muchos refugiados miskitos llegan desorientados, “Mamá Tara” comenzó a tejer una red de apoyo. Tres meses después de su llegada, organizó un censo comunitario para identificar cuántos eran y qué necesitaban en tres grandes zonas de acogida: La Carpio, Alajuelita y Pavas, donde fue elegida como coordinadora.

Su primer objetivo fue priorizar la tramitación de documentos migratorios para que las familias pudieran legalizar su estatus migratorio y, de esta manera, trabajar dignamente con un permiso laboral, y así pagar alquiler y comprar alimentos, medicamentos y demás necesidades básicas.
Además, su propósito era claro: seguir acompañando a su pueblo, aunque fuera desde el exilio. Junto a un equipo de promotoras y monitoras comunitarias, Susana Marley ha realizado un censo que alcanza ya las 10,000 personas —sin contar las zonas más remotas de otras provincias como Limón y las fincas del interior de Costa Rica, donde la falta de recursos le ha impedido llegar.
Nace “Voces en Resistencia”
De esa organización nació “Voces en Resistencia”, un movimiento indígena en el exilio que coordina la asistencia a familias recién llegadas, acompaña procesos migratorios y ofrece traducciones del miskito al español y viceversa para realizar trámites de este tipo para quienes no dominan el español. También gestionan atención médica, ropa y alimentos.
“Hay mujeres que llegan con sus hijos, sin zapatos, sin cama, sin nada. Nosotras buscamos cómo ayudarles, aunque sea con una sábana, tres platos o un par de chinelas”, detalla la líder miskita.
En medio de la pobreza y la discriminación, “Mamá Tara” junto a las mujeres miskitas han hecho del alimento y la fe una forma de resistencia. Ellas realizan las “Tardes de Wabul”, unos encuentros donde las mujeres comparten sus problemas, cantan en miskito y oran.
En estos encuentros comunitarios también comparten recetas tradicionales, conversan en su lengua materna, se acuerpan, se acompañan mutuamente y gestionan apoyos institucionales.
“Antes de comer, damos gracias al Señor —dice—. Adoramos en nuestra lengua y pedimos bendición para seguir resistiendo”, destaca “Mamá Tara”.
“Siempre hemos estado congregándonos y escuchando la palabra en nuestra lengua miskita”, subraya. En La Carpio no hay iglesia morava —la religión predominante entre los miskitos—, por lo que estos encuentros comunitarios también cumplen una función espiritual.
Emprendimientos en comunidad
En un acto de resistencia cultural y económica, las mujeres miskitas fundaron la “Casa Miskita”, una soda ubicada a 600 metros al norte de la Catedral Metropolitana de San José. Allí preparan alimentos típicos costeños: rondón de res y pescado, pollo caribeño, Wabul, luk luk, pan de coco y queque de yuca.

“Todo lo referente a la manipulación de alimentos nos lo enseñaron en la Fundación Cenderos”, cuenta con orgullo. El emprendimiento no solo genera ingresos, sino que mantiene viva la identidad culinaria de su pueblo y ofrece un espacio de encuentro para la comunidad.
La Fundación Cenderos capacitó a las emprendedoras en manipulación de alimentos, contabilidad, preparación de carnes y mariscos, almacenamiento y técnicas culinarias profesionales, asegurando el cumplimiento de la normativa costarricense.
El proyecto recibió apoyo internacional de la organización sueca Diakonia y la Embajada de Francia, que aportó 43,000 euros para el equipamiento de la cocina industrial y gastos operativos.
Además, en muchas ocasiones la casa de “Mamá Tara” se ha convertido en un centro de distribución de alimentos, ropa, colchones y utensilios para los recién llegados. “Entran con mucho frío. Las chinelas, los zapatos, las botas se quedan pegados en el lodazal de los puntos ciegos", describe, refiriéndose al cruce de frontera de los migrantes entre Nicaragua y Costa Rica a través de “puntos ciegos”.
La vida en La Carpio: entre la solidaridad y el peligro
La Carpio, barrio con una significativa población migrante nicaragüense en San José, es tanto refugio como desafío. Marley advierte sobre la violencia cotidiana: balaceras en la madrugada, robos frecuentes y asesinatos diarios.
A pesar de las dificultades, la comunidad miskita ha encontrado formas de subsistir. Los hombres trabajan en construcción, tanto en el Gran Área Metropolitana como en las playas. Las mujeres emprenden vendiendo frutas, zapatos colegiales usados o comida típica.
“No podemos seguir aguantando más hambre. Tenemos que trabajar dignamente”, sentencia.
El día a día de “Mamá Tara” es una sucesión de urgencias: traducir en citas médicas, acompañar a madres al Poder Judicial, explicar las leyes costarricenses sobre derechos de los niños a familias que han enfrentado situaciones con el PANI (Patronato Nacional de la Infancia), gestionar seguros médicos para casos extremos como el de una mujer con cáncer que atendió la misma mañana de esta entrevista.

“Como seres humanos tenemos que compartir, convivir, ayudarnos mutuamente en el exilio porque la situación es difícil”, afirma con convicción.
“Mamá Tara” no pierde la esperanza de regresar a su tierra. “En el exilio se pasa hambre, se aguanta frío, se vive con miedo. Pero mientras tengamos voz, seguiremos denunciando lo que pasa en la Mosquitia (su lugar de origen) y ayudando a los nuestros aquí en Costa Rica”.
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