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Diedrich Carrazco: El sermón del ex canciller

El opositor nicaragüense exiliado, Diedrich Carrazco cuestiona una narrativa que, bajo una supuesta superioridad moral, busca limitar el papel público de la Iglesia en contextos de crisis, argumentando que separar la voz profética de la acción política es una construcción artificial que no resiste el análisis histórico ni doctrinal

Abril 12, 2026 12:10 PM
Diedrich Carrazco: El sermón del ex canciller
Diedrich Carrazco: El sermón del ex canciller
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Diedrich Carrazco

El artículo “Entre la voz profética y la tentación del poder” publicado en La Prensa el 11 de abril en su sección de opinión, intenta, al menos a mi parecer, ordenar la historia nicaragüense en una oposición cómoda y moralmente ventajosa para su tesis. De un lado coloca al “pastor profético”, presentado como una figura limpia, orientadora, desinteresada y superior; del otro, al “político-clerical”, descrito como un sacerdote que se contamina al entrar en la lucha por el poder.

Sin embargo, la conclusión del texto cae por su propio peso porque ya está clavada desde el inicio, implantando la idea de que la Iglesia serviría mejor a “Nicaragua” cuando habla desde la altura moral y renuncia a cualquier protagonismo político. Ojo, esto no es una tesis inocente. de alguna manera intenta domesticar de antemano el papel público del clero, autorizándolo a denunciar siempre que no llegue a organizar, articular o disputar el poder. El problema de fondo es que el artículo levanta una falsa dicotomía. Habla como si la voz profética y la acción política fueran mundos claramente separados, cuando los hechos registrados en la historia demuestran exactamente lo contrario.

En contextos normales quizá esa frontera podría dibujarse con más limpieza; en contextos de dictadura, fraude, persecución o colapso institucional, absolutamente no. En ese caso la denuncia moral rara vez permanece en estado puro. Cuando una autoridad religiosa interpela al poder, protege perseguidos, media conflictos o fija públicamente límites éticos, ya ha entrado en el terreno de lo político, aunque no funde un partido ni aspire a un cargo. por lo cual el texto necesita fingir que esa frontera es nítida porque, sin esa limpieza artificial, la arquitectura moral del planteamiento que expone se desmorona.

Una narrativa truqueada

La debilidad conceptual del artículo está a la vista, dado que confunde política, partidismo y ambición de poder. Ese es su truco central. Reduce toda intervención pública intensa del clero a una sospecha de captura, cálculo o contaminación. Sin embargo, la política no se agota en el partidismo, ni el partidismo se reduce a la ambición personal. La propia doctrina católica, invocada tantas veces para justificar prudencia, no respalda una lectura tan estrecha.

Gaudium et Spes dice dos cosas al mismo tiempo. La primera, que la comunidad política y la Iglesia son autónomas en su propio terreno, y que la Iglesia puede enseñar su doctrina social y emitir juicio moral incluso sobre materias del orden político cuando estén en juego los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas. Es decir, la tradición católica no autoriza el silencio higiénico que el artículo canoniza; más bien autoriza el discernimiento, el juicio y la presencia pública. El texto, por tanto, no defiende una distinción legítima entre estas esferas, sino que la convierte en una coartada para sospechar de toda eficacia histórica del discurso religioso.

La iglesia nicaragüense: Un refugio en tiempo de crisis

La historia nicaragüense tampoco obedece el esquema que el autor pretende imponer. Incluso figuras eclesiales frecuentemente evocadas como emblemas de autoridad moral intervinieron con efectos políticos concretos. Un documento oficial de la serie Foreign Relations of the United States registra que en 1971 que Miguel Obando y Bravo anunció su intención de abstenerse en las elecciones de 1972, y que esa postura fue leída por la oposición como respaldo a la abstención frente a un proceso considerado una farsa. Además, el viborazó de Obando y Bravo para las elecciones de 1996 pesó de gran manera en la derrota electoral de los sandinistas. Sin embargo, el Cardenal tuvo tiempo para pasar de ser héroe para algunos, convertirse en villano para otros.

En términos prácticos eso muestra que incluso una figura clerical puede colocarse del lado de la “voz moral” y cruzar de hecho la frontera entre la exhortación ética y el efecto político directo. En este sentido, la historia nicaragüense, entonces, no confirma la pureza conceptual del artículo; más bien la termina arruinando, porque demuestra que, en momentos de crisis, la autoridad moral no opera desde un limbo, sino desde una inserción concreta en la lucha por la legitimidad.

Un argumento no resiste un archivo

Si comparamos la experiencia regional en el tema, esta vuelve todavía más endeble la tesis del artículo. La historia de América Latina en el siglo XX no puede entenderse sin la intervención pública de los sectores religiosos frente a la represión, las dictaduras y las fracturas sociales. La teología de la liberación no surgió por capricho ideológico ni por una súbita “tentación del poder”, sino en un contexto marcado por golpes militares, autoritarismo y exclusión social. 

En lo que respecta a América Latina, la Guerra Fría adoptó la forma de una secuencia de dictaduras y fue en ese ambiente donde se desarrolló de manera decisiva la relación entre la fe y la política. Sin embargo el artículo borra precisamente ese dato incómodo en la que muchas veces la Iglesia no se politizó por vicio, sino porque la historia le impidió refugiarse en una neutralidad sin costo. En este caso, quien reduce ese proceso a una mera degradación clerical no está interpretando la historia, la está higienizando para volverla funcional a una tesis conservadora.

El discurso moral del autor

El autor se empeña en moralizar la distancia frente al poder, pero no moraliza con igual rigor la distancia frente a la injusticia. Supone que retirarse de la disputa preserva la pureza de la Iglesia.

Pero en contextos autoritarios esa distancia puede equivaler, lisa y llanamente, a dejar intacto el monopolio del poder existente. No intervenir también tiene consecuencias. No organizar también es una decisión política. No pasar de la denuncia a la incidencia también redistribuye el campo de fuerzas, normalmente a favor del que ya domina.

Además, Gaudium et Spes no imagina a la Iglesia como una pieza ornamental del orden social, sino como una realidad que vive y actúa en el mundo, que busca elevar la dignidad de la persona, fortalecer la sociedad y pronunciar el juicio moral cuando los derechos fundamentales están amenazados. La pasividad clerical, por tanto, no puede venderse como virtud automática. porque es una forma elegante de abstención frente al abuso.

Tampoco conviene concederle al texto una neutralidad que no tiene. Su retórica está amañada. Al “pastor profético” lo rodea de coherencia, amor al prójimo, libertad y altura moral. Al “político-clerical”, en cambio, lo carga de cálculo, desgaste, polarización y ambición. Con esa asimetría verbal más que describir dos modelos del religioso, maniqueamente fabrica uno noble y otro sospechoso. Entonces, el resultado está decidido, ya que empieza ordenando emocionalmente el campo para que el lector admire una figura y desconfíe de la otra. Más que razonar, el texto pre-juzga, y jerarquiza, convirtiendo una discusión compleja sobre Iglesia y el poder en una pedagogía moral de la obediencia.

En fin, el articulista no esclarece la relación entre Iglesia y política; sino que desde su tribuna moral la disciplina, la reduce y la somete a un ideal de impotencia moral presentado como virtud.

El autor es Diedrich Carrazco. Analista de inteligencia estratégica, investigación OSINT y desarrollador de soluciones digitales para la gobernabilidad, transparencia y riesgo institucional. 

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