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Empezar de cero: la vida de la excarcelada política Adela Espinoza en el exilio guatemalteco

Tras 383 días de prisión por quemar una bandera sandinista, la periodista y activista nicaragüense reconstruye su vida en Guatemala enfrentando trabas migratorias, miedos y la búsqueda de estabilidad para sus hijos

Diciembre 02, 2025 08:30 AM
Empezar de cero: la vida de la excarcelada política Adela Espinoza en el exilio guatemalteco

Cuando Adela Espinoza Tercero bajó del avión en Guatemala, el 4 de septiembre de 2024, le temblaban los pies. Había pasado 383 días encerrada en una prisión nicaragüense por quemar una bandera rojinegra del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), en protesta por la confiscación de la Universidad Centroamericana (UCA), donde se graduó. Pensó que al pisar tierra libre, el miedo se quedaría atrás. Pero la libertad llegó acompañada de un encierro invisible que todavía no termina.

Cuando llegué a Guatemala sí me costó realmente sentir que ya era libre”, admite. Los primeros días fueron una prolongación de la cárcel. Cargaba con pensamientos que no la dejaban en paz, con dolor e incertidumbre. “Me sentía acosada constantemente, sentía que no podía confiar en nadie”.

Durante el primer mes en Guatemala, Adela apenas salió de su cuarto. No bajaba ni siquiera a comer. El trauma del encierro había construido muros psicológicos más difíciles de derribar que las rejas de la prisión de Managua.
Adela Espinoza Tercero es parte del grupo de 135 presos políticos que la dictadura orteguista excarceló y desterró a Guatemala el 4 de septiembre de 2024. Esta fue la quinta excarcelación masiva que el régimen realizó desde febrero de 2023.

Han pasado más de trece meses desde aquel día y la nicaragüense sigue siendo, en papel, una solicitante de refugio. No una refugiada. La diferencia no es solo semántica: es la línea que separa la estabilidad de la precariedad permanente.

“Se nos da un permiso de trabajo, pero muchas personas han tenido conflictos al ir y presentarse a un trabajo, al presentar su documento de solicitante de refugio”, explica.

Adela Espinoza Tercero es parte del grupo de 135 presos políticos que la dictadura orteguista excarceló y desterró a Guatemala el 4 de septiembre de 2024.

Sin un Documento Personal de Identificación (DPI) guatemalteco o un carnet que los identifique, tareas básicas de la vida cotidiana se convierten en obstáculos insalvables: abrir una cuenta bancaria, rentar un apartamento de manera formal, acceder a ciertos empleos.

La excarcelada, egresada de Comunicación Social de la Universidad Centroamericana de Nicaragua, llegó con su título universitario. Lo logró legalizar antes de salir, pero no apostillarlo. Ese papel sin el sello internacional necesario representa todo lo que dejó truncado: una carrera en periodismo, trabajos en medios digitales, consultorías para organizaciones. 

Para sobrevivir, Adela hace tatuajes. También acepta consultorías esporádicas. “Un poquito de todo voy haciendo para sobrevivir”, resume su realidad laboral actual, tan distinta de la profesión para la que estudió.

La reunificación familiar: un alivio y un nuevo desafío

El mes más difícil fue el primero, cuando estaba sola. “No sé qué hubiera hecho yo si no hubieran llegado”, reconoce sobre su familia. Un mes después de su llegada a Guatemala, sus dos hijos —una niña de 11 años y un niño de 9— y otros familiares pudieron reunirse con ella.

La persecución política en Nicaragua se había intensificado contra su familia tras la salida de Adela. La situación se volvió demasiado peligrosa. Era urgente que salieran del país.

Pero la reunificación, aunque fue un alivio inmenso, trajo consigo nuevos desafíos. Como madre en el exilio, la nicaragüense enfrenta retos que la consumen: la educación de sus hijos en un país que no conocen, en un sistema totalmente nuevo para ellos. Y sobre todo, el miedo.

“Ellos están pequeños y vemos noticias de acá, de la peligrosidad y del tema de la pérdida de los niños. Esto es algo que a veces me consume y creo que poquito a poquito tendré que ir superando”, subraya.

La excarcelada, egresada de Comunicación Social de la Universidad Centroamericana de Nicaragua.

Guatemala enfrenta altos índices de violencia y para una madre extranjera, sin redes de apoyo consolidadas, cada salida a la calle con sus hijos es un acto de valentía que requiere estar alerta constantemente.

Luego están las preguntas que sus hijos hacen y que ella todavía no sabe cómo responder completamente: ¿Por qué tienen que estar migrando de país en país? ¿Por qué no pueden quedarse ya solamente aquí? “Hay muchos temas que ellos todavía no podrían comprender”, reflexiona.

Previo a su encarcelamiento, Adela tuvo conversaciones con sus hijos sobre la posibilidad de ser arrestada. Sabía que en Nicaragua cualquier opositor o crítico de la dictadura podía ser secuestrado por la Policía. Los niños, a pesar de su corta edad, eran conscientes de que su mamá era periodista y sobre todo una activista de derechos humanos. “Para ellos fue muy doloroso y muy traumático, pero ellos estaban conscientes”, reconoce.

Un país que acoge a medias

La periodista describe a Guatemala como “el tercer destino para los nicaragüenses” en términos de migración forzada. Pero considera que el país se está “quedando un poco corto en los temas migratorios con los nicaragüenses”.

El problema central, según Adela, es la falta de un estatus legal definitivo. “El tema de no proporcionar un estatus como tal, ya sea de refugiado con un documento legal que te permita hacer todo lo que requiere una vida estable”, señala como la principal deficiencia del sistema.

Más de un año después de pisar Guatemala, la exiliada nicaragüense ha redefinido lo que significa ser libre.

La imposibilidad de rentar formalmente un lugar, de establecer una residencia permanente, de acceder a servicios bancarios básicos mantiene a los exiliados nicaragüenses en un limbo legal que perpetúa su vulnerabilidad. “Como en todo sistema, se puede mejorar”, dice con diplomacia, consciente de que Guatemala le ha dado un espacio que Nicaragua le negó.

Encontrar refugio en medio de la incertidumbre

A pesar de las dificultades, la nicaragüense ha logrado construir algo parecido a un hogar. “Hoy en día he sentido que Guatemala sí ha sido un refugio”, afirma. Llegó con la idea de que sería solo un lugar de paso, una parada temporal. Pero lleva ya más de un año y ha buscado deliberadamente formas de echar raíces.

“Yo he buscado esa forma de refugiarme en las cosas que me gustan, en las cosas que hago, en las cosas que elaboró”, explica. Ha encontrado comunidad, aunque reconoce que quizá no se relaciona tanto como quisiera. Pero hay una red de otros exiliados con quienes comparte la experiencia del desarraigo. “He encontrado una comunidad que me ha acogido”, dice con gratitud.

Para otras mujeres periodistas nicaragüenses que piensen en venir a Guatemala, Adela tiene un consejo: “Primero vean las redes de apoyo que hay acá, conozcan primeramente a algunas otras mujeres periodistas que estén acá y que pudieran acogerlas, que les brinden la mano”.

“Llegar sola, hacer gestiones, intentar conseguir un trabajo en tu carrera es extremadamente difícil sin contactos previos, sin alguien que te tienda la mano en ese primer momento de vulnerabilidad absoluta. La soledad del exilio se multiplica sin una red que te sostenga”, sostiene. 

Redefinir la libertad

Más de un año después de pisar Guatemala, la exiliada nicaragüense ha redefinido lo que significa ser libre: “Poder caminar en las calles sin tener que voltear a ver cada cinco minutos que te vengan siguiendo”.

Agrega que es poder salir con sus hijos y llevarlos a donde sea sin que les tomen fotos, sin el terror de la vigilancia permanente. “Es poder respirar este aire que, a pesar de que no es mi país, es un lugar que me ha brindado la oportunidad de justamente eso, ser libre de nuevo”, comenta.

Adela Espinoza Tercero junto a sus hijos.

La libertad en Guatemala viene con asteriscos: es precaria, incierta, atravesada por miedos nuevos y trabas burocráticas. Pero es libertad al fin. Y para alguien que pasó 383 días en una celda de aislamiento, que fue torturada psicológicamente, que fue desterrada de su país por protestar, cada día sin rejas es un día ganado.

Adela sigue levantándose cada mañana, llevando a sus hijos a la escuela, haciendo tatuajes para pagar la renta, buscando consultorías esporádicas, construyendo una vida desde cero en un país que no es el suyo pero que le permite algo que Nicaragua le arrebató: la posibilidad de existir sin miedo a que la policía tumbe su puerta en cualquier momento.

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